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La Coctelera

MEMORIALISTA

Las cosas tenían que suceder de ese modo

15 Julio 2007

LA VITROLA DE MARCHANT Y LOS MUELLES DE LOS AÑOS 20

En los albores de los años veinte, en el naciente Puerto Aysén, aún no fundado, pero consagrado a los elementales trabajos de acopio de mercaderías en muelles y galpones recién construidos, se respiraba una especie de aire primero, en que todos los involucrados en el nacimiento se encontraban disfrutando del instante. Tanto, que ni siquiera sabían por qué estaban ahí, importando tan solo aquella ocasión privilegiada de trabajar duro en medio de una severa crisis laboral. Nadie miraba al otro ni tampoco se ahondaba mucho en la detención para la vida social. Importaba tan sólo acatar órdenes superiores de echar a andar un proyecto de gran bodega de acopio, un pueblo que comenzaba a respirar por sí mismo y miles de actividades pendientes. Acaso la vida social se encontrara en las ceremonias inaugurales, en las fiestas de reunión de fondos y en los beneficios para las primeras obras.

En aquella gloriosa década sobresalían todas las iniciativas del intendente Marchant, glorificándose con luces propias aquella que había impuesto primero con su vitrola, la cual acarreaba a una mesita que colocaba en el muelle cuando se recepcionaba un vapor oficial, escuchándose el himno nacional en un viejo disco de acetato de setenta y ocho revoluciones por minuto. Ese detalle es el que más se recuerda, no tanto por su originalidad como por el efecto multiplicador que produciría poco tiempo después, cuando en base a la misma modalidad Marchant decidió prolongar las recepciones a todos los barquitos que se acercaban a los molos de carga del puerto, en consideración a que dicho gesto constituía una señal de bienvenida en grado máximo, que despertaba en quienes llegaban por primera vez a las húmedas y oscuras espacios del puerto un sentimiento de gratitud y buena acogida, sintiendo una verdadera pertenencia al hogar que les recibía. Esos sones musicales eran tan demostrativos de una etapa de vida que comenzaba, que todos los que los recuerdan manifiestan vivas emociones al regresar a esos tiempos.

En esos lugares marinos de un puerto semi improvisado existían ya en aquella década los cuatro muelles que funcionaron perfectamente durante cuarenta años. Estos eran el muelle de la Ferronave que dependía directamente de los Ferrocarriles del Estado con funcionamiento en Puerto Montt; el muelle de la Compañía Ganadera de Cisnes, cuyo centro de operaciones funcionaba en la famosa Estancia Cisnes; el muelle de Quipreo, Alonso y Cía. y finalmente el muelle de la Compañía Ganadera o Sociedad Industrial del Aysén que se ubicaba frente a la segunda Comisaría de Carabineros.

Una de las visiones más espectaculares la constituía la llegada de los vapores cada cierto tiempo, atestados de gente, pasajeros, mercadería y ganado. Aquellos vetustos vaporcitos aparecían en el horizonte a velocidad mínima por su limitada velocidad de calderas movidas por efectos de la combustión de carbón y era en ese instante en que la banda de carabineros, apostada en un lugar estratégico del muelle de la Ferronave comenzaba a alimentar de melodías un ambiente prácticamente distendido y con nula actividad portuaria. El acontecimiento hacía que todo se detuviera en verdad. Con aquellos primeros aires musicales comenzaba a acercarse la gente de todos los sectores de las vecindades, familias completas ataviadas con sus mejores trajes, los alumnos de la escuela, la gente del comercio y algunas autoridades. El muelle comenzaba a cubrirse del ambiente festivo provocado por la llegada del barco.

En aquellos días navegaban por las aguas de aquellas rutas vapores, goletas y pequeños navíos que ya pertenecen a la galería de la historia, con sus nombres inolvidables, Colocolo, Coyhaique, Huandad, Inca, Alondra, Taitao, Chacao, Mercedes, Constitución Yates, Santa Elena, Trinidad, Tenglo, Río Aysén, Orlando, Elcira...

Tal vez no haya ni que decirlo, pero la convocatoria de tanta gente sobre los añosos maderos del muelle de la Ferronave provocaba una interacción social bastante intensa, lo que con el tiempo se hizo una verdadera costumbre y acaso un ritual de aquellos que convoca hoy, por ejemplo, la hora de la misa en las pequeñas aldeas. Lo más importante es que la mayoría de la gente que acudía en los barcos nunca había venido y nadie le conocía, por lo que no se trataba de recibirlos u homenajearlos con música. Simplemente era un rito de bienvenida que se transformó con el tiempo en un sello distintivo de los viajes a Puerto Aysén.

Aquella histórica banda de la Carabineros de los años 20 pertenecía con orgullo a una comunidad agradecida por esas magníficas retretas de los martes, jueves y sábados en la plazoleta 21 de mayo, frente a la residencia del Intendente en el muelle, donde luego funcionaría el inolvidable Hotel Aysén. El grupo había sido fundado en 1929 y algunos de los nombres de integrantes todavía vuelan en los vestigios olvidados de sus maderos, entreverados con los burles, los clarinetes y las tubas: Domingo Poblete y Julio Orellana, Juan Droguet, Bernardo Mora, Jeremías Ramírez y Julio Henríquez, Ernesto Durán, Enérico Muñoz, José Barría, Emilio Valdivia, Delfín del Real, Luis Torres y Quintín Millar.

servido por OSCAR HAMLET 4 comentarios compártelo

4 comentarios · Escribe aquí tu comentario

alys

alys dijo

desde que llegue a esta region en los años sesenta, escuché de estas bienvenidas, aunque no pude disfrutarlas porque ya no existian
hermoso recuerdo, que nos trasladan en el tiempo sin tiempo de aysen

17 Julio 2007 | 01:13 AM

BETSY

BETSY dijo

DON OSCAR, EM ENCANTÓ SU BLOG, PONDRE EL ENLACE EN MI PAGINA FOTOLOG, YO SÉ QUE A VARIOS DE MIS AMIGOS LES GUSTARÁ......

SUERTE.....

ES MUY TALENTOSO USTED, TIENE QUE SACARLE PROVECHO A ESE "DON" QUE TIENE DE ESCRIBIR COSAS BELLAS...

ATTE:

BETSY LORCA MORENO
CONTADOR GENERAL

18 Julio 2007 | 05:18 PM

Rómulo Straube Ramírez

Rómulo Straube Ramírez dijo

Oscar, aquí te sigo otra vez, una nueva sorpresa una pródiga mente y mejor pluma. Claro, a veces como en estos casos dan ganas de haber nacido un poco antes para haber vivido todo aquello...pero sí recuerdo que de niños viajabamos al norte (Pto. Montt) en el Trinidad y el Tenglo, mis recuerdos son de barcos acondicionados para pasajeros y carga, con camarotes a los cuales nos enviaban rapidamente cuando se aproximaba el agitado golfo Corcovado; durmiendo no sentíamos el mareo. Los comedores eran una mini réplica del Titánic ( mucho le pondría ?) había servicio de atención a las mesas y los platos de sopa tenían un borde pronunciado hacia el interior que llamaba la atención y con lo cual si el mar estaba agitado duraba más el líquido dentro, lo mismo las cucharas, las mesas tenían unas pestañas en el borde que serían seguramente para evitar que al deslizarse los platos fueran a dar al suelo desde su impecable y barnizada superficie. La travesía era de días en los cuales había que esperar la marea alta para asistir a lugares retirados y aislados por el trayecto de los canales y en donde a veces casi se podía estirar el brazo para tocar la vegetación... Esperar el barco en Puerto Piedra era otra historia, a veces lo hacíamos (creo) en el Hotel Laibe y eso era para los adultos todo un acontecimiento social.
Bueno, rico poder revivir aquello, después seguiría la llegada a Pto. Montt y el viaje a Stgo. en tren ( cuando entonces sí que era tren) y mamá insistiendo en que no abriésemos las ventanillas pues era inevitable que depués estuvieramos llorando con un carboncillo dentro del ojo...Buenos recuerdos amigo siga adelante que "para la pluma tampoco hay fronteras", un abrazo.

19 Septiembre 2008 | 09:54 AM

Graciela Droguett B

Graciela Droguett B dijo

OSCAR,desde que encontre tú pagina en un comentario del mercurio, siempre la estoy leyendo porque Aysen me trae muy lindos recuerdo,porque yo vivi con mis padres durante 7 años en aysen, y mi padre es uno de los músicos que figuran en tú comentario (Juan Droguett) la primera vez mi padre fue solo, toda la familia viajo el año 1953.Tambien viajamos en el Tenglo desde el puerto de piedra.
Ahora vivo en santiago con recuerdos muy bellos de esa ciudad tan lejana
Adios atte Graciela.

8 Diciembre 2008 | 02:10 AM

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COYHAIQUE, Chile
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Aquí en mi ciudad natal, las sombras no existen. Sólo el espacio diáfano con olor a frutillas silvestres y un poco de fumarolas a las siete y media de la mañana. Coyhaique me recibe día a día desde que llegué al mundo en el segundo piso de una casa que aún existe y la diviso a veces con pena en la esquina de Freire y 12 de Octubre. De aquí salieron un día mis naves a buscar puertos seguros. Y me enamoré de las palabras, sagradas, emotivas, directas, llenas de poesías levantando viento o viéndose morir gracias a la inmediatez de que se valen para existir. Esos soplidos son verdes, como nuestras selvas que se montan sobre las camionetas y se convierten en humo que asciende por miles de techos. Coyhaique es siempre visitado por gente absorta y con ojos nebulosos que casi nunca hablan español. A ellos se los llevan a los ríos y a las selvas, los hacen aprender flyfishing, les llevan a gastar su dinero a centros nocturnos donde se toma mucha cerveza. Mi padre falleció hace 11 meses. Mi madre viene llegando a una casa nueva que arrendamos. Mis hijos son 4 y están desperdigados, sueltos por Chile, llenos de bríos, esperanzas, hijos y parejas que les aman. He escrito desde niño. En la universidad me descubrieron detrás de un cuento donde había manzanas rosadas. Era el laberinto de la UCV, de fines de los sesenta, cuando escuchábamos a los Jaivas y al Pirincho en la radio, todas las noches. Luego llegarían tiempos serios, como brújulas, todo marcando perfecto, con coordenadas que se entrometían entre mis versos y mis cuentos. Ahora estoy en Coyhaique y administro un Ciber café en pleno paseo Horn, donde trato de hablar inglés con los turistas para explicarles lo que somos. Escribo diariamente. Y viajan mis palabras a través de varios laberintos estrechos y también anchos. Mis palabras me pertenecen. Mis memorias son éstas. Acabo de ganar un premio en el Consejo del libro con mis 181 crónicas de la primera hornada. Para escribir hay que estar solo y vivo. Así estoy. ESCRIBE TUS COMENTARIOS. NOS HARAN BIEN A AMBOS. O mandame un email: dimelotou@gmail.com

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