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La Coctelera

MEMORIALISTA

Las cosas tenían que suceder de ese modo

23 Junio 2007

La Leyenda del Calafate


Desde tiempos inmemoriales los tehuelches o tsónekas, verdaderos dueños de nuestras tierras, conocían los secretos del sur patagónico en su permanente deambular de aike en aike (lugar). Eran los tiempos en que los guanacos, el más importante alimento y abrigo de esta gente, comenzaban a descender de las mesetas en tropillas hacia los valles encerrados en grandes cañadones, viejas cunas de antiguos glaciares, en un permanente rito milenario, al que se sumaban los ñandúes en busca de abrigo y de alimento. Hacia el oeste, la espina dorsal de América que son los Andes, ha amanecido de nieve. El invierno llegará inexorablemente y ellos lo saben.

En esa época, las tribus tehuelches comenzaban su viaje hacia el norte, donde el frío no era tan intenso, además la caza no faltaba, pero tengamos en cuenta que el viaje se hacía a pie, ya que los primeros caballos arribaron a Santa Cruz allá por el año 1526 con la Expedición de Jofré de Loaiza.

Koonex era la anciana curandera de la tribu, y no podía caminar más debido a que sus viejas y cansadas piernas estaban agotadas; pero la marcha no se podía detener y es una ley natural cumplir con el destino. Ella lo comprendió. Las mujeres de la tribu le hicieron un kau (toldo) con pieles de guanacos y juntaron abundante leña, prepararon charkikán, reunieron huevos conservados en sacos con grasa y se despidieron de ella con el gayau (canto) de la familia, luego ella entonó con un hilito de voz el milenario canto de la raza y envuelta en su kaiajnún (quillango), fijó sus cansados ojos en la distancia, hasta que la gente de su tribu se perdió tras el filo de una meseta. Se quedaba sola para morir, ya que los alimentos no le alcanzarían para pasar el largo invierno, aunque tal vez algún puma hambriento le acortara la espera.

––Mejor si me encuentra dormida, total es un ratito ––pensó.

––Terro, terro ––repetían los teros, que en tehuelche quiere decir malo, malo. Y agregaban:

––No volveremos más.

La "V" de los kaikenes eran mil flechas que viajaban cielo al norte. Todos los seres vivientes emigraban, se quedaba sola sintiendo el silencio como un sopor pesado y envolvente. El cielo multicolor se fue extinguiendo lentamente en un oeste de mesetas grises y azuladas, hasta perderse el último rayo de luz reflejado en los picachos más altos del chaltén (monte sagrado). Pasaron muchos soles y muchas lunas, hasta que llego ariskaiken (la primavera) con el nacimiento de los brotes; arribaron las golondrinas, los chorlos, los alegres chingolitos, las inquietas ratoneras, las charlatanas cotorras... Los esbeltos flamencos vistieron de rosa una franja de cielo hacia el sur. El cuello de los cisnes le puso signos de interrogación a las lagunas ya deshieladas y el grito de las bandurrias se hizo eco en las barrancas.

Volvía la vida en todas sus expresiones. Sobre los cueros del abigarrado toldo de Koonex se posó una bandada de avecillas cantando alegremente. De pronto se escuchó la voz de la anciana curandera que desde el interior del kau, les reprendía por haberla dejado sola durante el largo y duro invierno. Kikén (chingolito), tras la sorpresa le respondió:

––Nos fuimos porque en otoño comienza a escasear el alimento, además durante el invierno no tenemos donde abrigarnos.

––Los comprendo ––respondió la anciana––, por eso desde hoy en adelante, tendrán alimento en otoño y buen abrigo en invierno. Ya nunca más me quedaré sola. Luego calló.

Cuando una brisa volteó los cueros del toldo, en lugar de la anciana, se hallaba un hermoso arbusto espinoso de perfumadas flores amarillas. Al promediar el verano, las flores se hicieron frutos y antes del otoño comenzaron a madurar tomando un color azul–morado de sabor exquisito y gran valor alimenticio.

Algunos pajaritos no emigraron nunca más y los que se habían ido para no volver, al enterarse de la novedad, regresaron para probar el nuevo fruto, del que quedaron prendados. También los tsónekas lo probaron adoptándolo para siempre y desparramaron las semillas de Aike en Aike, dándole el nombre de Koonex. Desde entonces, la leyenda cobra sentido: "El que come calafate, siempre tiene que volver".

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COYHAIQUE, Chile
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Aquí en mi ciudad natal, las sombras no existen. Sólo el espacio diáfano con olor a frutillas silvestres y un poco de fumarolas a las siete y media de la mañana. Coyhaique me recibe día a día desde que llegué al mundo en el segundo piso de una casa que aún existe y la diviso a veces con pena en la esquina de Freire y 12 de Octubre. De aquí salieron un día mis naves a buscar puertos seguros. Y me enamoré de las palabras, sagradas, emotivas, directas, llenas de poesías levantando viento o viéndose morir gracias a la inmediatez de que se valen para existir. Esos soplidos son verdes, como nuestras selvas que se montan sobre las camionetas y se convierten en humo que asciende por miles de techos. Coyhaique es siempre visitado por gente absorta y con ojos nebulosos que casi nunca hablan español. A ellos se los llevan a los ríos y a las selvas, los hacen aprender flyfishing, les llevan a gastar su dinero a centros nocturnos donde se toma mucha cerveza. Mi padre falleció hace 11 meses. Mi madre viene llegando a una casa nueva que arrendamos. Mis hijos son 4 y están desperdigados, sueltos por Chile, llenos de bríos, esperanzas, hijos y parejas que les aman. He escrito desde niño. En la universidad me descubrieron detrás de un cuento donde había manzanas rosadas. Era el laberinto de la UCV, de fines de los sesenta, cuando escuchábamos a los Jaivas y al Pirincho en la radio, todas las noches. Luego llegarían tiempos serios, como brújulas, todo marcando perfecto, con coordenadas que se entrometían entre mis versos y mis cuentos. Ahora estoy en Coyhaique y administro un Ciber café en pleno paseo Horn, donde trato de hablar inglés con los turistas para explicarles lo que somos. Escribo diariamente. Y viajan mis palabras a través de varios laberintos estrechos y también anchos. Mis palabras me pertenecen. Mis memorias son éstas. Acabo de ganar un premio en el Consejo del libro con mis 181 crónicas de la primera hornada. Para escribir hay que estar solo y vivo. Así estoy. ESCRIBE TUS COMENTARIOS. NOS HARAN BIEN A AMBOS. O mandame un email: dimelotou@gmail.com

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