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La Coctelera

MEMORIALISTA

Las cosas tenían que suceder de ese modo

23 Junio 2007

¿De dónde nos llegó el Truco?


Numerosas y variadas son las relaciones que sobre el juego del truco nos traen los detalles que rodean la vida de los pobladores tempranos. Para analizar los orígenes de este juego de cartas y barajas tan enraizado entre nuestros habitantes, viajamos por el tiempo.
El truco nació, según estudios antropológicos, en la Edad Media, en las provincias vascongadas del Sur de España. Primitivamente se conoció con el nombre de truque, y junto con nacer éste, nacía también el mus, un juego de naipes muy similar y que se juega con naipes y habichuelas. Pío Baroja, el insigne literato español del siglo XIX en su libro La Venta, ya se refiere al truco, señalando en una breve descripción la atmósfera que proyecta:
“Mientras tanto, la dueña de casa va de un lado a otro y el patrón juega una partida de mus con otros tres, en una mesa tan alta como los bancos donde se sientan. Y los cuatro, graves y serios, doblan los naipes, ya de suyo grasientos y abarquillados, y los envidos y los quiero se suceden acompasadamente y va aumentándose el número de habichuelas blancas y coloradas de los dos bandos contrarios”
El truco fue muy practicado por los vascos, los castellanos y los gallegos, y con seguridad también por los portugueses, de cuya voz deriva. El truque fue muy difundido en el Uruguay y también especialmente en campos patagónicos argentinos, en cuyas estancias se asentaron gran cantidad de inmigrantes. En el sur de Argentina y de Chile se internaliza como un juego de importante práctica, se le cambia el nombre de truque por truco, las cartas adquieren nuevos valores y se incluyen más jugadores.
En general, puede afirmarse que el truco es un juego de cartas donde todo es astucia, trampa y mentira, pero mentira legal y reglamentada que constituye en cierta forma trampa obligatoria. Lo esencial de cada jugador es hacer saber al compañero las cartas y combinaciones que tiene en mano sin que se den cuenta sus adversarios. El buen jugador, rápido y discreto, sabe aprovechar la menor falta de atención del adversario.
Los camperos de Aysén se agruparon para encarar la soledad gigantesca del medio y fue así que en horas de la tarde, junto a los fogones, el truco pasó a ser a¿De dónde nos llegó el Truco?

Numerosas y variadas son las relaciones que sobre el juego del truco nos traen los detalles que rodean la vida de los pobladores tempranos. Para analizar los orígenes de este juego de cartas y barajas tan enraizado entre nuestros habitantes, viajamos por el tiempo.
El truco nació, según estudios antropológicos, en la Edad Media, en las provincias vascongadas del Sur de España. Primitivamente se conoció con el nombre de truque, y junto con nacer éste, nacía también el mus, un juego de naipes muy similar y que se juega con naipes y habichuelas. Pío Baroja, el insigne literato español del siglo XIX en su libro La Venta, ya se refiere al truco, señalando en una breve descripción la atmósfera que proyecta:
“Mientras tanto, la dueña de casa va de un lado a otro y el patrón juega una partida de mus con otros tres, en una mesa tan alta como los bancos donde se sientan. Y los cuatro, graves y serios, doblan los naipes, ya de suyo grasientos y abarquillados, y los envidos y los quiero se suceden acompasadamente y va aumentándose el número de habichuelas blancas y coloradas de los dos bandos contrarios”
El truco fue muy practicado por los vascos, los castellanos y los gallegos, y con seguridad también por los portugueses, de cuya voz deriva. El truque fue muy difundido en el Uruguay y también especialmente en campos patagónicos argentinos, en cuyas estancias se asentaron gran cantidad de inmigrantes. En el sur de Argentina y de Chile se internaliza como un juego de importante práctica, se le cambia el nombre de truque por truco, las cartas adquieren nuevos valores y se incluyen más jugadores.
En general, puede afirmarse que el truco es un juego de cartas donde todo es astucia, trampa y mentira, pero mentira legal y reglamentada que constituye en cierta forma trampa obligatoria. Lo esencial de cada jugador es hacer saber al compañero las cartas y combinaciones que tiene en mano sin que se den cuenta sus adversarios. El buen jugador, rápido y discreto, sabe aprovechar la menor falta de atención del adversario.
Los camperos de Aysén se agruparon para encarar la soledad gigantesca del medio y fue así que en horas de la tarde, junto a los fogones, el truco pasó a ser algo necesario, como una forma de expresión folklórica muy competitiva, tanto, que en el pasado son notables aquellas competencias truqueras en que se jugaba toda la hacienda y las propiedades, la animalada y hasta la producción del año.
El truco se juega con la baraja española, la cual consta de 48 cartas, de las que sólo se usan 40, eliminándose los ochos y los nueves. El juego se efectúa entre una, dos, tres, cuatro, seis u ocho parejas, conformadas siempre por dos bandos opuestos, existiendo el mano a mano, de dos personas; el gallito, de 3; el cuarto, de 4 jugadores; el sexto, el octavo, etc. Cada partida se compone de tres juegos chicos: el primero, la contra y el bueno. El jugador siempre recibe tres cartas en cada mano, jugando tres vueltas con ellas. El juego se compone de tres fases principales que son el envido, el truco y la flor. Dos de ellas solamente pueden darse en una mano y no pueden darse en forma simultánea las tres juntas. Puede cantar flor quien tenga tres cartas del mismo palo y envido si tiene dos cartas del mismo. El truco es la última etapa del juego.
Son ya familiares los lances de truco en nuestra patagonia con los signos del envido y la flor cantados con rudeza entre el humo del cigarrillo y la grapa o la ginebra. El pido flor o con flor me achico detallan los puntos importantes para el conteo. El contraflor hace cantar a todo el mundo y el contraflor y el resto le da mayor valor al puntaje. También es interesante la lucha por el dominio de la batalla matando los puntos del contrario para decir son buenas. Voces como el envido o el real envido señalan dos o tres puntos específicos, y el falta envido equivale a la suma total de puntos necesarios para ganar una mano.
lgo necesario, como una forma de expresión folklórica muy competitiva, tanto, que en el pasado son notables aquellas competencias truqueras en que se jugaba toda la hacienda y las propiedades, la animalada y hasta la producción del año.
El truco se juega con la baraja española, la cual consta de 48 cartas, de las que sólo se usan 40, eliminándose los ochos y los nueves. El juego se efectúa entre una, dos, tres, cuatro, seis u ocho parejas, conformadas siempre por dos bandos opuestos, existiendo el mano a mano, de dos personas; el gallito, de 3; el cuarto, de 4 jugadores; el sexto, el octavo, etc. Cada partida se compone de tres juegos chicos: el primero, la contra y el bueno. El jugador siempre recibe tres cartas en cada mano, jugando tres vueltas con ellas. El juego se compone de tres fases principales que son el envido, el truco y la flor. Dos de ellas solamente pueden darse en una mano y no pueden darse en forma simultánea las tres juntas. Puede cantar flor quien tenga tres cartas del mismo palo y envido si tiene dos cartas del mismo. El truco es la última etapa del juego.
Son ya familiares los lances de truco en nuestra patagonia con los signos del envido y la flor cantados con rudeza entre el humo del cigarrillo y la grapa o la ginebra. El pido flor o con flor me achico detallan los puntos importantes para el conteo. El contraflor hace cantar a todo el mundo y el contraflor y el resto le da mayor valor al puntaje. También es interesante la lucha por el dominio de la batalla matando los puntos del contrario para decir son buenas. Voces como el envido o el real envido señalan dos o tres puntos específicos, y el falta envido equivale a la suma total de puntos necesarios para ganar una mano.

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romulo straube ramírez

romulo straube ramírez dijo

Muy buena la nota relatando la historia de un juego que ha llegado a ser señal casi identificatoria del patagón amante de esta tierra. Muchas son las entretenidas tertulias compartidas sobre todo en el campo, salpicadas de los pícaros dichos en rima para seguir cada una de las etapas del juego... Otro acierto amigo, adelante.
(Un detalle mínimo, sale por algún motivo repetido el escrito)

24 Septiembre 2008 | 03:27 AM

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COYHAIQUE, Chile
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Aquí en mi ciudad natal, las sombras no existen. Sólo el espacio diáfano con olor a frutillas silvestres y un poco de fumarolas a las siete y media de la mañana. Coyhaique me recibe día a día desde que llegué al mundo en el segundo piso de una casa que aún existe y la diviso a veces con pena en la esquina de Freire y 12 de Octubre. De aquí salieron un día mis naves a buscar puertos seguros. Y me enamoré de las palabras, sagradas, emotivas, directas, llenas de poesías levantando viento o viéndose morir gracias a la inmediatez de que se valen para existir. Esos soplidos son verdes, como nuestras selvas que se montan sobre las camionetas y se convierten en humo que asciende por miles de techos. Coyhaique es siempre visitado por gente absorta y con ojos nebulosos que casi nunca hablan español. A ellos se los llevan a los ríos y a las selvas, los hacen aprender flyfishing, les llevan a gastar su dinero a centros nocturnos donde se toma mucha cerveza. Mi padre falleció hace 11 meses. Mi madre viene llegando a una casa nueva que arrendamos. Mis hijos son 4 y están desperdigados, sueltos por Chile, llenos de bríos, esperanzas, hijos y parejas que les aman. He escrito desde niño. En la universidad me descubrieron detrás de un cuento donde había manzanas rosadas. Era el laberinto de la UCV, de fines de los sesenta, cuando escuchábamos a los Jaivas y al Pirincho en la radio, todas las noches. Luego llegarían tiempos serios, como brújulas, todo marcando perfecto, con coordenadas que se entrometían entre mis versos y mis cuentos. Ahora estoy en Coyhaique y administro un Ciber café en pleno paseo Horn, donde trato de hablar inglés con los turistas para explicarles lo que somos. Escribo diariamente. Y viajan mis palabras a través de varios laberintos estrechos y también anchos. Mis palabras me pertenecen. Mis memorias son éstas. Acabo de ganar un premio en el Consejo del libro con mis 181 crónicas de la primera hornada. Para escribir hay que estar solo y vivo. Así estoy. ESCRIBE TUS COMENTARIOS. NOS HARAN BIEN A AMBOS. O mandame un email: dimelotou@gmail.com

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