Carta de un hombre despechado
Hubiéramos creado tanto juntos… Hubiéramos alcanzado las estrellas, construido palacios, cultivado huertos llenos de esperanza y colmados de belleza.
Pero tú no lo quisiste, no lo entendiste, nunca lo supiste reflexionar. Y cuando tomaste la mano de un segundo hombre y luego de un tercero y… quizás cuántos más, entonces explotaste en mil fragmentos de desechos yertos y pútridos. No quisiste que continuáramos un camino forjado por un transcurso bello, colmado de frutos, de senderos, de futuro.
Pero te daré algo de mi Apocalipsis, te contemplaré otra vez desnuda y agradecida de los placeres que mi cuerpo te proporcionaba, de los llantos de emoción cuando hablábamos tanto de nosotros mismos frente a la ventana de las palomas. Me necesitaste siempre, me amaste demasiado, te amé locamente, y te hice mía en el pensamiento y en el sentimiento. Era todo como un instante maravilloso que se hizo fugaz y se fue marchitando como se marchitan los cuerpos con los años.
Hoy, las cosas siguen muertas. Murió la alegría, murió el encuentro, murió el sentimiento, los hijos, la casa, el maullido de gatos y el rechinar de los frenos de tantos automóviles en las noches de amor que acompañaban nuestros gestos vistosos y desprendidos más inolvidables de nuestras vidas.
Hoy sigue todo igual, mi mano abierta, mis ojos ensoñados, mis turbulencias quietas, mi sacrificio estéril. Te has ido para siempre. Y una gota de silencio ahoga mis palabras.
Algo me está diciendo que no hacen falta versos para regresar. Los muertos tienen mucho que decir.

