La presidenta cabaretera enredada entre Gardel y mis Penecas
Desde la verdura intensa de los árboles viejos que ya son verdaderos harapos del Coyhaique del tiempo de Ibáñez, quería uno seguir siendo niño de los aquellos ya remotos años cincuenta que fueron los de mi infancia. Eran tiempos cómodos y sobrios, con misales en las manos y rodillas doliendo en las incómodas bancas de la iglesia de la calle Riquelme. Un primo rico se daba el lujo de mandar a pedir a Comodoro todos los números de Billiken, El Peneca, el Okey y en esos tomos tan preciados descubrí La dama del perrito de Chejov, y El oso de Faulkner, cuando aquel primo se dignaba prestármelos. Aún no llegaba el momento de mi histórica suscripción.
Me quedaba leyendo hasta altas horas de la madrugada a la luz de un foco de mano, embozado bajo la sábana, para no ser descubierto en el delito del desvelo, Billiken y también los números de El Peneca. Tiempo después me identifiqué con Patoruzito, el indiecito semidesnudo de las pampas, aprendí lo que era una boleadora y un ombú, y gané mi primer antihéroe en su adversario Isidoro, el porteñito engominado. Civilización contra barbarie. Poseo cuatro de esas historietas conmigo. Y tres Penecas, verdaderos tesoros de la niñez coyhaiquina.
Aprendí también desde entonces la palabra canillita, porque un niño inválido, que vendía periódicos por las calles de Buenos Aires, apoyándose en una muleta, era capaz de transformarse en el Capitán Maravilla con sólo pronunciar la palabra mágica Shazam (compuesta por las iniciales de Salomón, Hércules, Atlas, Zeus, una que he perdido, y Marte), y ya en su investidura de héroe poderoso repartía puñetazos a la peor ralea de maleantes que se ocultaban en los meandros del barrio La Boca. No sé si saldría luego la versión chilena del capitán, creo que no. Aunque me ayudó a comprender el porqué un amigo llamado Alvaro Guillard una tarde de juegos se arrojó desde el galpón de la casa vieja de Dussen gritando Shazam y fracturándose una pierna.
Mis libros de lectura de la escuela primaria venían también de Argentina, como todas las cosas de aquel Aysén y me acostumbré a que la bandera patria que figuraba en la primera página de esos libros. Pronto aparecería Eva Perón. En la pobre biblioteca de mi escuela, donde todos los libros alcanzaban a caber en unos cuantos estantes de pino, no había mejor momento para mí que el de entregarme a repasar las páginas de un álbum de fotos a colores de pastel dedicado a aquella primera dama caritativa de moño perfecto y sonrisa angelical, que venía a ser como la reina del mundo, y que tantos años después reviviría para mí en la espléndida novela Santa Evita, de Tomás Eloy Martínez.
Pero también pasa por esa vida la Editorial Sopena Argentina, con sus libros a dos columnas en los que leí Los miserables, El Conde de Montecristo y Los Tres Mosqueteros, y la Editorial Kraft, que publicaba cuentos japoneses y poemas chinos con delicadas ilustraciones, y aún más tarde, mi encuentro con En busca del tiempo perdido, traducido por Pedro Salinas, en los libracos en cuarto mayor de tapas de cartón y hermosa letra, tal vez de la casa editorial Salvador Rueda, mal me engañe la memoria; más Trilce, El Canto General, El Romancero gitano y Marinero en tierra, unos tomitos en rústica de cubiertas grises, con sello de Losada, tiempos dichosos en que los libros de poesía eran tan baratos.
Mi infancia pertenece también a la voz de Carlos Gardel en las rocanolas de unas cantinas prohibidas, una voz que venía desde la eternidad, y ante la que lloraban de auténtica pena los borrachos despechados, y sus películas, vistas una y otra vez por el mismo público ávido en el único cine del pueblo, a la luz de las estrellas. Poco antes de que Perón fuera derrocado, cuando las arcas repletas de lingotes de oro empezaban a vaciarse en el Banco Central de la Nación, gracias a las más variada suerte de corruptelas, y a la mano munificente de Santa Evita, el viejo Somoza era recibido con toda pompa en Buenos Aires, y Perón llenaba para él la Plaza de Mayo con un millón de personas.
El año de 1956 mataron a Somoza, y Perón huyó, temeroso de su mala estrella a refugiarse en brazos de Trujillo a la República Dominicana. Isabelita Martínez, a quien Perón había conocido en Panamá en un night-club, cuando iba precisamente rumbo a Managua, llegó a convertirse en presidenta. Una cabaretera presidenta. Y después, las desapariciones masivas, los prisioneros lanzados desde los aviones en alta mar, enterrados en bloques de cemento en el fondo del Río de la Plata. Igual que nuestro impune dictador, casi veinte años después.
Uno quiere seguir siendo niño y es imposible. Enredados en libros y revistas pasan los ominosos rostros de los tiranos y arregladores de cifras millonarias, los poderosos delincuentes con corbata que nos gobernaron. ¿Tendrá algo que ver Shazam en todo esto? ¿O tal vez el engominado Isidoro, símbolo del chico Light de los años 50? ¿O El Peneca y esos dibujos de Coré, tan lejos del infierno?


Gabriela dijo
Esta columna me ha traído a la memoria algo que ya creí olvidado....Es dicho "Jabón Perón , Evita la mugre"....
19 Enero 2009 | 06:35 PM