Tía Florencia bordaba un corazón (Cuento)
Veníamos en auto por la autopista de Villa Estefanía y comenzábamos a apoderarnos del final de la curva, cuando lo vimos acercarse zigzagueando por el camino y con un golpe de primer mierderío y espanto darle de lleno al parabrisas que se hizo añicos como si fuera una pelota reventada, rompiendo en mil pedazos la cara linda de Fernanda y el vigoroso talle lleno de orgullo del magíster en Poesía Melancólica Jaime Monsálvez de la Robbia.
El impacto nos produjo un sordo adormecimiento, como si quisiéramos hacer lo que queríamos y no nos hubiera alcanzado el tiempo.
Soñábamos en medio del ardid de esa maraña gobernada por los roces de tantísimos vehículos avanzando por el mismo camino que ahora estaba rociado de sangre que goteaba desde los rostros y los cuerpos. Ibamos a llegar en algún momento ––habíamos pensado todos––, pero no llegamos nunca.
Ahora que lo pienso, no teníamos por qué irnos como nos fuimos. Hubo que desabollar latas, palanquear vigorosos trozos metálicos y martillar hasta el sudor para que nos saquen. Ahí estábamos, inconclusos e irrefrenables, sintiendo los llantos y gritos de la gente que nos rodeaba.
Nada había sido pensado de esa manera. Cuando encontraron una de mis manos muertas cerca de un neumático, recién tuve la noción de lo que era no estar donde debía. El sol nos dio esa sombra larga de los días oscuros y había un ruido de viento por doquier, como una manada de libros abriéndose.
Desde una distancia imperceptible escuchamos voces y abrimos ventanas. Había manos tratando de alcanzarnos, incluso una que llevaba algunos trozos de manzana a medio mordisquear y que era la que más temblaba para tocarnos. Diríase que trataba de decirnos en lenguaje incendiado lo bueno que era estar en otra parte, esa región trasera, oscura y silente del ser.
La situación era confusa, porque avanzábamos hacia algún lado y no sabíamos aún por qué. No había follajes ni alambradas, tampoco trompos multicolores, bolitas de cristal o copos de nieve de junio. Sólo esas puertas que se abrían y cerraban en una vorágine de ritmos sordos y goznes dolorosos.
Un enjambre de abejas avanzó hasta rozarnos con sus alas de polen. Era un roce distinto a las alas del bosque, otro verano, sinuosos preparativos para el mediodía con arroyos bruñidos y simulacros de felicidad.
No pudimos llegar a viejos. Noche a noche nos habíamos sentado a recorrer en silencio nuestros días siguientes para pensar tal vez en nietos, aguantar sin tregua la carga de los jardines húmedos, divagar encerrados en las mansardas…leyendo hasta quedarnos dormidos. Casi no había tiempo para reir. Abríamos de par en par nuestras palabras y no cesábamos de pintarnos el afecto con ojos entornados y una mano abierta palpándonos.
Enzo llevaba puesto el suéter rojo que le había regalado la abuela. Lo dejó junto a mis guantes en el asiento trasero. No tenía por qué pensar en mí cuando dijo “tengo miedo” y se sintió atado al presentimiento de que ya no estaríamos nunca más juntos. Me miró muchas veces por la tarde tratando de dominar la boa impensada de una fulgurante debilidad, poniendo su mano tibia entre mis piernas para decirme bromas casi en silencio sobre esa muerte que nos iba llevando.
Creo que no debimos escoger este momento para irnos. Nuestros hijos en casa nos estaban esperando como siempre, y cuando tocaron la puerta y abrieron, dos hombres altos y serios les dijeron simplemente que en la carretera a Villa Estefanía había ocurrido un accidente.
Ahora estamos dejando atrás la villa y pronto llegaremos al camino de tierra. Acaban de pasar vertiginosos los raulíes de los Wilson, la casaquinta de la señora Enolfa y el cerco redondo de la familia Avilez. Nos saludaron al pasar, levantando altas las manos mientras el Pinscher Miniatura corría como una exhalación gruñendo y ladrando entre los setos. Recién salimos, fijaté, y ya comienzo a sentirme mejor. Arréglate ese doblez de puño.
Nos sentamos juntos, no frente a frente como en la cena con los ingenieros, queríamos escucharnos, reirnos, y no mirarnos. Había ricotta de San Clemente y un fondo de Caruso derramado en el aire. Aceptamos un buen habano después del postre del carrito. El vino lo traían de las viñas del norte, cerca de la curva de los almendros y las servilletas eran herencia fundamental de la tía Florencia, junto a los candelabros de bronce de nueve brazos con pátina oxidada que le caían muy bien al entorno de la estancia junto a la platería fina de Bruselas. Cómo nos queríamos, Enzo, aquella noche. Y qué bien nos hizo cuando al día siguiente nos acordamos que mañana iríamos en auto a Villa Estefanía.
En las paredes respiraban los óleos de notables pintores con el tinte bruñido de la aristocracia en cada detalle. Llegamos temprano, más de lo esperado y estuvimos ahí, apretando manos, abrazando de mentira y no mirando a los ojos, hundidos acaso en el privilegio de pertenecer a la clase de gente que éramos. Nos encontramos con el abuelo y sus estampillas, con el portón del granero viejo, con el balcón lleno de enredaderas avanzando por los ladrillos mojados.
Tía Florencia estaba bordando un corazón sentada a su mesa de luz, en la pieza de las costuras. Era un corazón que saltaba en el aire de las cosas y trasponía barreras. Era frágil pero tenso. Con el tiempo, tía Florencia se había acostumbrado a bordar y las sonrisas regresaron a su cara arrugada. Ese corazón que ahora armaba era ovalado y estaba recorrido por hilos de organdí con pequeñas filigranas plateadas y lunas doradas. Era especial y misterioso, traspasaba a uno los vivires de permanencia en que las manos ancianas se desplazaban por los hilos y las agujas de diversos tamaños y grosores. En ellos creíamos nosotros, en mantener de nuevo esas primeras visiones del comienzo, cuando nos encantaba encaramarnos en los abetos del patio. Vimos de nuevo el corazón avanzando entre los dedos de la abuela, lo quisimos como si lo hubiéramos hecho nosotros, lo mantuvimos como un tesoro enredándose en el tiempo, lo palpamos en la vigorosa filigrana de sus hilos envejecidos.
Era un corazón granate revestido de grandeza, manchado en breves espacios de púrpura y violeta y que mucho tiempo después siempre anduvo por ahí entre los claroscuros de los pasillos y el comedor lleno de espejos y retratos de la enorme mansión señorial.
Por eso, el corazón bordado de la abuela era tan nuestro y tan lejano a la vez… El invierno demasiado frío hacía que acudieran presurosos pajarillos. La vejez iba llegando lenta como erosión de rocas. El norte y el sur casi no existían.
A ti no te importó a pesar de sentirte tan solo y tan único. Ahora que caminamos juntos en esto que es tan nuevo para ambos, quiero decirte que me hubiera gustado tenerte siempre así, mirando los abetos y la luna, todo junto en un verso largo de vorágines que arden.
Me gustaba recordar cuando entramos por el centro de la iglesia, mientras resonaban los últimos acordes del órgano en el altar y a ti se te caía la argolla y rodaba por debajo de los asientos.
Una mañana al despertar, las veredas ya no eran las mismas y el sentido de las proporciones cambió. Todo alrededor crecía, las vitrinas atiborradas de ropajes y las alacenas del almacén, el campanario de la iglesia y las puertas de la escuela. Algo no calzaba como antes porque habíamos vuelto a ser lo que habíamos sido, lo mismo nuestro perro, nuestros hijos que ya no estaban, papá y mamá que volvían a trotar y a enderezarse.
Mientras la calle se desarmaba al paso del tiempo, partían resquebrajadas las baldosas y el adoquín crecía glorioso en torno a los pasos del avance, siendo reemplazado el cemento negro. Algunos autos transitaron no tan raudos y en el silencio de las tardes de lluvia creí escuchar en lontananza los rudos contactos de las ruedas de un tranvía…
Hoy cuando salimos al recreo de las diez, tuve que volver a la sala a buscar mi cajita de los bordados. Y la encontré a ella, a la profesora de artes, sentada en una silla, cerrada su cartera gris y en sus manos una revista que mostraba a una mujer con los ojos muy abiertos y que llevaba ropa elegante y unos zapatos con tacones altos y gruesos que brillaban en el papel. Leí “Ecran” en la portada y recordé mi infancia con mamá yendo a buscarla al correo todos los viernes. La señorita me miró con bondad y sigilo, como si me conociera.
––¿Vienes a buscar esto? ––dijo misteriosa. Y me alargó con su mano delgada la cajita amarilla de los bordados.
Al paso silencioso de los tílburis nos vinieron a encontrar el domingo las amigas. Escuchamos a lo lejos el timbre nostálgico del organillero. Yo decía palabras terribles cuando iba a la misa de once y el padrecito me preguntaba cosas y entonces apretaba las rodillas y me revolvía frente a la ventilla llena de agujeritos del confesionario.
Cuántas veces tuve que salirme rápido de ahí para buscar el aire de los plantíos del jardín, donde cada paso que daba era blanco y fastuoso, cada pensamiento que dirigía lo iba gobernando mi corazón inundado de tristezas. Ya había cumplido los quince años y me parecía que todo era tan bello en la insignificante lasitud de los ocasos, con mamá y papá sorbiendo refrescos helados y yo saltando y corriendo con Leticia en mis brazos para encontrarme cerca de ahí con el terso color musgo de las entradas del bosque.
Cuando tía Florencia murió, su rostro quedó triste para siempre. Alcanzó a mirarme y a extenderme su mano blanca y huesuda donde estaba el corazón granate completamente terminado. Lo miré largo rato, acariciando su textura suave de organdí. Lo amé profundamente con no disimulada dicha. Porque era el primer regalo y el último de tía Florencia.
Después lo seguí palpando cuando iba a misa los domingos, cuando no podía responder una pregunta en clases de aritmética o simplemente cuando me subía corriendo al tranvía de las cuatro y regresaba a mi ensueño del bosque, a las mansardas donde habitaban los heliotropos.
Una tarde ––todavía lo recuerdo––, me encontraba sola en la pieza de los bordados. Mamá me había pedido que fuera a buscar tres dedales que tía Florencia guardaba en un baúl de madera de nogal. Sin proponérmelo siquiera comencé a musitar en silencio el nombre de la tía, imaginándola todavía en bata y pantuflas, recorriendo sus espacios sagrados.
––Tía…tía querida…
Había un silencio sepulcral que cubría con pesadez la calma del recinto. Mientras cogía la inmensa llave de hierro con sus dentados y un agujero en la punta, me pareció estar protagonizando los mismos cuentos que tía Florencia me había leído cuando tenía cuatro años. La misma llave, el mismo baúl misterioso, la misma oscuridad, el mismo olor a heliotropos en medio de un lugar frío y solitario.
––Tía Florencia…no deberías haberte ido tía querida.
Mis palabras habían crecido como el avance del momento y casi yo misma las había pronunciado más fuerte, acaso en un intento de borrar tanto pesado silencio que invadía la pieza de costuras.
Fue cuando comenzaba a abrirse la tapa del baúl que el corazón bordado que llevaba en el bolsillo resbaló y cayó adentro. Como movida por un resorte, me precipité al interior agachada como estaba, blandiendo y revolviendo ambos brazos que tropezaron con misales, rosarios, revistas y bolitas de naftalina. El corazón había caído al fondo, casi en el vértice, junto a una flor seca y a un tintero vacío. Lo tomé victoriosa entre los dedos y sentí que no lo había perdido como lo imaginaba.
Fue entonces que la escuché, temblando en el aire, viniendo de lejos. Era una voz lánguida y quejumbrosa que salía del fondo del baúl. Era ella sin duda, tía Florencia, que musitaba como llorando, y que trataba de decirme algo, acercarse a mí para responderme y volver a estar juntas como siempre habíamos estado.
Sentí un terror indescriptible y una gigantesca soledad que me hizo abrir desmesuradamente los ojos. Sin cerrar, cogí el corazón bordado y salí gritando despavorida. Mamá subió a mi encuentro y me tomó entre sus brazos. Luego perdí el conocimiento.
Es ahora que veo pasar sombras junto a mí, gente inmensa y ancha que avanza y me toma, instalándome entre sábanas y cobertores. Siento aromas fuertes de perfumes y esencias de lavandas. Las enfermeras visten delantales verdes y hay muchos sitios iguales al que ahora ocupo. Mi cuerpecito se mueve sin control, llevo mis piernas hacia arriba y también mis brazos erráticos, diminutos, me corre saliva por el labio y resbala, resbala hacia la sábana. Otra vez me toman, dos manos suaves me toman y siento que me cubren y me esconden en un regazo caliente, me mueven velozmente, las cosas pasan vertiginosas, suceden ruidos espantosos afuera y acontecen escenas oscuras y difusas que me llevan a otro lado. Hay luces que me hieren los ojos, sonidos envolventes que me aturden y ahora estoy resbalando hacia un profundo lugar caliente y oscuro y voy penetrando, voy volviendo, regresando, tomando impulso, entrando, todo es viscoso, hay mucha oscuridad, vuelos de abejas, chirridos, puertas que se cierran y se vuelven a abrir..
Muchas manos tratan de alcanzarme, incluso hay una que tiembla a mi lado y que lleva una manzana a medio mordisquear. He llegado en un viaje sombrío y tenebroso. Estoy segura que he llegado. Sé que este es el camino a Villa Estefanía.
En mi mano derecha empuñada sostengo todavía el corazón de organdí que tía Florencia me regaló antes de morir.

Andrés Balboa dijo
No entendí mucho, pero hay resabios de mucho caos. Creo que el tiempo vuelve atrás, y todo anda al revés en el desplome.
30 Marzo 2006 | 02:28 AM