Para lograr develar las condiciones de veracidad de los asuntos acaecidos en la Isla de los Muertos de Caleta Tortel, creemos que lo primero que debería hacerse es estudiar las evidencias del asentamiento existente en aquel entonces y tal vez compararlo con otros asentamientos de similar jerarquía. Deberá ser esa la única forma de constatar en qué condiciones ocurrieron los acontecimientos de la Isla de los Muertos.
Un grupo de estudiosos acudió hace poco más de tres años a encontrarse con treinta y tres tumbas que permanecen prácticamente intactas en el lugar, siendo el resto seguramente tragadas por las alzas de las mareas de las corrientes oceánicas. Al abrir tan sólo una de ellas para constatar evidencias de muertos, sólo encontraron los deshechos polvorientos de un cuerpo ya carcomido por el tiempo y convertido en restos imposibles de verificar científicamente. Se entiende que para lograr encontrar explicaciones concretas sobre un cadáver deben tenerse a la mano demostraciones tangibles de osamentas, cabello, sangre o dentadura. Se explicó que había una muela del juicio presente. Pero aquello solo no basta. Se desechó entonces, aunque había sido autorizada, la inspección de las restantes treinta y dos tumbas.
Las siguientes teorías constituyen en su mayoría generosas reflexiones inventadas por lugareños y ancianos testigos a los cuales parecen haberles contado historias bastante atractivas. Se sabe por ejemplo que uno de los que investigó seriamente en su primera incursión por Tortel fue nuestro amigo Peter Hartmann, enfrentando el familiar testimonio de Reinaldo Sandoval, que estaba acompañado por Chodil y los hermanos Vargas. Alguna vez manejamos dicha grabación, donde aparecía en el soberado de una mediagua una maleta llena de papeles de la administración de Tortel en la época de la administración de las grandes estancias, maleta que desapareció misteriosamente en un incendio muy contemporáneo.
Aquel hombre le comunicó a Hartman lo que él pensaba que constituía la verdad llenándole la cabeza de ideas de asesinatos por parte de los mandamases, administradores, Bridges, Hobbes, Lancaster y algunos más, lo que en verdad no es efectivo. El anciano se refirió a los chilotes que morían de algo que le habían puesto a la harina, y que podría perfectamente ser arsénico o algo similar, con el propósito de cobrar los dineros del seguro o sencillamente no pagar los sueldos. Las historias se desenvuelven plenamente rotundas, con el espíritu de los muertos revolcándose en sus tumbas, ya que ellos solamente son los depositarios de la verdad. Se habló de escorbuto, ya que la descripción de Sandoval es la de hombres tristes, con los dientes soltándoseles. A propósito de seguros, recientemente fue encontrada en una antigua vivienda de la estancia Valle Chacabuco una maleta vieja cubierta de excremento de gansos, con hojas alfabéticas de seguros de los chilotes que antaño trabajaron al mando de los administradores ingleses.
No pudieron aquellos que fueron encomendados para la construcción de las tumbas, haber erigido cruces tan grandes ni colocarlas en la cabecera de los féretros sólo porque sí. Deberían haber tenido un motivo aquellas intenciones de preservar las tumbas y las cruces. Y en las fotografías que traen los turistas y visitantes se advierte aquella altura significativa. Nos preguntamos con extrañeza y verdadera curiosidad por qué los lugareños son capaces de elucubrar alrededor de este acontecimiento con una imaginación tan feraz y creativista, que a veces se suele pensar que toda la historia de Aysén está contada de mentiras. Fueron chilotes trabajadores que murieron en aquellos luctuosos acontecimientos, sin saberse a ciencia cierta a qué se debieron sus muertes.
Aquellas defunciones podrían haber sido de hambre, aunque en el lugar sobraba la comida, al igual que en el resto de la estancias ganaderas de la provincia. Se comentan otras versiones, que los peones fueron castigados, quitándoles las provisiones de alimentos y dejándolos a merced del mar y la selva, donde apenas pudieron encontrar mariscos en las orillas y nalcas en las profundidades. La imaginación popular en Aysén vive muy activa y los argumentos se desplazan rápidamente por muchos grupos de familias que luego multiplican la información y la hacen parecer cierta. He ahí el quid del asunto. Y pudiera parecer que la mayoría de las historias verídicas ocurridas en la Patagonia hayan sido adornadas ricamente por el poder de la tradición oral.
El caso de Isla de los Muertos parece ser, a todas luces el misterio más grande de la Patagonia y el motivo más apretado para mantener una conducta cautelosa respecto a lo que realmente sucedió ahí. Nosotros, como recuperadores de la memoria, continuaremos esperando que antropólogos y toda clase de estudiosos, incluso médicos forenses, permanezcan arrojando luces sobre este misterio que hasta ahora ha sido imposible de resolver.
Lo único que se puede seguir haciendo es escribir cuentos o poemas inspirados en estas realidades, algo que se ajusta a la legitimidad intrínseca de las imágenes que arrojan año a año los recuerdos de este suceso inolvidable.