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La Coctelera

MEMORIALISTA

Las cosas tenían que suceder de ese modo

14 Julio 2007

ADELANTE, USTED HA LLEGADO A LA ESTANCIA

ADELANTE, USTED HA LLEGADO A LA ESTANCIA

Por el efecto que produce la visión de una fotografía antigua, es posible advertir la realidad de aquella estancia perdida en los recuerdos, posiblemente en la primera dimensión física que presentaba por los años 40. Se emplazaba en medio de un árido sector de la pampa, lugar donde se gobernaban las vidas de cientos de peones dedicados a las faenas de esquila, marcaciones y baños, tropas y estanciería capacitada.

Fueron miles los que pasaron por ahí. Rodeada de un terreno plano que se perdía mucho más allá de la frontera en una extensión casi infinita, bajo el siempregris del cielo patagón, en medio de un silencio sepulcral, remecido tan sólo por el viento indetenible, justo al medio de un oasis con aguas y escasos árboles raleados.

Cuando los administradores planificaron el levantamiento de sus propias casas, no pasaría mucho tiempo antes de que se comenzaran a levantar otras viviendas, galpones para las esquilas, casas del contador, el capataz de patio, las cocinas, los dormitorios, los comedores. Una estancia guarda y presenta todo lo necesario para se viva en ella como en una verdadera ciudad. La única diferencia notable es la escasa cantidad de población. En las estancias como la de Cisnes nunca vivieron más de cien o doscientos individuos.

Presentaba primero un punto central constituido por la Casa de la Administración, una casa de madera de dos pisos y con un detalle espectacular y curiosísimo: poseía un corredor español, tipo colonial, con nueve sólidas columnas sosteniendo un tejado que, aunque no fue de totora, daba la impresión de que faltaba tan sólo ese par de tinajas típicas de Lolol o Malloa. La casa era inmensa y llamaban la atención esos detalles que hacían retornar a los tiempos de las casas patronales. El pórtico central lo formaba una gran puerta principal y otra lateral, aunque muy alejada de ésta. Ambas puertas estaban rodeadas de tres ventanas triples por el ala derecha y de otras simples provistas de barrotes por el costado izquierdo. A un costado de la casa y a continuación, comenzaba el ala lateral que seguramente conformaba el sector de los aposentos privados de los administradores.

El segundo piso lo constituía una balaustrada o mansarda, con dos ventanucos de seis vidrios, siendo aquella la parte más alta, la cual servía de lugar de observación o atalaya. Tres ductos de chimenea de cemento y ladrillos se erguían sobre el tejado de zinc, y a ellos se sumaban otros cuatro ductos de caños para estufas a leña. Un orgulloso mástil ocupaba el centro de la entrada, en el mismo tejado. El corredor principal recibía la entrada a través de un caminito de tierra con pequeños envaralados longitudinales, rodeados de profusos jardines siempreverdes y plantíos que remataban en una especie de invernadero a un costado del sendero. Al lado había un columpio y dos corridas alternadas de álamos nacientes. Todo el conjunto de la casa estaba rodeado por follaje de árboles tupidos.

Más allá se alzaban nuevas casas, más pequeñas por cierto, pero no menos importantes, diseminadas en un radio mucho mayor de unos quinientos metros. Un prodigioso galpón de esquila dominaba todo el circuito. Tenía dos pisos con corrales y bretes que ocupaban una extensión construida de unos ochenta metros cuadrados. El galpón era gigantesco, casi todo de cemento y techo de zinc. Tenía al frente un cargadero y su imponente fachada hacía pensar en el gran trabajo que en su interior se efectuaba durante las duras temporadas de esquila y faena lanar.

Dicha estancia, en la parte que concierne a la descripción, prácticamente no existe, aunque se conservan retazos y restos de construcciones que hoy constituyen reliquias del patrimonio del imponente lugar. La misma gran extensión habitacional que otrora constituyera un gran monumento a la laboriosidad de miles de peones y cuadrilleros, hoy se retira a una adaptación que sigue el curso de los tiempos que llegan, nuevas modalidades y estilos bajo la misma atmósfera elemental de la soledad y el gris del cielo patagón. Hay siempre conservado un estigma que siempre caracterizó a la estancia: los urgentes gritos del vellonero, los agigantados pasos del agarrador, o del playero pagador de lata que persisten en estar siempre ahí, como si las generaciones de esquiladores y la llegada de la comparsa continuara invitando a la urgencia de este chapuzón de identidades tan necesario en medio de estos tiempos en que, irremisiblemente, se nos mueren.

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COYHAIQUE, Chile
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Aquí en mi ciudad natal, las sombras no existen. Sólo el espacio diáfano con olor a frutillas silvestres y un poco de fumarolas a las siete y media de la mañana. Coyhaique me recibe día a día desde que llegué al mundo en el segundo piso de una casa que aún existe y la diviso a veces con pena en la esquina de Freire y 12 de Octubre. De aquí salieron un día mis naves a buscar puertos seguros. Y me enamoré de las palabras, sagradas, emotivas, directas, llenas de poesías levantando viento o viéndose morir gracias a la inmediatez de que se valen para existir. Esos soplidos son verdes, como nuestras selvas que se montan sobre las camionetas y se convierten en humo que asciende por miles de techos. Coyhaique es siempre visitado por gente absorta y con ojos nebulosos que casi nunca hablan español. A ellos se los llevan a los ríos y a las selvas, los hacen aprender flyfishing, les llevan a gastar su dinero a centros nocturnos donde se toma mucha cerveza. Mi padre falleció hace 11 meses. Mi madre viene llegando a una casa nueva que arrendamos. Mis hijos son 4 y están desperdigados, sueltos por Chile, llenos de bríos, esperanzas, hijos y parejas que les aman. He escrito desde niño. En la universidad me descubrieron detrás de un cuento donde había manzanas rosadas. Era el laberinto de la UCV, de fines de los sesenta, cuando escuchábamos a los Jaivas y al Pirincho en la radio, todas las noches. Luego llegarían tiempos serios, como brújulas, todo marcando perfecto, con coordenadas que se entrometían entre mis versos y mis cuentos. Ahora estoy en Coyhaique y administro un Ciber café en pleno paseo Horn, donde trato de hablar inglés con los turistas para explicarles lo que somos. Escribo diariamente. Y viajan mis palabras a través de varios laberintos estrechos y también anchos. Mis palabras me pertenecen. Mis memorias son éstas. Acabo de ganar un premio en el Consejo del libro con mis 181 crónicas de la primera hornada. Para escribir hay que estar solo y vivo. Así estoy. ESCRIBE TUS COMENTARIOS. NOS HARAN BIEN A AMBOS. O mandame un email: dimelotou@gmail.com

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