Poco antes de morir, el laureado escritor británico Bruce Chatwin estuvo en mi casa de calle Ignacio Serrano. Alguien le había prestado un auto viejo y pasó temprano a buscarme una mañana de otoño para trasladarnos a los campos cercanos. Por la noche, a nuestro regreso, cenamos un pollo y una ensalada de tomates preparado por Ximena.

Chatwin andaba tras los últimos datos de su vida y quería ver de cerca una escena de costumbres. Por eso lo invité a compartir situaciones a unos poblados cerca de Villa Ortega. Lo observaba atentamente cómo era de meticuloso, aunque sereno y apacible. Emergía de él una paz que se desgranaba a intervalos y que parecía predecir aquel encuentro final con la enfermedad que padecía. Pero no lo dijo, sólo anotaba lo que hablábamos mientras conducía el viejo automóvil a través de los caminos viejos de la villa.

¿Era bueno como escritor? ¿Quién lo sabía? Cuando leí algunos títulos en una web accidental que se desplegó sin aviso, me pareció entenderlo a él en toda su dimensión. A Chatwin lo andaba picando el bichito de esta Patagonia, esperanzador refocilamiento para su espíritu atribulado por el mal. Quería saber el último significado de este confín de la tierra adonde sus pasos seguían encaminándose año tras año. No sé si otros le habrán entendido como lo entendí yo.

Su obra postrera, “Retorno a la Patagonia”, fue publicada el 2001 por el taller de Mario Muchnick y tiende a aseverar lo que sus pensamientos escogieron como vivencias y percepciones ––yo diría sensoriales. Tenía la mirada triste y la cabellera, a pesar de no haber cumplido aún los 48, ya comenzaba a nevarle. Se iniciaba la primera fuerte frase del principio del libro: “Desde que Magallanes la descubriera en 1520, la Patagonia fue conocida como la región de espesas nieblas y huracanes en los confines del mundo habitado. La palabra patagonia, como Mandalay o Tombuctú, se instaló en la imaginación occidental como metáfora del final, el punto más allá del cual nadie podía ir. Por cierto, en el primer capítulo de Moby Dick, Melville usa patagónico como calificativo de lo remoto, lo monstruoso y lo fatalmente atractivo”.

Esa primera puerta que se abre en la obra de Chatwin es decisiva para el lector desprevenido. Casi no hay poesía, pero advertimos una fortaleza de profundas raigambres literarias y de no escondida investigación. Chatwin, en el silencio de Coyhaique adonde le conocimos aquella semana de descubrimientos, jamás hizo mención de sus estilos ni de sus escuelas. Por lo pronto, me gusta el siguiente párrafo para justificar mis afirmaciones: “Los primeros que viajaron a la Patagonia se equivocaron medio a medio al tomarla por la tierra del diablo. En primer lugar, el continente estaba habitado por una raza de gigantes, los indios tehuelches, que vistos más de cerca resultaron menos gigantescos y menos feroces de cómo los pintaba, y son posiblemente quienes le dieron a Swifft su modelo para los tosco pero afables habitantes de Brobdingnag”.

Otro de los libros que aparecen en la obra de Chatwin, es el primero que escribió cuando recién había cumplido los 37 años. Se llama “En la Patagonia” y de partida está esa célebre enumeración de los tres elementos esenciales que le darán vida a la novela: un niño, un trozo de piel de brontosaurio y una tierra remota. Este libro le haría alcanzar notoriedad como escritor. Con él y con los que le siguieron, contribuyó a crear un nuevo estilo en la literatura de viajes, una forma de escribir que sería imitada hasta la saciedad.

Su vida fue intensa y fugaz. Cuando murió en 1989, con apenas 48 años, dejaba tras de sí una estela compuesta de seis libros, un puñado de artículos y una leyenda que él mismo contribuyó a fomentar.

Chatwin fue un singular viajero, un eximio fabulador y sibarita, un consagrado excéntrico, incansable caminante de los países del mundo, refinado, desgarbado e histriónico. Chatwin fascinaba tanto por su conversación como por su aspecto. Poseía una enorme capacidad de seducción que ejercía sin pudor tanto en mujeres como en hombres. Y se notaba, pues durante aquel viaje que hicimos a la Villa Ortega en aquel viejo auto que se consiguió, jamás podría yo olvidar sus ojos encantados ante el arrobador movimiento del paisaje. Sus exclamaciones eran desgarradoras y portentosas y sus silencios tan profundos que parecíamos estar ambos bajo el agua respirando naturalmente las bellezas de Aysén.

Me había olvidado del amigo Chatwin. Fui uno de los pocos privilegiados que compartió con él horas y horas de magnífico culto a nuestra huellas y tradiciones, enseñándole exactamente donde estaban los lugares donde debía acudir. Aquella noche, en la cena con pollo y arroz de mi casa, no imaginaba que aquella sería su última imagen. Hoy, Chatwin se ha convertido en un viaje a caballo en la Patagonia, una sensación de estar huyendo de sombras y males que ya no existen, un bulto incansable que no termina de moverse en imágenes sonoras derramándose gota a gota sobre el planeta.