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La Coctelera

MEMORIALISTA

Las cosas tenían que suceder de ese modo

23 Junio 2007

ESTEBAN LUCAS BRIDGE EN EL BAKER

Tres años después del escándalo producido en Chile Chico por el intento de apropiarse de las tierras de los colonos por parte del administrador sueco Carlos von Flack, la sociedad ganadera Hobbs y Cía. reacciona y manda a llamar al oficial retirado de los ejércitos del Imperio Británico Esteban Lucas Bridge, quien se hallaba viviendo en Rhodesia. La misión de Bridge era lograr revertir una situación de mala administración y proponer a los gerentes de Valparaíso una acción dinámica destinada a promover las virtudes de una empresa marcada por el éxito productivo.

Don Esteban tuvo fe en que todo saldría según lo determinaba un plan de acción que en los papeles se avizoraba efectivo. Al día siguiente de llegar ya el flamante administrador se dedica a explorar los mínimos detalles de la concesión, construyendo una pequeña embarcación con armazón de cañas recubiertas por lona, y la deposita sobre las frías correntadas del río hasta llegar a Puerto Pisagua.

Uno de los episodios que destacan en la bitácora es el incendio de bosques que logró agravar una situación prácticamente descontrolada. Cuando retornan a la estancia, 28 días después, habían bajado 14 kilos, sus ropas habían quedado en estado calamitoso y el cansancio y la desazón dejaban huellas en sus rostros resignados.

Antiguas sendas abiertas hace años por las primeras comisiones de límites les sirven a estos aguerridos hombres para avanzar con dificultad en sus rutas de reconocimiento. Bridge decide entonces pedir autorización a Punta Arenas para adquirir una lancha a motor, la que es bautizada con el nombre de su hija, Stephanie Mary (María Estefanía). Era una nave pequeña, de acero flexible, con 22 pies de eslora y que desarrollaba una velocidad de 20 millas por hora.

Orgulloso de esa nueva adquisición, Bridge organizaría un caserío en el sector de Bajo Pisagua, llevando hasta allí gran cantidad de provisiones y mercadería destinadas a la estancia de los hombres que le acompañaban. Se construyó un muelle en el lugar con una bodega y un desembarcadero en el puerto de San Carlos, más algunas construcciones menores. Se abrieron varias rutas cortas para el paso de mulas; se levantó un puente colgante de 73 metros sobre el río Ñadis; se compraron 200 mulas y se adquirieron 100 sillas cargueras. Además se trajo desde Inglaterra una pequeña prensa de 50 kilos para enfardar lana. De esa forma se encaraban los trabajos de producción lanar de una manera mucho más efectiva.

Aquellas instalaciones, más un aserradero traído desde San Julián y una máquina de vapor portátil, galpones de esquila, galpones para peones y cocinerías, conformaron un completo panorama de avances en materia de implementación e infraestructura que dejaron muy en alto las primeras etapas de administración de Bridge. Incluso el combustible, muy difícil de conseguir y transportar, fue asignado a una sola nave, una embarcación especial cuya recordación se sustenta hasta nuestros días, ya que el administrador le puso el nombre de Juanita. A su cargo quedó el recordado capitán Warrick amigo personal de Bridges.

Variados testimoniales de gente que conoció la personalidad de este personaje de Aysén de los principios apuntan a destacar su afectuoso trato con sus peones, a quienes llamaba compañeritos, su adquirida conducta de dormir en el suelo aunque se encontrara en un hotel de lujo y la gaucha costumbre de utilizar vestuarios camperos y hasta tamangos. Destacada es la participación del chilote Abel Oyarzo, cuyo testimonio revela asombrosos instantes de vida laboral en La Colonia, donde se produjeron incendios intencionales de un muelle, casas de administración y corrales. El mismo Oyarzo habla en dicho memorial sobre los luctuosos sucesos de la Isla de los Muertos, cuyos antecedentes servirán para futuras e inéditas crónicas.

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COYHAIQUE, Chile
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Aquí en mi ciudad natal, las sombras no existen. Sólo el espacio diáfano con olor a frutillas silvestres y un poco de fumarolas a las siete y media de la mañana. Coyhaique me recibe día a día desde que llegué al mundo en el segundo piso de una casa que aún existe y la diviso a veces con pena en la esquina de Freire y 12 de Octubre. De aquí salieron un día mis naves a buscar puertos seguros. Y me enamoré de las palabras, sagradas, emotivas, directas, llenas de poesías levantando viento o viéndose morir gracias a la inmediatez de que se valen para existir. Esos soplidos son verdes, como nuestras selvas que se montan sobre las camionetas y se convierten en humo que asciende por miles de techos. Coyhaique es siempre visitado por gente absorta y con ojos nebulosos que casi nunca hablan español. A ellos se los llevan a los ríos y a las selvas, los hacen aprender flyfishing, les llevan a gastar su dinero a centros nocturnos donde se toma mucha cerveza. Mi padre falleció hace 11 meses. Mi madre viene llegando a una casa nueva que arrendamos. Mis hijos son 4 y están desperdigados, sueltos por Chile, llenos de bríos, esperanzas, hijos y parejas que les aman. He escrito desde niño. En la universidad me descubrieron detrás de un cuento donde había manzanas rosadas. Era el laberinto de la UCV, de fines de los sesenta, cuando escuchábamos a los Jaivas y al Pirincho en la radio, todas las noches. Luego llegarían tiempos serios, como brújulas, todo marcando perfecto, con coordenadas que se entrometían entre mis versos y mis cuentos. Ahora estoy en Coyhaique y administro un Ciber café en pleno paseo Horn, donde trato de hablar inglés con los turistas para explicarles lo que somos. Escribo diariamente. Y viajan mis palabras a través de varios laberintos estrechos y también anchos. Mis palabras me pertenecen. Mis memorias son éstas. Acabo de ganar un premio en el Consejo del libro con mis 181 crónicas de la primera hornada. Para escribir hay que estar solo y vivo. Así estoy. ESCRIBE TUS COMENTARIOS. NOS HARAN BIEN A AMBOS. O mandame un email: dimelotou@gmail.com

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