UNA LLAMADA PERDIDA (Cuento)
Gerard era pintor y ganaba buen dinero. Sus obras realzaban bruñidos trazos de sci fi arte, por las alturas de los módulos perfectos de un Mike Penn y los artificios de Sentinel, donde un enjambre de moscas gigantes yace en el piso de espejos mientras el protagonista, agarrado del pezón de su rubia chica, esgrime una M-16 y avanza entre la neblina… Esta clase de arte era el que hacía que Gerard no pasara apreturas y fuera feliz.
Sentado en su silla giratoria se conectaba a las cuatro y cuarto en punto, abría Corel y esperaba que el teclado le fuera diciendo la verdad sobre la belleza y el khrómatos, en un paroxismo que reventaba el aire y promovía en él latidos de felicidad.
Le propusieron para dos exposiciones y la gente ya lo había aclamado por su originalidad y el versátil trazo de oro que alguna vez aprendió de Rubina Laurenti. Se cuidaba como pocos y a cada instante le parecía volver a encontrarse con sus manos ocupadas en recorrer las pieles anhelantes de sus mujeres. Le llamaban a su móvil y tenía que multiplicarse para que todo saliera bien.
Le impactaban las influencias de Kieran Yanner y Anthony Moore y con ellos acudían sus arrebatos de jolgorio. Admiraba el Aris Thantos de Yanner en arte de digitofantasía con un cerebro de metal. Cuando entraba a Starship Troopers del mismo Moore, se arrellanaba en medio de las sombras de la muerte, viajando de pronto al terror de los ranúnculos en un bosque de miseria. Cierta vez creó Dawns, un artefacto lumínico de fantasiosa preciosidad, donde destacaba una imagen de mujer reventando sus turgentes pezones a la entrada de la moldura, mientras algunas manos invisibles sostenían la espada mágica del tormento en una especie de tórax redondeado por dos esferas perfectas y una claraboya violeta que venía emergiendo del océano.
Fue un día de viento, cuando revisaba cuadros digitales en el sitio del Epílogo, que el ring de su móvil comenzó a sonar. Esperó cinco.. siete..ocho segundos y se levantó para atender la llamada. Al ver la pantalla, se estremeció. Era su propio número. Extrañado como estaba, no se dio cuenta cuando su dedo suprimió el contacto. Después se quedó en completo silencio y no comentó el hecho con nadie. Creyó en cierto momento que alguien le había tomado la línea.
Las horas siguientes transcurrieron sin novedad. Todavía le acosaban los contemplativos colores de sus cuadros, la forma exacta que tenía para recorrer todos los detalles, fijar extrañas texturas, reafirmar los abismos de su locura. Una noche, en el paroxismo del placer junto a Karen, volvió a sonar el ring del celular y esta vez le pareció ofensivo.
––¡Mierda…justo ahora! ––maldijo al aire, jadeando y sudoroso. Y lo desconectó en seguida.
Pero no bien lo hubo hecho, el sonido tintineante rasgó otra vez el aire, proponiéndole sorpresivos zarpazos y sugerencias. Quería imaginarse lanzando lejos el celular, pero se contuvo. Digitó accept y esperó.
––Aló. Hola, quién llama.
––Hola. Soy tú mismo.
––¿Yo mismo? ¡Yo mismo!
––¿No crees en eso? Soy tú mismo hablando contigo. Yo y tú.
Quiso cortar, pero se sentía demasiado interesado en saber quien era el que llamaba. Así que continuó escuchando. Afuera estaba comenzando a llover.
––Es cuando piensas en ti. Siempre vas a escucharlo cuando pienses en ti.
Originalmente, en el transcurso de la transición evolutiva, debería haberse llamado de otro modo. Pero como estaba demasiado transido por el efecto alterador de la llamada, se quedó inerte, con un sudor frío recorriéndole la espalda. Era tan sólo un hombre de los mil y tantos millones. Un homo sapiens enfrentado al nuevo milenio.
Por la tarde llegó a su habitación y se sentó a la mesa a observar el avance de su nuevo pentominó. No dejaba de pensar en el ring. Y se dispuso a inventar una estrategia de espera para que la incertidumbre le dejara concentrarse en lo que estaba haciendo. Recordó la llamada. Era igual a la situación espacial del juego que lo ocupaba: un segmento PP' perpendicular a E y los puntos P y P' equidistantes del eje E. ¿Una coincidencia? Lo mismo que le sugería una voz perdida en el teléfono era lo que estaba ocurriendo ahora con el pentominó. El dominio de la simetría axial, con un resultado invariable. Pero no avanzaba mucho. Una llamada a sí mismo constituía el riesgo de la ubicuidad y la confusión permanente del ser único y diferenciado.
Se sentía distraído, ya que si pensaba en el contacto telefónico, volvería a escucharse marcando su propio número y quedándose con ese fatídico ring en los oídos.
Ahora le ganaba el juego, intuyendo el asombro de las relaciones y sus consecuencias: ese minimundo, que depende de la posición inicial del pentominó dentro del mismo, con cinco cuadrados y más de diez mil combinaciones. En la ominosa relación causal, nada quedaba establecido al azar. Aquellos referentes no querían irse de su mente, y constituían por sí mismos, piezas fundamentales de los movimientos rotatorios de su juego y también del otro juego, éste que había sugerido una simple llamada.
Midió los segundos. Y cuando estuvo seguro, se levantó, abandonando los rectángulos. Quiso salir de ahí y cruzar la calle para encerrarse en el pequeño Café del Mundo. Por si acaso, desconectó su móvil y lo guardó en el cajoncito de la mesa de luz. Luego, cerró y bajó las escaleras, tocándose insistentemente la piel del rostro y sonriendo.
Pensaba en Mike Penn y en la chica de los pechos turgentes. Se había olvidado de la exposición y de los aplausos. Fue cuando iba entrando al café que el encargado le avisó que tenía una llamada.
––Es de un tal Gerard ––dijo. Y le alargó un auricular grasoso y robusto.
Con el tiempo, la digitofantasía le hizo ganar muchos puestos de honor en el podium del arte. También avanzó siempre en recorrer con energía las posibles soluciones de la simetría axial que le iba proponiendo el pentominó todos los días. Sus mujeres comenzaron a abandonarlo. Se fue quedando solo, arrumbado como un mueble viejo en el desván. Pensó que sus posibilidades disminuían a medida que iba transcurriendo el tiempo.
Cuando llegó a viejo, sintió que le dolía la columna, sus dedos se pusieron rígidos y su mirada torva. Se volvió incomunicativo, torpe y huraño. Y es que comenzó a desaparecer sistemáticamente el mundo a su alrededor, a medida que iban sucediéndose las llamadas telefónicas. Algo le fue haciendo crecer a sí mismo dentro de un código infinito de sucesivos acercamientos. Pero al mismo tiempo una sombra indefinida le fue asesinando en forma sistemática.
El mismo viento, la misma lluvia, sus cuadros amarillentos y abandonados, el pentominó lleno de polvo y tiempo, el Café del Mundo allá abajo, lejano e inalcanzable.
Cuando una ambulancia se estacionó en la calle frente a su departamento, Gerard no estaba bien. Lo sacaron en camilla y lo conectaron de urgencia a un respirador. Estaban con él en la sala de cuidados intensivos, cuando su pulso se detuvo, justo en el momento en que alguien lo llamaba y una enfermera contestaba, casi gritando.
––¡¡Gerard!! ¿Es usted?

harati dijo
Muy bien logrado el encuentro final con lo que a él más le gustaba. Te mandaré un cuento parecido que tengo.
6 Abril 2006 | 04:29 PM