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La Coctelera

MEMORIALISTA

Las cosas tenían que suceder de ese modo

23 Junio 2007

Las implicancias fenomenológicas del terremoto de Mayo de 1960

Si fuéramos expertos sismólogos, y pudiéramos mostrar un informe a nuestros lectores sobre lo que ocurrió en la provincia de Aysén el domingo 22 de mayo de 1960, probablemente escribiríamos lo siguiente:

El sismo del 22 de Mayo de 1960 es la mayor catástrofe registrada en la historia. La ruptura tuvo mil km de largo, y el desplazamiento sobre el plano de falla superó los 20 metros. El mecanismo indica falla inversa en el plano de subducción, y propagación unilateral de la ruptura desde el norte hacia el sur, como indica el efecto Doppler observado. La destrucción se extendió en la zona comprendida entre Concepción y Aysén, y el tsunami generado afectó todas las costas Pacíficas. La costa chilena sufrió levantamientos y hundimientos permanentes de varios metros. Volcanes andinos fueron perturbados y desencadenaron erupciones. Por primera vez fue posible medir la frecuencia más baja de oscilación de la Tierra, con un período de 53 minutos. Ondas superficiales viajaron varias veces en torno a la Tierra. El proceso de ruptura incluye réplicas que duraron décadas. La sismicidad histórica muestra que la repetición de la ruptura Concepción-Aysén es cuasi-regular con un período del orden de 128 años.

Aquel día domingo los coyhaiquinos habíamos terminado de almorzar y la mayoría nos encontrábamos relajados, algunos en la sobremesa, otros, lavando la loza y, los menos, trabajando. En el último grupo nos encontrábamos entonces. Por lo mismo, el terrible movimiento nos pegó un chopazo de frente. Estábamos con papá encaramados a una escalera de pie, colocando mercaderías a una repisa de 3 metros, cuando se escuchó el estruendo subterráneo que provocó los más encontrados comentarios y los más manifiestos terrores.

Quienes estaban aquel día en Coyhaique lo deben recordar fácilmente, deben visualizar aún en el cerebro las imágenes visuales de los cercados reptando como serpientes a través del pasto, grietas abriéndose por doquier, automóviles desplazándose calles abajo y todos los servicios básicos, luz y agua, suspendidos. Como no había televisión, y los diarios llegaban una semana después, el receptor de radio se transformó en el principal elemento de sobrevivencia. Sólo era necesario surtirse de gran cantidad de pilas para afrontar las emisiones radiales de la gran cadena nacional comandada por las radios Cooperativa y Minería, con las voces sacratísimas de los desolados locutores, de cuyos labios emergían interminablemente las listas de casos fatales. Aquella transmisión monstruosa se prolongó por espacio de quince largos días, y era el único elemento puente que nos unía con la realidad.

Recordemos que además estaban en el suelo grandes ciudades como Concepción, Corral, Valdivia y la mayoría de los poblados chilotes. Un increíble maremoto se tragó literalmente la ciudad de Castro y los muertos sumaban miles diariamente. Resonaban en nuestros oídos los desesperados intentos de los familiares de las víctimas en un afán denodado y casi inútil por encontrar a sus deudos con vida en alguna parte de los escombros. Por eso los paseos a través de los interminables mensajes de las radios santiaguinas. La rutina se desequilibró, toda esa normalidad de la vida cotidiana se desencajó a tal punto que había muy poca distancia entre el terror y la gratitud. Los periodistas y fotógrafos redoblaron esfuerzos para captar con sus antiguas cámaras la desolación de los pueblos destruidos. Esas imágenes son las que acompañan los recuerdos de hoy.

El sismo del 22 ocurrió exactamente a las 14:55 P.M., y tuvo una duración de 10 minutos. Pero continuó por espacio de 15 días, con 37 epicentros que entraron en acción como una gran cadena. Estos se repartían de Norte a Sur en una extensión de 1.350 kilómetros, lo que constituyen unos 400.000 km2 . Es por ello que en algunos lugares el sismo concluyó primero. En ciertas zonas, como las comprendidas entre Puerto Saavedra y Chiloé, los epicentros se encontraban en la región costera y en algunos puntos cordilleranos motivándose unos a otros, lo que explica la duración del fenómeno.

La magnitud máxima registrada fue de 9,5 en la escala de Richter, y constituye la mayor magnitud registrada de un terremoto en la historia sísmica mundial. El fuerte movimiento abarcó 13 provincias entre Talca y Aysén, incluyendo once provincias afectadas por el terremoto del día anterior. La intensidad máxima alcanzada fue de once en escala de Mercalli modificada en la Zona de Valdivia, pero revisando los desastres provocados en algunas zonas, bien se pudo haber asignado una intensidad de doce.

Lo que sobrevino después fue indescriptible: derrumbes, ruinas, incendios, inundaciones, una lluvia copiosa y el tsunami. El cálculo final de muertos y desaparecidos nunca se ha sabido con precisión, ya que, por falta de registros, o falta de datos de zonas demasiado lejanas los informes de la época no coincidían en una cifra única.

De nada servía vivir en casas de cemento pues las grietas se abrieron igual, los remezones eran continuados, nadie pudo dormir en quince días, las clases se suspendieron, las familias permanecieron encerradas, el comercio continuaba funcionando con lo que había, hubo desabastecimiento, Coyhaique y Aysén eran otras ciudades, no las mismas de siempre.

Si usted no estaba ahí, se lo contamos.

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1 comentario · Escribe aquí tu comentario

Gabriela

Gabriela dijo

El recuerdo imborrable es haber logrado llegar a la puerta de calle, agarrada de ambas paredes en el pasillo de mi casa, y ver el envaralado de Chile-Argentina reptando con un ruido ensordecedor...Al mismo tiempo, empezaron a retumbar los cerros, que daban pavor porque no se veían, tapados de nubes, y de repente asomaron derrumbes por todos lados....Nos imaginábamos que el pueblo, desaparecería....
Yo supongo que donde seguramente pareció acabo de mundo, fue en la Laguna San Rafael, donde fue el epicentro de varios terremotos...porque fui un año después, y me encontré con que el bosque sumergido a la entrada de la laguna...estaba varios metros por sobre la ribera...Al entrar al hotel, no podíamos creer lo que vimos...ese refrigerador inmenso estaba en medio del comedor, ventanas no quedaban...reventaron...

14 Enero 2009 | 06:59 PM

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COYHAIQUE, Chile
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Aquí en mi ciudad natal, las sombras no existen. Sólo el espacio diáfano con olor a frutillas silvestres y un poco de fumarolas a las siete y media de la mañana. Coyhaique me recibe día a día desde que llegué al mundo en el segundo piso de una casa que aún existe y la diviso a veces con pena en la esquina de Freire y 12 de Octubre. De aquí salieron un día mis naves a buscar puertos seguros. Y me enamoré de las palabras, sagradas, emotivas, directas, llenas de poesías levantando viento o viéndose morir gracias a la inmediatez de que se valen para existir. Esos soplidos son verdes, como nuestras selvas que se montan sobre las camionetas y se convierten en humo que asciende por miles de techos. Coyhaique es siempre visitado por gente absorta y con ojos nebulosos que casi nunca hablan español. A ellos se los llevan a los ríos y a las selvas, los hacen aprender flyfishing, les llevan a gastar su dinero a centros nocturnos donde se toma mucha cerveza. Mi padre falleció hace 11 meses. Mi madre viene llegando a una casa nueva que arrendamos. Mis hijos son 4 y están desperdigados, sueltos por Chile, llenos de bríos, esperanzas, hijos y parejas que les aman. He escrito desde niño. En la universidad me descubrieron detrás de un cuento donde había manzanas rosadas. Era el laberinto de la UCV, de fines de los sesenta, cuando escuchábamos a los Jaivas y al Pirincho en la radio, todas las noches. Luego llegarían tiempos serios, como brújulas, todo marcando perfecto, con coordenadas que se entrometían entre mis versos y mis cuentos. Ahora estoy en Coyhaique y administro un Ciber café en pleno paseo Horn, donde trato de hablar inglés con los turistas para explicarles lo que somos. Escribo diariamente. Y viajan mis palabras a través de varios laberintos estrechos y también anchos. Mis palabras me pertenecen. Mis memorias son éstas. Acabo de ganar un premio en el Consejo del libro con mis 181 crónicas de la primera hornada. Para escribir hay que estar solo y vivo. Así estoy. ESCRIBE TUS COMENTARIOS. NOS HARAN BIEN A AMBOS. O mandame un email: dimelotou@gmail.com

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