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La Coctelera

MEMORIALISTA

Las cosas tenían que suceder de ese modo

5 Marzo 2006

HANNA ESTÁ LLORANDO (Cuento)

Comencé a tener el sueño casi sin quererlo, y se me fue repitiendo día a día. Estuve doce años soñando noche a noche lo mismo, hasta que casi se dio esa especie de sensación de querer vivirlo en realidad.
Primero era un estremecimiento mudo, de encontrarme como adosado a la puerta de una inmensa casa de ladrillos, adonde yo llegaba siguiendo un mandato casi mágico, un llamado de silencio por el tiempo de mis antepasados. Cuando mis manos golpeaban débilmente a la puerta y ésta se abría sola, yo veía un gran vestíbulo con cinco puertas y un gran ventanal al fondo a través del cual se insinuaban árboles sin hojas y un enorme gato que me miraba quieto y hostil con su cola recogida sobre el piso.
Casi instantáneamente se me venía encima la figura de un gran cuadro colgado en la pared que mostraba el rostro de alguien que lloraba, hundida su cara entre las manos. Era en el momento en que me hacía a un lado para no sentir la tristeza que evocaba esa figura sombría, cuando perdía el equilibrio y comenzaba a caer vertiginosamente hacia un vacío profundo que me llevaba a percibir como en sordina una voz lejana que trataba de decirme algo que no entendía. Siempre que el sueño se me repitió, traté de traducir esa voz que era como gutural y convulsa, y que me levantaba enteramente de mi vuelo abismal, como señalándome el rumbo, como si el grito fuera una advertencia.
Aquella tarde estaba nevando y luego de enfrascarme en asuntos de auspicios, entré a mi cuarto y me dispuse a ordenar archivos de fotos que se mezclaban caóticamente con los de las grabaciones, llegando incluso a reunírseles unas cuantas guías de despacho y hasta las cartas que provenían de pobladores cercanos. Aquella confusión de documentos me iba abatiendo, y la desorganización había llegado al límite. De pronto el silencio fue interrumpido por una llamada telefónica. Descolgué rápido y contesté. La voz no era conocida.
––Vengo llegando de Bruselas, ––dijo.–– Y necesito verlo. Pero ahora mismo.
––Pero...¿quién es usted?
––Confíe en mí, por favor. Lo sabrá cuando le vaya a ver.
Una hora más tarde me enfrenté a la sombra de la casa, en el patio posterior, con un hombre de mediana edad, cabello cano y bien vestido, que llevaba un abrigo colgado del brazo y un maletín de cuero fino en la mano derecha. Debía estar cansado, pues se llevaba seguido los dedos a los ojos.
––Verá usted ––me dijo.–– Mi hija Hanna se suicidó el jueves y vengo a decirle algo.
––Lo siento ––dije, como un cumplido.
––Gracias. La verdad es que quise venir lo más rápidamente posible pues se trata de su última voluntad.
––Usted dirá. ¿Conocía yo a su hija?
––Ella le conocía a usted. Mi nombre tal vez no le diga nada. Me llamo Roberto Sacomani.
––¿Hanna Sacomani? ––pregunté estremecido, como recordando.
––Sí.
––¿Por qué me busca? ––dije, inquieto.
––Ella antes de morir escribió en un papel que debía serle entregado a usted esto.
Sacomani me alargó un paquete mediano que contenía una caja de duros orillos, como si estuviera confeccionado con cartones o maderas terciadas. Lo sostuve un instante entre mis manos, y traté de memorizar algo respecto a Hanna. No la recordaba claramente, pero sí la tenía en mi mente, aunque no había sabido más de ella desde la universidad. ¿Acaso había algo que me hubiera atado a ella? Diría que nada, salvo un pasado olvidándose y algunas escenas en común.
––Es todo ––exclamó el visitante. Quise venir a entregárselo y aprovechar de conocerlo. Hanna me hablaba siempre de usted como si le frecuentara desde siempre.
––¿De mí? Casi no la recordaba, pero ya tengo algunas imágenes ––dije, tratando de no herir su susceptibilidad. Aunque hay algo suyo en mi memoria. Algo lejano, indefinible. Dígame... ¿qué le decía Hanna de mí?
––Hablaba de un viaje. De un grupo de gente. De mucha gente huyendo en medio de la ciudad.
––¿Un viaje? ¿Una huida? ––inquirí extrañado. Y creí tener algunos detalles suyos más nítidos, verla de pronto, recordar esa sonrisa que tenía cuando nos juntábamos a charlar en la casa de dos pisos donde ella vivía, cerca de la universidad.
Sacomani hizo que le invitara a un café. Inexplicablemente tenía yo clavada aquella sensación de vigilancia, y puse una barrera instintiva entre aquel hombre y yo. En otras palabras, me sentía extraño, como si me encontrara frente a un grave peligro. En silencio pasamos al interior de la casa donde un gran fuego ardía en la chimenea. Cómodamente sentados, bebimos en silencio y con gran fruición un Morumbí que traje por la mañana. Luego empezó a hablar y yo a escucharlo.
Hanna era su adoración, su única hija, que luego de egresar de la secundaria había irrumpido en la Maison des Arts, destacando inmediatamente por su matiz pomposo, su taciturna observación de todo lo que le rodeaba y su privativa sensibilidad.
Aquella revelación de Sacomani me hizo vacilar. Como no estaba preparado para el momento, lo único que intenté fue procurar ser amable con él. Debe haberlo notado pues se acercó a mí desde donde estaba y palmoteó afablemente mis espaldas.
–– Tengo que irme ahora ––me dijo. Gracias por el café.
El hombre se despidió, dejándome casi desprovisto de reacciones. Sin pausa alguna, tomó su sombrero y salió raudo al antejardín para desaparecer en diez segundos por la esquina. Le vi abordar un taxi y perderse rumbo al noreste.
––Hanna Sacomani... ––pronuncié en voz alta. Y me dirigí a abrir el paquete.
Por lo pronto, no pude evitar recordarla por completo. Hanna venía llegando de Bruselas cuando la conocí en medio del tumulto de estudiantes. Nada anormal sucedió el día que nos descubrimos. Sólo que en su más recóndita mirada creí apreciar una especie de sufrimiento interior. Era delgada y famélica, y su voz se oía trémula, casi inaudible. Siempre nos reuníamos a tomarnos una merienda y a conversar sobre las perdidas abstracciones de Chagall, o los luminosos motivos de enjambres de Lola Massieu. Su cuarto estaba lleno de pinturas y el ambiente olía a óleos.
Extraje con cautela el envoltorio y con dificultad arranqué las cintelas anchas hasta despejar el papel café. Ante mi vista había una caja de macizas formas envuelta en una pitilla gruesa de esparto. Debajo de aquel cáñamo se hallaba el sobre. Era un sobre gris, ajado y exánime que tomé entre mis manos y lo miré al trasluz. Una hoja de papel estaba en el interior. Y algo más, como un grupo de tarjetas.
Desplegué la carta y en lo más oculto había otro sobre cerrado. El papel decía:
“Me hubiera gustado mirarte de nuevo, tocar tu rostro y saber que estás conmigo. Tú eras uno de los míos. Pero nada importa ahora que ya no te veré. Aunque pienso que algún día me encontrarás de nuevo. No pierdas de vista el final del pasillo, donde nos vimos la primera vez”.
––¡Al final del pasillo....! ––exclamé, estremecido, sin tener la seguridad de lo que ello significaba. De inmediato se organizaron las imágenes del sueño. Y otra vez comencé a agrupar esas secuencias en mi cerebro, regresando a la puerta de una inmensa casa de ladrillos negros, adonde yo llegaba siguiendo un mandato casi mágico, un llamado de silencio por el tiempo de los antepasados. Cuando mis pequeñas manos golpeaban débilmente a la puerta y ésta se abría sola, veía un gran vestíbulo con cinco puertas y una gran ventana al fondo a través de la cual se insinuaban árboles sin hojas y un enorme gato que me miraba quieto y hostil con su cola recogida sobre el piso. Casi instantáneamente se me venía encima la figura de un gran cuadro colgado en la pared que mostraba el rostro de alguien que lloraba, hundida su cara entre las manos.
––Es ella ––exclamé sollozante y trémulo.
Un irresistible deseo de verla comenzó a nacer en mi mente. El retrato se iba haciendo más y más vívido hasta mostrarse clarísimo, revelando una impresionante nitidez.
Con azorado asombro y ganas de irme ya, recordé que había una caja que abrir y me dispuse a hacerlo. Traje una tijera desde el baño y cuando me acercaba a la mesa lo sentí.
Era el sollozo de Hanna que rebotaba en algún lado y yo lo podía oir.
Era un sollozo imperceptiblemente cálido y cercano. Recordé el sueño, donde aparecía el cuadro con alguien llorando, la ventana con árboles al fondo, un gato y aquel grito que llegaba como en sordina, una voz lejana que trataba de decirme algo que jamás hubiera entendido.
Casi con desagrado creí sentir que algo impredecible había llegado a mi vida, que si Hanna estaba muerta, tal como su padre me lo vino a decir, era improbable que el sollozo fuera de ella. Pero aquel llanto yo se lo había sentido a Hanna hace algunos años, una tarde en que se encontraba en su alcoba de amplísimos cortinajes, pintando. Era un gimoteo largo y lastimero, primero como lloro entrecortado, luego con generosas exclamaciones que me hicieron correr hacia ella y tomar sus manos entre las mías para pronunciar su nombre.
––Hanna... dime qué tienes.
Pero Hanna no me respondió y siguió gimiendo. Fue entonces que mis ojos tropezaron con las pinturas. Primero no le presté atención, pero pasados unos segundos... las fui mirando, contemplando, y creí percibir que aquí crecían los parecidos con el sueño tantas veces reiterado en mi mente.
En ese momento un terror estrictamente irracional me dominó de golpe. Y no sabía a que le temía: simplemente me asustaba pensar que Hanna estuviera ahora de regreso. Fue como un recuerdo súbito, como cuando resuena un nombre que hacía tiempo se había olvidado. Observé alrededor, y me di cuenta que nada había sido cambiado del sueño que conocía tan bien. Frente a la puerta estaba el largo pasillo, al fondo un cuadro grande con la mujer llorando y cinco puertas distribuidas en las áreas laterales; opuesta a la puerta, la otra pared estaba atravesada por dos ventanas a las que protegían inmensos enrejados. Había una mesa de toilette, y un receptáculo para el aseo... Y entonces, apareció antes mis ojos primero una gran pintura al óleo de Chagall, y un dibujo en blanco y negro de Hanna, representándole tal y como se me apareció en la última serie de estos sueños recurrentes que había tenido con una mujer llorando pero con el rostro hundido entre las manos.
En ese instante recordé el horrible esbozo de mi sueño, con la puerta, el gato de la mirada hostil y la cola enrollada. De alguna manera, con el retrato de Hanna en el pasillo, me sentía con mucho miedo y aprensión. La última cosa que vi fue el rectángulo de espacio donde estaba el retrato. Sabía que había algo más, conmigo en la habitación e instintivamente saqué mi mano y la moví como palpando.
Fue en ese momento que creí ver algo más, pero no era el gato ni el retrato. Era algo que parecía moverse, una figura que parecía apoyada a los pies del lecho, y que me estaba mirando. Era Hanna, vestida con la misma ropa del retrato, dulce y silenciosa como había sido siempre.
Entonces algo resonó en mi cerebro y sentí esa voz profunda y lacerante que me volvió a la realidad.
Abre la caja ––dijo. He estado esperando por mucho tiempo este momento.
Con manos trémulas me acerqué al paquete que su padre me había traído. Extraje las pitas, arranqué los últimos envoltorios. Y cuando separaba la tapa para llegar al contenido, sentí que su mano me rodeaba la cabeza y su aliento me penetraba definitivamente cerca, tan cerca que pude incluso tocarla y besarla, aun cuando hedía a cadáver y a putrefacción, y aun cuando bajo sus párpados abiertos y llorosos hubiera miles de gusanos blancos en una masa informe, que no cesaban de reptar y reptar y de moverse.
La caja estaba vacía.

servido por OSCAR HAMLET 4 comentarios compártelo

4 comentarios · Escribe aquí tu comentario

carlos trujillo

carlos trujillo dijo

Me impresionó este relato, sinceramente. Por que? Bueno, hay una atmósfera de muerte que me fascina. No sé quien eres, pero escribes bien. En Chile todos escriben así? Soy de Colombia.

21 Marzo 2006 | 12:45 AM

Hanna

Hanna dijo

Hola ...soy Hanna, pero vivo en Bruselas. Quiero que me digas cómo supiste que yo existo. Te adoro!

22 Marzo 2006 | 03:23 PM

Itzel

Itzel dijo

Hola, soy mexicana y acabas de robar mi atención, gracias por este cuento. Me lo encontré por casualidad, buscaba unas imágenes para mi tarea de nutrición y de pronto una imagen me llevo a la otra y ahora en agradecimiento te regalo unos minutos de mi tiempo, para escribirte este mensaje.
Gracias y suerte.
Espero quepronto nos puedas compartir otro cuento.

13 Abril 2009 | 04:17 AM

Karo Otilia Swift Fernández

Karo Otilia Swift Fernández dijo

fascinante, con razón ganaste ese premio, me encantó!
felicidades, me encanta tu estilo, tu redacción, creatividad, todo!
Tu familia ha de sentirse muy orgullosa de ti.
saludos.

5 Octubre 2009 | 06:50 PM

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MEMORIALISTA

COYHAIQUE, Chile
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Aquí en mi ciudad natal, las sombras no existen. Sólo el espacio diáfano con olor a frutillas silvestres y un poco de fumarolas a las siete y media de la mañana. Coyhaique me recibe día a día desde que llegué al mundo en el segundo piso de una casa que aún existe y la diviso a veces con pena en la esquina de Freire y 12 de Octubre. De aquí salieron un día mis naves a buscar puertos seguros. Y me enamoré de las palabras, sagradas, emotivas, directas, llenas de poesías levantando viento o viéndose morir gracias a la inmediatez de que se valen para existir. Esos soplidos son verdes, como nuestras selvas que se montan sobre las camionetas y se convierten en humo que asciende por miles de techos. Coyhaique es siempre visitado por gente absorta y con ojos nebulosos que casi nunca hablan español. A ellos se los llevan a los ríos y a las selvas, los hacen aprender flyfishing, les llevan a gastar su dinero a centros nocturnos donde se toma mucha cerveza. Mi padre falleció hace 11 meses. Mi madre viene llegando a una casa nueva que arrendamos. Mis hijos son 4 y están desperdigados, sueltos por Chile, llenos de bríos, esperanzas, hijos y parejas que les aman. He escrito desde niño. En la universidad me descubrieron detrás de un cuento donde había manzanas rosadas. Era el laberinto de la UCV, de fines de los sesenta, cuando escuchábamos a los Jaivas y al Pirincho en la radio, todas las noches. Luego llegarían tiempos serios, como brújulas, todo marcando perfecto, con coordenadas que se entrometían entre mis versos y mis cuentos. Ahora estoy en Coyhaique y administro un Ciber café en pleno paseo Horn, donde trato de hablar inglés con los turistas para explicarles lo que somos. Escribo diariamente. Y viajan mis palabras a través de varios laberintos estrechos y también anchos. Mis palabras me pertenecen. Mis memorias son éstas. Acabo de ganar un premio en el Consejo del libro con mis 181 crónicas de la primera hornada. Para escribir hay que estar solo y vivo. Así estoy. ESCRIBE TUS COMENTARIOS. NOS HARAN BIEN A AMBOS. O mandame un email: dimelotou@gmail.com

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