FRANCISCA ROMANA Y SUS SOMBRAS (Cuento)
Cuando nació, Francisca Romana comenzó a crecer tan rápido, que a las tres semanas representaba la edad de una niña de dos años. Era retraída y solitaria cuando asistió al colegio, y siempre se dirigía al fondo del patio durante los recreos, y se quedaba ahí, ensimismada y silenciosa. No tenía amigas, prefería las soledades intensas del aburrimiento y no deseaba para nada asistir a las ceremonias convencionales del diálogo con sus pares.
––Prefiero no aprender tonterías ––se iba repitiendo, a medida que las profesoras le hablaban, o cuando sus amigas trataban de ofrecerle un tiempo de conversación. Al fin y al cabo, ella nunca quiso modular palabra alguna con nadie que no sea de su familia, y se fue quedando sola a medida que transcurría el tiempo. No le gustaba compartir.
En casa, sus cariñosos padres la llenaban de preguntas que ella siempre respondía con una sonrisa complaciente.
––Todo bien, mamá. Esta tarde hubo mucha algarabía cuando llegó al patio un payaso a hacernos reir con bromas y chistes. Aplaudimos bastante y nos causó mucha alegría.
Pero eso era una mentira, una invención de la niña, porque cuando se había conmocionado el colegio con los payasos, ella había corrido a encerrarse en la sala de clases donde permanecían yertos y estáticos los cuadernos, las poleras y los guantes de sus compañeras.
––Qué extraño es esto ––pensó, mientras miraba cómo todos le seguían el cuento a los payasos, aplaudiendo a rabiar y chillando como si aquello fuera lo más hermoso del mundo.
––Qué estupidez ––dijo.
Eran las cuatro de la tarde cuando escuchó el timbre de término de jornada. Salió como una exhalación y se perdió por el sendero del colegio rumbo a las colinas del norte. Sentía querer más que nunca llegar pronto a la casa, mucho más ahora que una finísima lluvia se había dejado caer, lo que significaba que mamá haría suspiros de monja y leche asada con trocitos de plátano.
Cuando llegó, la esperaba su madre en la puerta. Había cruzado los brazos y sus ojos estaban perturbados y llorosos.
––Francisca, encontré algo muy raro en tu pieza. La alfombra llena de hojas, tu cama deshecha y dos vidrios quebrados.
––¿Cómo? Pero si yo hago todos los días mi cama antes de irme al colegio. Y es más. Hoy barrí la alfombra con la aspiradora….¿Hojas…? ¿Por qué hojas?
––Hojas verdes del follaje del abeto.––La madre la miraba con alarmante duda, como si desconfiara de sus palabras.
––Hija dime… has estado todo el día en el colegio?
––Sí. Todo el día.
––Entonces… ¿Por qué me llamaste antes de que sonara la sirena de las doce? Y por qué estabas en tu pieza a esa hora?
––¿De dónde sacaste eso?
–– Estabas en tu pieza. Yo te vi.
––¿Cómo? ––preguntó asustada Francisca Romana.
––Sí. Me dijiste que ibas a barrer la alfombra. Era tu voz que venía de tu habitación. Yo te respondí que estaba bien que lo hicieras, incluso nos reímos, y cerraste la puerta. Luego encendiste la aspiradora y el ruido de la máquina duró aproximadamente diez minutos. Después bajaste. Y te sentaste a almorzar con nosotros.
––Qué dices mami… yo a esa hora estaba en el colegio. Tenía mi clase de Algebra con la señorita Felicia.
Todo era extraño y vertiginoso para la madre de Francisca Romana. Por la noche, luego de darle el beso de buenas noches a su hija, le pidió que se fuera a la habitación destinada a las visitas y luego se reunió a comentar el hecho con su esposo.
––Pero… si ella dice que estaba en el colegio a las doce.. ¿Entonces quién estaba arriba?
––Te repito, Benjamín, era ella. Yo hablé con mi hija a esa hora. Y con ninguna otra persona más que ella.
Al día siguiente ambos convinieron que lo sucedido era a todas luces algo inusual. Llamarían a la policía y les contarían todo. Era ridículo pensar en desconfiar de una hija tan dulce y acatadora. No podía ser posible que Francisca Romana estuviese mintiendo. Había que investigar.
Algo patético ensombrecía el aire de la habitación cuando llegaron los detectives, haciendo toda clase de preguntas. No se encontraron huellas, ninguna evidencia lógica, ni restos de cabello, ni marcas o sangre. Todo estaba bien en aquel cuarto, salvo por el desorden, las hojas en la alfombra y dos vidrios rotos que hacían que se filtrara el viento frío del bosque.
Lo que nadie sabía es que Francisca Romana había comenzado a desdoblarse, y eso significaba que podía estar en varias partes al mismo tiempo sin que los que estaban con ella se dieran cuenta. Permaneciendo así, podía ser un poco más feliz de lo que era. Su doble personalidad se desarrollaba sobre dos, tres y hasta cuatro presencias simultáneas en cualquier sitio. Por ejemplo, era muy probable que estuviese en el colegio a las doce, pero al mismo tiempo se encontrara subiéndose al bote de su tío en el muelle o del brazo de su mamá hurgando las vitrinas del centro.
Esta insólita forma de duplicidad no era breve. La niña podía estar en tres o cuatro sitios al mismo tiempo y por un largo transcurso de horas.
Fue así que pronto, a medida que el tiempo iba transcurriendo las personas que le rodeaban comenzaron a experimentar la extrañeza de saber que un mismo ser con el cual compartían una hora del día, también se encontraba con una amiga en el mismo instante de estar con ellas. Los comentarios alcanzaron tal magnitud que pronto Francisca Romana comenzó a ser observada e inquirida por gran parte de la vecindad.
Incluso en el colegio, sus profesoras y compañeras la espiaban con cierto recelo. Y a medida que pasaba el tiempo, no sólo se la criticó por su personalidad huraña y silenciosa de siempre, sino que a ello se agregó también esa conducta casi absurda e irracional de estar en tres sitios consecutivos y simultáneos.
Francisca Romana no se daba cuenta de ello hasta que alguien le contaba la verdad. Entonces, azorada, se llevaba ambas manos a la cabeza y comenzaba a dar explicaciones con evidentes señales de perturbación.
––Pero…si a esa hora yo estaba en el colegio…
Sus padres se resignaron, al no poder responderse los significados de aquella personalidad inesperada. En más de algún momento se les vio llorando, abrazados e incrédulos.
Pasó el tiempo y pronto el amor llegó a la vida de Francisca Romana. Extrañamente, ella lo recibió con indisimulada felicidad. Se llamaba Ariel y había nacido el mismo día que ella y a una cuadra de distancia.
Francisca Romana había alterado la vida del poblado. Se creía que era bruja o hechicera y que tal vez un maleficio podrían recibir si no se llevaban bien con ella. Su personalidad ya no presentaba la conducta huraña y inquisidora de soledades. Al contrario, le costaba deshacerse de las muchas amistades que había cultivado, y poseía un encanto peculiar que atraía las miradas de todos.
Era curioso saber que había estado en el desfile del cuerpo de socorro a la misma hora de estar conversando por teléfono con Ana María desde su dormitorio y de estar asistiendo a un bautizo a doce kilómetros de distancia.
Pero ella no quería preguntarse por qué ocurría todo aquello. Y era para no perturbar el encanto que su cerebro le iba proponiendo. Disfrutaba en silencio todos los detalles de sus cotidianidades, y los iba atesorando en torno a su cautivante conducta. Le gustaba que le dijeran:
––Pero no puede ser que hayas estado allá si a la misma hora estabas conmigo.
Un día la llamaron de casa de Ariel que estaba enfermo y quería verla. Acudió casi de inmediato, pues amaba a aquel hombre. Al llegar, lo besó en la boca y sintió algo extraño y perturbador. Le preguntó:
––¿Qué tienes en los labios? Me parecen diferentes.
––Pero… si son mis labios… los mismos de siempre.
––Olvídalo. Mejor salgamos al patio a ver la puesta de sol. Ven acompáñame.
Ariel estaba convaleciendo de una bronquitis mal cuidada, luego de regresar de casa de Francisca Romana una noche de lluvia helada y con ventisca. Ella sabía que estar con él viendo el horizonte, era delicioso. Le agradaba estar a su lado.
Dos meses después se habían casado. Partieron a vivir a una casa de madera de roble, cerca de los abetos de las colinas. Día a día el amor entre ellos se convertía en algo indefinible y vigoroso, que iba creciendo en medio de las tardes de lluvia.
Sin embargo, Francisca Romana no sólo quería estar con Ariel.
Varios hombres tenían la particularidad de acompañarla por los más intrincados laberintos de placer. Podía estar simultáneamente con uno y con otro, y confundir labios, pieles, aromas, caricias… Aún así, se las arreglaba para brindarle a cada uno la misma insólita cuota de efusión, simplemente disfrutando de su extraño desdoblamiento. Simultáneamente se sentía haciendo el amor con Ariel, Carlos Alberto y Edgard. O pasando la noche en casa de uno u otro, para después al día siguiente, comenzar el mismo eterno laberinto de inquietos cuestionamientos que le hacían dudar de todo.
A medida que pasaban los años, Francisca Romana comenzó a perder confianza en sí misma. Pensaba que en algún momento descubrirían su inclinación a estar con más de un hombre al mismo tiempo. Por eso, se cuidaba mucho de elegir a seres distantes, de otras ciudades, donde fuera imposible pensar que podían un día juntarse a conversar sobre ella y sea entonces revelado el secreto de su simultaneidad.
Aquella estrategia conservaba un éxito sostenido. Nunca jamás le sucedió nada que la hiciera perder el control, o que se encontraran las coordenadas de dos o tres personas en un mismo punto de convergencia. Hubiera sido su perdición. Se la veía radiante, comunicativa y sensible. A la larga, siempre salió triunfadora de todos sus encuentros y jamás se dieron cuenta de su desdoblamiento.
Cuando empezaron a nacer sus hijos, nunca supo quién era el padre. Sólo dejó que el contrato matrimonial y el hecho de estar casada con Ariel transformaran todo en un caso consumado. Nadie podría sospechar de nada. Sus padres ya habían fallecido. La casa natal había sido demolida. Los recuerdos de su simultaneidad prácticamente no influían para nada en sus actos.
De pronto se sintió vieja y acabada. Había cumplido los setenta y dos años y enfermó de gravedad. Su vida se iba escapando rápidamente, con la misma velocidad que le vieron al nacer sus vecinos y sus padres.
El día que falleció, estaba Ariel con ella, viejo y extrañamente vital.
Él supo después de su muerte que también había fallecido en la residencia de Ana María, donde estaba a esa hora. Además, la vieron morir en una casa de reposo cercana al Museo de la Curva, en el Club Eternidad de la Fontana, en la vieja capilla de la calle Moravia y en otras comarcas extrañamente lejanas desde las que hombres desconocidos y llorosos lo llamaron por teléfono para darle la mala noticia.

Parsifal dijo
si es un cuento, prefiero no comentar.
27 Marzo 2006 | 04:59 AM