Muchos casos de devoción pueblerina son conocidos en el ininteligible mundo de las creencias populares que enfrentan el silencioso mundo de Patagonia. El caso de la Difunta Correa es uno de los más conocidos por la carga significacional que conlleva, la que no resiste el embrujo que provoca en los grupos familiares.
Basta con observar nuestros caminos y carreteras para evaluar el alto grado de fervor y misticismo que provoca el animita de la difunta, en sitios muy especialmente atractivos que permanecen todo el año lleno de botellas repletas de agua pura y cristalina de los ríos y arroyos aledaños.
El suceso se remonta al siglo XIX en la región de San Juan, Argentina y dice relación con la presencia de dos jóvenes que se aman. Ella, Deolinda Correa y él un soldado que defendía la causa revolucionaria. En el transcurso del año 1835 un criollo de apellido Bustos fue reclutado en una leva para las montoneras de Facundo Quiroga y llevado por la fuerza a La Rioja. Su mujer, María Antonia Deolinda Correa, desesperada porque su esposo iba enfermo, tomó a su hijo y siguió las huellas de la montonera. Luego de mucho andar y cuando estaba al borde de sus fuerzas, sedienta y agotada, se dejó caer en la cima de un pequeño cerro. Unos arrieros que pasaron luego por la zona, al ver animales de carroña que revoloteaban se acercaron al cerro y encontraron a la madre muerta y al niño aún con vida, amamantándose de sus pechos. Recogieron al niño, y dieron sepultura a la madre en las proximidades del Cementerio Vallecito, en la cuesta de la sierra Pie de Palo. Al conocerse la historia, comenzó la peregrinación de lugareños hasta la tumba de la difunta Correa. Con el tiempo se levantó un oratorio en el que la gente acercaba ofrendas.
El milagro puede ser causa de comentarios, pero, más que eso, pronto se convierte en leyenda popular, dispersándose por toda Argentina y alcanzando los territorios colindantes de Bolivia, Perú y Chile, especialmente nuestra Patagonia, donde se la venera como si fuera un hecho local.
Los pechos de Deolinda Correa, fuente inagotable de vida después de la muerte, simbolizan la eternidad y una especie de protección divina ante lo nuevo que comienza en medio de la aridez de un desierto implacable. Los hechos relacionados con Deolinda Correa pueden ser considerados como ofrendas y símbolos de adoración al producir un milagro y una asombrosa movilización de masas. Otra de las versiones indica que Deolinda en el camino consumió las provisiones: el charqui y el patay, algunos higos y lo más grave, el agua. Agotó las reservas de tunas cuya carne jugosa engaña la sed mordiendo en vano raíces amargas y la misma tierra. Las fuerzas la abandonaron, traspuesta buena parte del camino, cuando el espejismo dibujaba en la superficie de la reseca arena las copas de las primeras arboledas de Caucete. Bajo el sol abrasador encontraron su cadáver. Protegía a su pequeño, prendido a sus últimos frescores: sus pechos, sus labios secos. Es la Difunta Correa, a quien la piedad popular ha levantado en Vallecito, lugar donde cayó (kilómetro 62 de la ruta de San Juan a Chepes) una capilla, donde se venera a la Virgen y por su intercesión piden millares de promesantes de San Juan y provincias vecinas, se honra a la madre que da su vida por los hijos.
En nuestra tierra de Aysén se la venera con la misma pasión que en las rutas del sur, y cientos son los transportistas que se detienen a dejarle botellas de agua, en un intento por aplacar esa sed que le oprimía el alma en sus instantes de agonía. Se trata claramente de una tradición sublimada y elevada al rango de un mito por la fe de un pueblo, y que tiene origen en las tormentosas jornadas de la guerra civil argentina. Sólo aquí en Coyhaique uno puede acercarse a percibir aquellas desoladas ofrendas, pequeñas casitas construidas para adorar el recuerdo de una mujer milagrosa que puede proteger a los viajeros en los recodos de sus rutas. Dentro y fuera de estas construcciones, sus adoradores ya reservan sitios para manifestar lingüísticamente su fervor, mediante lucidos agradecimientos cotidianos por los milagros concedidos. Estos amigos del camino ven en la imagen de Deolinda la simbología maternal personificada y es por eso que, además, siguen llevándole botellas de diferentes formas, colores, anchos golletes en señal de auxilio generoso más allá de la muerte. También se observan víveres, algunas prendas de vestir, velas para encender y las inscripciones que denotan la fe, hechas en carbón, con lápiz, o en placas de intenciones más osadas de bronce pulido: Gracias Difunta Correa, por favor concedido.

Me interesa mucho el tema, me gustaría si puedes ampliarlo aún mas!!!Gracias.