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La Coctelera

MEMORIALISTA

Las cosas tenían que suceder de ese modo

5 Marzo 2006

Carta de un hombre despechado

Hubiéramos creado tanto juntos… Hubiéramos alcanzado las estrellas, construido palacios, cultivado huertos llenos de esperanza y colmados de belleza.

Pero tú no lo quisiste, no lo entendiste, nunca lo supiste reflexionar. Y cuando tomaste la mano de un segundo hombre y luego de un tercero y… quizás cuántos más, entonces explotaste en mil fragmentos de desechos yertos y pútridos. No quisiste que continuáramos un camino forjado por un transcurso bello, colmado de frutos, de senderos, de futuro.

Pero te daré algo de mi Apocalipsis, te contemplaré otra vez desnuda y agradecida de los placeres que mi cuerpo te proporcionaba, de los llantos de emoción cuando hablábamos tanto de nosotros mismos frente a la ventana de las palomas. Me necesitaste siempre, me amaste demasiado, te amé locamente, y te hice mía en el pensamiento y en el sentimiento. Era todo como un instante maravilloso que se hizo fugaz y se fue marchitando como se marchitan los cuerpos con los años.

Hoy, las cosas siguen muertas. Murió la alegría, murió el encuentro, murió el sentimiento, los hijos, la casa, el maullido de gatos y el rechinar de los frenos de tantos automóviles en las noches de amor que acompañaban nuestros gestos vistosos y desprendidos más inolvidables de nuestras vidas.

Hoy sigue todo igual, mi mano abierta, mis ojos ensoñados, mis turbulencias quietas, mi sacrificio estéril. Te has ido para siempre. Y una gota de silencio ahoga mis palabras.
Algo me está diciendo que no hacen falta versos para regresar. Los muertos tienen mucho que decir.

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MEMORIALISTA

COYHAIQUE, Chile
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Aquí en mi ciudad natal, las sombras no existen. Sólo el espacio diáfano con olor a frutillas silvestres y un poco de fumarolas a las siete y media de la mañana. Coyhaique me recibe día a día desde que llegué al mundo en el segundo piso de una casa que aún existe y la diviso a veces con pena en la esquina de Freire y 12 de Octubre. De aquí salieron un día mis naves a buscar puertos seguros. Y me enamoré de las palabras, sagradas, emotivas, directas, llenas de poesías levantando viento o viéndose morir gracias a la inmediatez de que se valen para existir. Esos soplidos son verdes, como nuestras selvas que se montan sobre las camionetas y se convierten en humo que asciende por miles de techos. Coyhaique es siempre visitado por gente absorta y con ojos nebulosos que casi nunca hablan español. A ellos se los llevan a los ríos y a las selvas, los hacen aprender flyfishing, les llevan a gastar su dinero a centros nocturnos donde se toma mucha cerveza. Mi padre falleció hace 11 meses. Mi madre viene llegando a una casa nueva que arrendamos. Mis hijos son 4 y están desperdigados, sueltos por Chile, llenos de bríos, esperanzas, hijos y parejas que les aman. He escrito desde niño. En la universidad me descubrieron detrás de un cuento donde había manzanas rosadas. Era el laberinto de la UCV, de fines de los sesenta, cuando escuchábamos a los Jaivas y al Pirincho en la radio, todas las noches. Luego llegarían tiempos serios, como brújulas, todo marcando perfecto, con coordenadas que se entrometían entre mis versos y mis cuentos. Ahora estoy en Coyhaique y administro un Ciber café en pleno paseo Horn, donde trato de hablar inglés con los turistas para explicarles lo que somos. Escribo diariamente. Y viajan mis palabras a través de varios laberintos estrechos y también anchos. Mis palabras me pertenecen. Mis memorias son éstas. Acabo de ganar un premio en el Consejo del libro con mis 181 crónicas de la primera hornada. Para escribir hay que estar solo y vivo. Así estoy. ESCRIBE TUS COMENTARIOS. NOS HARAN BIEN A AMBOS. O mandame un email: dimelotou@gmail.com

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