Vicente Previtzke, el húngaro del Baker
Don Vicente andaba con una obsesión a cuestas cuando llegó a Cochrane: encontrar una salida al mar por las cordilleras del Neff. Según un aviso en el Mercurio de la época, se estaba ofreciendo una buena recompensa a quien diera con la anhelada ruta, llegara con un plano garabateado a Santiago y se hiciera del mérito de ser su descubridor. Pero para eso había que prepararse muy bien. Y eso fue lo que no hizo Vicente Previtske.
Lo vieron muchos de sus amigos y conocidos semanas antes de partir rumbo a las cordilleras. Lo divisaron perdido en sus cavilaciones, acaso sumido en recónditos planes y sueños inalcanzables. Iba a ir con pilchero en pleno mayo a subirse a la gloria del ser el primero en descubrir una salida al mar. Debía hacerlo, porque era su mundo, su propuesta, su autoestímulo personal. De otro modo no estaría año a año como lo había hecho, leyendo las páginas del Mercurio de Santiago, en busca de algo como esto.
Vicente Previtzke había caído en la confusión de sentirse depositario de aquel inmenso desafío y de mantener incólume su sentimiento de hegemonía e invencibilidad frente al desafío. Se jactaba de haber sido cuando joven un perfecto recorredor y descubridor de ríos y valles. Andaba buscando la gloria en medio del páramo del Baker. Muchas semanas se topó con el mismo aviso del Mercurio, donde pagaban una buena comisión a quien enviara informes fidedignos sobre un paso cordillerano confiable y seguro para comunicar ambos océanos a través de los nevados del Cochrane. A él le obsesionó la idea, porque era hombre solo y sin ataduras. No llevaba la carga de una familia o una relación tras él y se sentía libre como los pájaros.
Convencido de ser leal a sí mismo y lleno de esperanzas en escalar los peldaños de la gloria y ser reconocido públicamente, el húngaro del Baker disolvió sus horas apacibles y las transformó en batallas contra el tiempo, organizando paso a paso los detalles de su incursión a las montañas. Aunque era abril, no creía poder esperar tantos meses hasta la primavera o el verano, sino que se enfrascó en la obcecada fijación de que era ahora o nunca cuando partiría. Por eso sus amigos le veían ir febrilmente por los montes consiguiendo enseres y vituallas, abastecimientos y menestras.
El húngaro era muy querido en la antigua comunidad del Cochrane de 1930. Destacaba una extraña inserción a una comunidad agarrotada en planteamientos formales, con gentes poco adecuadas a los cambios que se noten. Y porque le gustaba sobresalir, enfatizó como pudo sus artes para construir excelentes embarcaciones, levantar casas eternas y fabricar buenos tientos para los inviernos. Los pobladores aplaudían su sobresalencia en dichos oficios, y no tenía competencia, pues sus trabajos eran prominentes. Tal vez ahí residía su postura existencial, rodeada de triunfos y actitudes victoriosas. Y acaso fuera ese el motivo que le hizo aventurarse al más osado de sus sueños.
Dicen que no habló con nadie ni miró a nadie cuando decidió participar en la propuesta que le vino del Mercurio. Supo que poquísimos serían sus contendores y creyó que la victoria se hallaba muy cerca, de ahí la algarabía personal que disfrutaba y los ágiles pasos y las energías que le llegaron de algún lado, cambiando sus esquemas de vida. Estaban nevadas las cordilleras del Neff. Y él lo sabía pero no podía echar pie atrás, y nunca antes se había amilanado ante ese inconveniente. Ahora, cuando sus sueños de altura y gloria estaban a punto de cumplirse, menos.
Aquella helada mañana de mayo, Vicente Previtzke emergió de su casa y acariciando a sus perros se dirigió a su caballo y sus pilcheros. Iba bien aperado, pero ya estaba avanzado el invierno del Neff y a Previtzke nada ni nadie le haría recular.
Nunca más le vieron por el Baker desde que su figura de gringo se fue perdiendo por las laderas de los cerros bajos, rumbo a las alturas. Los ladridos de sus perros fue lo último que escuchó la gente de las aldeas. Seguramente su cuerpo se precipitó a una grieta sin fin, o el hombre fue sorprendido por la violencia de una ventisca sin control. Tal vez le alcanzó una avalancha, o acaso su cuerpo no pudo soportar los fríos cordilleranos. Lo cierto es que el húngaro jamás se volvió a ver, nunca regresó a contar lo que le sucedió, y fueron inútiles las organizadas búsquedas que mantuvieron ocupados a los habitantes de Cochrane por esos días aciagos.
Hoy, el nombre de Vicente Previtzke, el húngaro del Baker, se encuentra inmortalizado en uno de los cerros que miran a Cochrane y la imagen de este extranjero parece haberse constituido en un símbolo de la tozudez patagona o de la ambición del hombre a quien la sociedad confiere coraje y agallas. El húngaro sigue estando allí desde siempre, como queriendo invitar a otros a cumplir la travesía incumplida y a dejarnos sentir a través de una presencia imaginada su voluntad férrea de sentirse como la gente nuestra, lleno de bríos patagones, subidos al último confín del mundo para ganar un premio que nunca recibieron.
