Publicidad:
La Coctelera

MEMORIALISTA

Las cosas tenían que suceder de ese modo

10 Abril 2006

El espejo de Saskaia (Cuento)

La noche bruna y estrellada en que conocimos a Saskaia en las colinas altas de San Roque, fue como estar en medio de Las Armas Secretas y el vinilo negro de Julio desde París lloviendo, con la Maga y Rocamadour. Llegamos un lunes al Internado sin apuros ni imposiciones y fuimos a nuestros cuartos en un reconocimiento lleno de presagios. La casona parecía una antigua mansión señorial con pasillos y siluetas fantasmagóricas.
Me subyugó la altura de tres pisos completos, y la claraboya redonda que abarcaba la panorámica del bosque y las colinas adyacentes. Acerqué mi valija negra a la diminuta habitación y fui ordenando mis pertenencias dentro un closet estrechísimo. Vi una ventana con vidrios muy sucios y un tragaluz cerca del cielo raso por donde tenía yo que empinarme para llenar mis ojos con la inmensidad de un bosque interminable.
De tanto prepararnos para la cita con Dioclesiano y las Talantinas en las clases de Derecho Romano y de robarle por las mañanas las hallullas al socio de la cocina, caímos en la tentación de volvernos poderosos los sábados y domingos en el aposento de la entrada por donde nos visitaban las muchachas que llegaban a inaugurar la estación de nuestros primeros gogós en las fiestas de los sábados por la noche.
Saskaia llegó casi gritando, nos miró con sus ojos profundos y sin mediar palabras nos dijo que casi se sentía de nosotros y que en su casa tenía un gato con ojos de distintos colores mientras agitaba las manos y movía las caderas como si estuviera frente a un camarógrafo. Deambuló toda la tarde del día siguiente frente al patio de los retamos y se sentó con las piernas abiertas fumando un cigarrillo cada vez que cambiaba de lugar para hablarnos de sus mundos. Su padre era ruso y su madre una gitana de Zemplén, al este del Danubio. Ellos se habían acercado a América en los años 60 y casado en Valparaíso. Dos años más tarde nació Saskaia.
Nuestra amiga fue un verdadero puño cerrado a la hora del placer y un insecto volando en el nudo ciego de las seducciones. Llegaba por las tardes a vernos jugar fútbol en el gran escenario del estanque y se quedaba quieta, siempre riendo y mirándonos con prudencia. De pronto caía en silencios inescrutables, pero no pasaba mucho rato cuando regresaba a la risa y al grito gutural y espacioso. Saskaia nos provocaba sensaciones de inquietud y desasosiego cuando nos duchábamos en los viejos baños del segundo piso después de las pichangas, y la oíamos cerca con su risa argentada y sus imperceptibles taconeos, como queriendo entrar al baño a decirnos cualquier cosa. Toda ella era una piel sensitiva, de senos turgentes y boca codiciosa que nos hacía imaginarnos ardientes imágenes de adolescencia.
El miércoles, la escena del gigantesco salón alfombrado de la Escuela de Derecho donde Itallo Merello vociferaba el tema de las controversias privadas, se llenó de sueños y fantasías sicalípticas con la imagen de Saskaia. Yo la veía en la piscina subiendo lentamente la escalinata de cemento y alargándome una mano mientras tropezaba a propósito para que mis brazos apresaran su pequeño talle y cayera sobre mí en arrobada inclinación sobre el césped.
El negro Bley y Rabanales me contaron también sus sueños voluptuosos. Cada cual la veía bajo el acicate de su prisma personal y todos creían sentirse dueños de su piel. En medio de la plenitud de nuestras sigilosas erecciones, el creciente rumor de que nos amaba secretamente comenzó a fustigarnos y a debilitar nuestros preceptos. Nadie comentaba el juego subrepticio adonde nos había llevado, simplemente la muchacha estaba entre nosotros, merodeaba sinuosamente con su cuerpo menudo y entraba a nuestros mundos personales en una ingenua provocación de locas apetencias.
Cuando la veíamos llegar, nuestras miradas no cesaban de cruzarse y un ruido sordo de posesiones se hacía dueño del ambiente. Creo que en ese instante Saskaia era la dominadora. Fue así como todo comenzó.
La tarde del domingo sentimos como una epifanía. Los hermanos Lizana de Rosario y el copiapino Alex Villegas, que era el único que cantaba temas de Sinatra en inglés, llevaron las tres guitarras a las colinas de San Roque, donde las ventanas se abrían en las casas del frente para dejar que se asomaran las tímidas siluetas de las chicas que querían oírnos cantar. Sentíamos sus chillidos a lo lejos al atacar un estribillo, especialmente cuando mi propia Tizona amarillo marrón emergía potente por el aire llevándose hacia los cerros los arpegios de las canciones de moda. El quinteto sonoro en el que no faltaba el rancagüino Arancibia, se posesionaba del pequeño valle en la ladera y bajo el tórrido sol de la tarde emergían los acordes y gritos destemplados de Iracundos y Bric a Brac.
La fiesta de la música hacía que nos olvidáramos de todo y cuando concluíamos el asombroso rito del pastizal, es que había llegado la hora de volver al Internado y sentarnos frente a la mesa larga del comedor a tomarnos nuestras meriendas de café con leche y pan Monroy untado con generosos cuchillazos de una margarina blanca que llegaba de Cuba.
Saskaia no era la única que aparecía, también asomaban la Nenuca y la María Nieves, la Claudia y hasta la Rosie con las cinco hermanas Valencia de las colinas. Lo que recuerdo con nostalgia es la disposición ordenada de las casas de la pendiente, todas con balcones uniformes que mostraban ventanas individuales de muchas mujeres que eran las amas de los postigos con que las abrían, señalando de esa forma el vívido dibujo de martirios en una penumbra que sólo era posible revertir los domingos con los primeros acordes de las guitarras.
Mientras estaba ocurriendo eso, en la universidad respiraban los ecos de las acciones de las tomas y las consignas de la revolución, sintiendo cómo las fuerzas represivas crecían por las tardes mientras las radios nos acercaban a la Violeta mágica, al Jara sombrío ––que recordaba a la Amanda de la calle mojada, si no tengo de’onde saco–– y a los fraseos mustios de los Blop’s con tu silueta va caminando.
El conjunto se dejaba construir en torno a las consignas, creciendo en nosotros el entusiasmo por las filas cerradas, los debates partidistas en el pasillo del laberinto y los preparativos para aplicar las últimas técnicas de los encadenamientos a la puerta principal una vez que nos hubimos tomado primero el laberinto del tercer piso, mientras no dejaba de llover en plena avenida Brasil y se oían por todas partes las imprecaciones guturales de los que estaban en la calle. Con pasmoso sosiego y sin perder el control, el rector había abandonado ayer por la tarde su compuesto sillón de cuero verde en el escritorio de cristal para enfrentarse a la turba de los desalmados, que sumaban cinco días en huelga de hambre y decirles en su cara que no habría solución al pliego. Había mucho humo y barricadas debajo de las palmeras y las antorchas iluminaban la cara linda de Saskaia.
De Santiago me llegaban las cartas de Selman preguntando sobre el día de mi regreso. Iba los fines de semana y entraba triunfante a las arenas del Pedagógico a calmar la sed literaria con Víctor, Romano y Bate. Fue cuando estaba guardando un dinero recién llegado dentro de un sobre que tocaron a la puerta. Era Saskaia, entrando exaltada y corriendo a sentarse directamente a mi cama.
––¿Ya supiste? ––me preguntó con los ojos muy abiertos.––A todos se los llevaron. Llegaron los pacos y se los llevaron.
––Regresarán por la noche, los sueltan a esa hora. Y hasta seguro que los vendrán a dejar en la cuca.
Pero intuí que no venía a eso. Se acercó de pronto y me sentí atrapado por su boca, casi enredada en la mía, suave y caliente, despacio y resbalando, moviéndose sin preámbulos. Percibí sus manos recorriéndome, sus ojos cerrados, su cuerpo cayendo a la cama sin pensar en nada, compartiendo besos, arrastrándonos lentamente al paroxismo.
––Saskaia… ––me oí balbucearle, completamente agitado y ansioso.
Entreverados en las rutinas del Internado, Saskaia me venía a buscar para llevarme a los cerros y avanzar por los caminitos solos de las laderas del guayacán y el algarrobo. Ahí encontrábamos perros vagos y gente sola, ancianos y parejas que se tendían entre los quillayes a sentir pasar el tiempo. Saskaia me robaba la risa y la guardaba en su boca abierta, se la llevaba hasta los ojos y me miraba largo tiempo con mi propia risa clavada resbalando hacia la magia de la tarde. De pronto, ella misma se convertía en los primeros acordes de una explosión que comenzaba en San Roque y no terminaba jamás.
Pasó un año lleno de triunfos y descubrimientos, en que el aire derritió una niñez que desaparecía detrás de los algarrobos. Ibamos a las colas de los Beverly de la plaza Victoria y de los Monza de la avenida Brasil, corríamos riendo frente a los televisores que mostraban la cara seria del compañero Salvador, nos veían algunos en los recitales de los Jaivas en la playa uno norte con cuetes que le comprábamos al turco del puerto por mil escudos para aspirarlos calladitos frente a las olas que vienen en la arena oscura, les llevábamos las maquetas a los Aranda por las callejuelas empinadas, los arquitectos del cerro Placeres.
De repente era el Roland de las noches de los viernes, a veces nos quedábamos bailando solos en la pista sombría del Roland de los maricones, volvíamos a San Roque en las noches y hundidos en todas las puertas encendíamos la radio a pilas para escuchar que en tu pecho florecerán flores de amor.
Un día, cuando las cinco hermanas Valencia estaban con nosotros tomando el té en la gran mesa central del internado, una de ellas me preguntó:
––¿Y? ¿Cómo andas con Saskaia?
––Bien como siempre. Creo que la quiero.
––¿Estás seguro? ¿No será que a lo mejor es una ilusión pasajera?
Le quise explicar que no, que sólo nos unía una amistad alegre, que estábamos juntos siempre, que la había besado una vez, y que no era para creerse el cuento que todos hablaban sobre nosotros.
Y se lo dije. Pero ella no me creyó.
Supe en ese momento que en esta vida, detrás de todo lo que sucede, siempre hay una cosa distinta, siempre hay otra cosa.
Me encontré con un espejo gigante en el cielo raso de la casa oscura de Saskaia cuando me llevó por única vez esa noche de luna, una noche extrañísima, con una bruma baja que se había apoderado de las veredas y husmeaba entre los cuerpos de los transeúntes, reptando como un culebrón. No hubiera querido llegar adonde voy, pero la cara linda de Saskaia estaba iluminada con mi visita y parecía una estatua de carne junto a la mía.
Recorrí todos los detalles del fabuloso espejo. Era un rectángulo que conseguía perturbar, colocado en todo el contorno del cielo y la pared, en una casa de ciento cincuenta años, botada en medio de la espesura. No pude moverme cuando se acercó Saskaia y me regaló sus ojos. Sin embargo, había algo que me desconcertaba y quería saber qué era, sentía que todo balbuceaba a mi alrededor, que nada tenía sentido y que se perdían las proporciones.
No me gustaría olvidar este momento ni tampoco pasarlo por alto.
La verdad es que los cuerpos juntos sobre la cama de la mujer se reflejaban uniformemente sobre aquel espacio y permanecían ahí como estáticos. La luz comenzaba en cierto modo a tropezar con la superficie de nuestras caras, difundiéndose en miles de direcciones y era un juego de rayos y amalgamas, como si esos cuerpos quisieran pasar más allá de esa radiación luminosa que emergía del pulimento del espejo. La superficie reflectora era plana, igual que la extensión de un lago o el reflejo de las aguas despejadas. La reflexión llegaba vertical a través de la delgadísima capa de plata del luminoso. Por un instante me dediqué a mirarnos, y cuando yo me iba a acercar hasta Saskaia como jugando para duplicar las representaciones, en ese preciso instante creía advertir dos imágenes simultáneas, como una frase que se lee al revés, pero cuando colocamos un segundo espejo sobre ésta, la presencia de dos reflexiones simultáneas hace que se vuelva a leer claramente, aunque pertenezca, por decirlo así a una tercera dimensión.
Aquello perturbaba definitivamente el momento, pues la tercera dimensión no contaba para nada y entonces algo se salía de toda lógica proponiendo una especie de designio casi incoherente. Me estaba preguntando por todos los detalles y recovecos de las imágenes alternadas y la clarísima inversión de las multiplicaciones, cuando escuché el grito potente de Saskaia y la vi volando hacia lo alto, como succionada por los vitrales de plata.
En ese instante de confusión mis ojos apenas alcanzaron a captarla elevándose por los aires en una silueta imposible de concebir. Iba vestida de ángel con un rictus de amargura dominando todo el rostro. Se sentía ahí el aroma de piel caliente y flamígera entrando en el espejo y brillando como si fuera un haz de luz demoníaco.
Cuando la última parte de su cuerpo dejó de moverse y desapareció del todo, me di cuenta que ya no estaba conmigo, que se encontraba al otro lado, que había logrado transponer la barrera del espacio y quedarse en la otra dimensión. Traté de llamarla a gritos, me incorporé tanteando con las manos toda la superficie que ellas pudieron abarcar, febrilmente, en un acto inconsciente de recuperación. Me quedé en ese movimiento unos diez minutos, al cabo de los cuales opté por resignarme. Nada ni nadie estaba en la zona contigua y probablemente aunque permaneciera toda una vida en ese lugar, Saskaia no respondería ni aparecería. Entonces pensé que en esta vida siempre habrá algo distinto, siempre habrá otra cosa fuera de lo que se ve, algo que recordar, algo por qué preocuparse.
Fue cuando estaba a punto de retirarme que sentí esa voz desconcertante. La Nenuca había llegado hasta ahí y me miraba con ojos azorados. Su voz apenas perceptible emergía como una revelación.
––Supongo que te habrás arreglado con ella… Algo me decía que esto iba a suceder. Tú… ¿no lo sabías?
Esa luz penetrante del espejo comenzó a cambiar apenas perceptiblemente, en movimientos de avance y retroceso. Era absolutamente imposible, pero creí por un instante capturar el efluvio que emanaba de un cuerpo familiar, el olor de Saskaia, su piel envolvente, su emisión natural, la impronta peculiar de su aroma tan característico.
Otra vez estaba junto a ella, nuestros cuerpos juntos sobre la cama en un arrebatado conjunto de imágenes que iban y venían sobre el espejo. Pero Saskaia parecía estar y al mismo tiempo no estar, como si en verdad su presencia consistiera en constantes apariciones y desapariciones. De pronto se esfumaba pero otra vez regresaba y sentía sus manos tocarme, su respiración junto a la mía, su mirada temblorosa recorriéndome.
––Supongo que te habrás arreglado con ella…¿No lo sabías? ––repetía la Nenuca como en sueños.
Y yo me fui, perdido en la última nebulosa. Salí raudamente de ese sitio y permanecí mudo y silencioso. Al abrirse las compuertas de ese espejo que todo lo borraba, creí sentirla a Saskaia, alegremente cantando las mismas canciones de las colinas de San Roque, ensimismada en su tristeza, colmada de procacidad su boca temblorosa, rebosante de presagios el entorno de sus ojos.
Desperté a la mañana siguiente muy temprano. Estaba solo y congelado, como si la hubiera conocido realmente y ella existiera en realidad.
Y cuando finalmente comprobé que no estaba en esa imagen del espejo, me di cuenta recién que en verdad ella nunca había existido, que nunca la tuve, que jamás llegó al Pensionado, en ningún tiempo y de ninguna manera.

servido por OSCAR HAMLET 1 comentario compártelo

1 comentario · Escribe aquí tu comentario

ALEXIA

ALEXIA dijo

Tus espejos son bien nebulosos ah? Dime quien maneja esas palabras que se pierden y hacen perderse.

14 Abril 2006 | 04:17 AM

Escribe tu comentario


Sobre mí

Avatar de OSCAR HAMLET

MEMORIALISTA

COYHAIQUE, Chile
ver perfil »
contacto »
Aquí en mi ciudad natal, las sombras no existen. Sólo el espacio diáfano con olor a frutillas silvestres y un poco de fumarolas a las siete y media de la mañana. Coyhaique me recibe día a día desde que llegué al mundo en el segundo piso de una casa que aún existe y la diviso a veces con pena en la esquina de Freire y 12 de Octubre. De aquí salieron un día mis naves a buscar puertos seguros. Y me enamoré de las palabras, sagradas, emotivas, directas, llenas de poesías levantando viento o viéndose morir gracias a la inmediatez de que se valen para existir. Esos soplidos son verdes, como nuestras selvas que se montan sobre las camionetas y se convierten en humo que asciende por miles de techos. Coyhaique es siempre visitado por gente absorta y con ojos nebulosos que casi nunca hablan español. A ellos se los llevan a los ríos y a las selvas, los hacen aprender flyfishing, les llevan a gastar su dinero a centros nocturnos donde se toma mucha cerveza. Mi padre falleció hace 11 meses. Mi madre viene llegando a una casa nueva que arrendamos. Mis hijos son 4 y están desperdigados, sueltos por Chile, llenos de bríos, esperanzas, hijos y parejas que les aman. He escrito desde niño. En la universidad me descubrieron detrás de un cuento donde había manzanas rosadas. Era el laberinto de la UCV, de fines de los sesenta, cuando escuchábamos a los Jaivas y al Pirincho en la radio, todas las noches. Luego llegarían tiempos serios, como brújulas, todo marcando perfecto, con coordenadas que se entrometían entre mis versos y mis cuentos. Ahora estoy en Coyhaique y administro un Ciber café en pleno paseo Horn, donde trato de hablar inglés con los turistas para explicarles lo que somos. Escribo diariamente. Y viajan mis palabras a través de varios laberintos estrechos y también anchos. Mis palabras me pertenecen. Mis memorias son éstas. Acabo de ganar un premio en el Consejo del libro con mis 181 crónicas de la primera hornada. Para escribir hay que estar solo y vivo. Así estoy. ESCRIBE TUS COMENTARIOS. NOS HARAN BIEN A AMBOS. O mandame un email: dimelotou@gmail.com

Fotos

OSCAR HAMLET ALEUY ROJAS todavía no ha subido ninguna foto.

¡Anímale a hacerlo!

Buscar

suscríbete

Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):

¿Qué es esto?

Crea tu blog gratis en La Coctelera