EL VUELO DE LA CANTÁRIDA (Cuento)
Mi padre estaba muerto cuando llegaron a buscarlo. Se veía plácido y feliz sobre su cama y con el mismo edredón violeta que le había comprado mamá para el veinticinco de octubre. Le florecía una especie de sonrisa final delineada en el rostro, y el silencio de la habitación se advertía lúgubre y cargado, semejante a una letanía de obispos bajo almudenas de puertos olvidados.
Una vez más mi padre había muerto. Lo digo yo, que vi también su cadáver silencioso el año pasado, cerca del invierno, cuando una cantárida azulosa entró repentinamente por la ventana vieja de atrás del dormitorio y abatiendo las alas transparentes se posó en el pecho agitado del enfermo. Entonces permaneció ahí, quieta por breves segundos, tiempo suficiente para provocarle al moribundo algo que le hizo expirar casi instantáneamente.
Sólo yo supe de aquella otra muerte del año pasado, aunque no fue tan distinta a ésta, considerando que ambas cantáridas habían venido por lo mismo y logrado su propósito casi sin preámbulos. Pero esta vez mis ojos suspicaces se dirigieron al centro mismo de los ocelos del insecto, comprobando que ahí dentro de esa entidad inverosímil latía el mismo brillo enloquecido que una vez le vi a la Ely Barluppo cuando comenzaba a sentir las convulsiones de su primer arrobamiento y jadeábamos junto al muro amarillo de la casa natal.
Lo de ahora era una segunda muerte, casi parecida a la anterior. Incluso estoy seguro que a mi padre en unos años más le sobrevendrá una tercera ausencia. Alguien anduvo dos veces el mismo camino y ese fue el padre, aquel de las manos de peón golondrina, el que siendo niño se quiso arrojar dos veces al río en la rada de Puerto Dunn, cuando los vapores de la bahía dejaban oir sus trémolos pitazos en medio de la luna llena y la escarcha de julio. Papá lo supo siempre, desde que se lo llevaron la primera vez en la urna brillante y me siguió con la mirada por la noche del sepelio. Ambos supimos simultáneamente que una cantárida, el mismo escarabajo eternal que nos gustaba aprisionar con pañuelos blancos entre las selvas de La Zaranda, había provocado su deceso.
No sabemos cómo suceden estas cosas, pero la noche que partió sentimos un gran silencio en la ciudad y nos pareció escuchar que algunas puertas se cerraban con mucho ruido y voces murmurantes invadían todos los espacios cercanos. Más de un presagio había llegado hasta mis oídos la tarde anterior, cuando la negra Rupe que estaba enjuagando sábanas en el rincón más oscuro del patio de las araucarias entró corriendo con su cuerpo regordete a lavarse una herida que le había provocado una alimaña.
––Son las cantáridas que vienen ––se le escuchó decir mientras se miraba en el espejo roto que colgaba de la espesura ––y van a llegar más por la mañana.
Había sido mejor así y se lo dije a Previtzke cuando me vino a ver al otro día para clasificar los sellos postales que papá había reunido en poco más de cuarenta años de epístolas con filatélicos del mundo. Eran sellos multicolores dentados y sin dentar, con barras centrales de planchas grabadas, filigranas impresas en papeles cremosos que se clasificaban según los países de procedencia. Papá había sido meticuloso y ordenado en mantener esos álbumes, atreviéndose incluso a deslizar por las vitrinas del local pequeños sobres con grupitos de estampillas que él mismo archivaba y ordenaba, adhiriéndolas en papeles transparentes y poniéndoles sus nombres con plumones negros en los sobres.
Hablé con Previtzke poco antes de la muerte y le dije que si tenía tiempo se propusiera ordenarlos y aprovechara de desentrañar el extraño misterio de los confusos libros. Sin dejar de mirar los paquetes con miles de estampillas, me dijo:
––Capaz que con éstas termine para el año que viene.
Ahora que el padre estaba otra vez muerto, la casa comenzó a poblarse de febriles movimientos de señoras amigas de la familia que ofrecían hacerse cargo de los detalles más engorrosos, como vestir al difunto, avisar a los comisionados de la funeraria, autorizar las cosas para el velorio, comprar ternos oscuros, corbatas negras, velos de tul y rosarios, conversar con el párroco para acordar la hora de la misa.
Todo comenzaba a darse armónicamente, como si el morir encajara perfectamente en un mundo inserto en la existencia y en el abrir todos los días los ojos para ver lo que pasaba. En ese lugar comenzó a moverse mucha gente desde que se supo la noticia, pero nadie me preguntó a mí si conocía algún detalle sobre la causa de la muerte del abuelo. Yo les hubiera resuelto todas las dudas, habría dicho la verdad sobre el vuelo de las cantáridas refiriendo sin rodeos cómo entraron sin prisa alguna a la habitación, igual que un ruido de motores de juguete o un zumbido de aspas que desgranaba el aire y causaba intranquilidad. Pero nadie se acercó a hablarme jamás ni a inquirirme detalles.
Cuando la urna quedó lista me di cuenta que no era tan distinta a la del año pasado. La única diferencia es que ahora se podía ver por una ventanilla a papá maquillado y también abrir la tapa para maniobrar la mirada y hacerla pasearse por todos los detalles que había dejado la muerte, un maxilar caído, el color violáceo del rostro, un rictus de dolor entre los ojos cerrados, el tono macilento del frontal y el fervor simbólico de unas manos cruzadas sobre el pecho, en el mismo lugar donde el coleóptero dejara su impronta definitiva.
Quise dormir aquella noche luego de la fatigosa jornada, pero me costó imaginarme sin sueños y sin imágenes, perdido en el tumultuoso devenir de los recuerdos. Me preguntaba una y otra vez en qué momento la cantárida había salido de la habitación y cómo se produjo la muerte. Era como una noche de juerga, cuando los amigos se disuelven por el trance de la inconsciencia y esas representaciones hacen que también desaparezcan como por encanto sin que medie la ceremonia de los adioses. Así fue todo cuando papá se perdió en su propio silencio, sin despedirse de nadie y sin avisar que se moría.
Lo extraño para todos es que expiró dos veces. Y en ambas, una cantárida le había acompañado hasta el final.
Fue al tercer día que ocurrió todo, cuando la perpetua bullanguería de la negra Rupe nos llevó volando hasta los aposentos donde había dormido papá durante todo el tiempo que duró su agonía. Flotaba en el ambiente el aroma del fenol para evitar que los líquidos fluyeran del cadáver. Y ese olor estaba ahí todavía cuando llegamos. Pero advertí una vez más que algo no calzaba cuando di el segundo paso hacia la cama.
Me gustaban las cantáridas y acaso yo haya sido una de ellas en las vidas anteriores. Estaba hojeando las páginas interminables de los sellos de papá, y me encontraba recorriendo los fragmentos coloridos de una estampilla. Recuerdo nítidamente el detalle del encabezado ––Quinta Conferencia Panamericana––, con distintos tipos y colores pero específicamente una que lucía un fuerte tono magenta que me comenzaba a cautivar, especialmente por la robusta complexión de la fachada del edificio del Congreso de Santiago que se dejaba caer hacia la inferior derecha de las filigranas dentadas, veinticuatro arriba y dieciséis en laterales. Los cuños venían de Londres a la imprenta santiaguina impresos en sistema offset del año 23. Las había de dos, cuatro, diez, veinte y cuarenta centavos y también de uno, dos y cinco pesos.
Me hallaba absorto en aquella revisión cuando algo se movió y comenzó a agitarse imperceptiblemente como en cámara lenta abriéndose paso a través del cuarto vano, entre la quinta y sexta columna bajo la balaustrada triangular en la dirección donde yo me encontraba mirando. Instintivamente llevé la mano derecha a la cara, cubriéndome no sé qué y cerrando los ojos mientras retrocedía sin saber el motivo, abandonando el álbum y dejando de mirar el sello. Pero al quedarse ahí sobre el mueble, la página permaneció abierta, lo que me permitió sentir el inconfundible aleteo de los élitros crujientes de la cantárida. Casi instantáneamente me cogió el desvanecimiento y una náusea incontrolable. Perdí el sentido y me derrumbé sobre el parquet.
Habría preferido seguir ahí en el mundo, deslizando dos pies en posición erguida, moviendo extremidades, piernas y rodillas, obedeciendo a un ritmo fluido y consecutivo. Me hubiera gustado quedarme con mis flexiones, curvaturas y doblamientos, sentir el concierto de articulaciones y músculos, de nervios, tendones y fibras, de huesos que hacían encajar todos los movimientos de un cuerpo absolutamente armónico. Qué hubiera dado yo por seguir avanzando a través de las ciudades con el bípedo movimiento de la inclinación y la ganancia, el hecho de tener que abandonar puntos espaciales para ocupar otros casi invisiblemente. Pero nada de eso iría a ocurrir ahora que mi cuerpo estaba compuesto por segmentos, ocelos, antenas dentadas, aparatos masticadores, membranas, mandíbulas y maxilas, ahora que mis alas membranosas se rozaban entre sí emitiendo un ruido infernal y diabólico y entonces yo volaba, iba de árbol en árbol por el aire y subía y bajaba a mi antojo, veía el mundo desde arriba y miraba atónito el vértigo y la furia para alcanzar otros espacios y lugares que antes nunca vi. Ahora yo era un insecto, una sutil figura aérea y pequeña que volaba y a la cual se le había olvidado para siempre caminar sobre la tierra.
Aquella noche, en el fascinante placer de la inmensidad del aire, pude sentir mis alas ligamentosas emitiendo aquel ruido de roces característico de todas las cantáridas. Me sentía cantárida y volaba como ellas, aunque mi cerebro fuera humano. Abría mis mandíbulas y mordía ferozmente, reptaba cuando estaba posada en los ramajes altos, buscaba la noche para sentirme cómoda. Era mi cuerpo segmentado algo que no conocía y que me causaba plenas satisfacciones.
Papá estaba en la cama cuando me transformé en coleóptero. No lo vi, ni lo sentí, pero deduje desde mi distanciamiento que intuía su muerte. Salí volando una tarde por la ventana de su cuarto y me enfrenté a las arboledas del patio en una elemental disposición de movimiento rectilíneo. Creí escucharlo al abandonar el alféizar y remontar un vuelo alto que me condujo a las frondas centenarias. Era un llamado, una señal de auxilio que emergía de sus labios apretados. Intuí al mirarlo que sufría pero su dolor no era físico sino más bien un dolor de edades acumuladas, de vértigos y soledades. No tardé mucho tiempo en comprender que aquel hombre no era feliz.
Mi padre obedecía ciegamente a mis movimientos y me seguía con la mirada, especialmente por las tardes cuando la fiebre era altísima y entrecerrando los ojos se levantaba y dejaba la ventana abierta para que entrara yo. Luego, sin que nadie lo viera, se volvía a acostar y escuchaba aguzando el oído, agrupando y clasificando de memoria los rumores del follaje con el viento de la tarde, los ladridos de los perros, los pasos fugaces de niños que corrían o el chillido de las mujeres. Hasta que reconocía los alones membranosos desde la cama a la casa a través de los árboles y se erguía en medio de su fiebre y abría un poco más los ojos para verme llegar entrando por la oquedad de la ventana hasta que me posaba en un lugar cualquiera, a veces en el mismo alféizar, otras sobre las cortinas, o más allá en la cómoda llena de medicamentos y cucharitas de miel.
Yo me quedaba muy quieta y él también y podíamos pasar horas y horas así, mirándonos en silencio. Me daba cuenta que hurgaba profundo a través de mis ocelos, como queriendo llegar mucho más allá de mi abdomen y mis patas aserradas. Movíanse mis apéndices sin cesar y él los seguía con la mirada enferma. De pronto tosía y podía yo advertir su ceño duro y su expresión de sufrimiento. Puedo decir que también creía sufrir como él. A veces volaba y posaba mis largas patas cerca del velador para que me viera más de cerca. Poco a poco se iba quedando dormido conmigo al lado y entonces se abatían sobre su cuerpo cientos de figuras que yo creía divisar en fugaces movimientos convulsivos, como si aquel hombre enfermo hubiera abierto una puerta dentro de sus propios sueños, que le hacían avanzar hacia regiones desconocidas.
¿Cuánto tiempo estuve así, yendo y viniendo hacia el padre moribundo? Deben haber sido muchísimas jornadas en que nadie de los que rodeaban la habitual vida íntima de papá sospechó jamás lo que ahí dentro estaba ocurriendo.
Una noche entré como de costumbre al cuarto del enfermo, agitando mis alas y buscando el mismo lugar donde detenerme para esperar la comunicación habitual de todas las tardes. Las cosas se veían bien y normales cuando me introduje por la ventana. Los medicamentos de la mesa de luz, la lámpara, el edredón violeta, el salto de cama y las pantuflas, la cómoda vieja con sus adornos antiguos y sus centros de crochet de color blanco grisáceo sobre los que descansaban ceniceros y ositos de peluche.
Fue cuando frotaba mis patas traseras que advertí que el padre me hablaba.
Entonces volé con lentitud hacia él y me quedé muy cerca mirando sus ojos cerrados. Lo oí balbucear y sentí que quería decirme algo. Me acerqué lo más que pude y volví a escuchar el balbuceo, pero no pude comprenderlo. Dando un breve rodeo, caminé sobre la cama, encontrando sus piernas estiradas, y llegando hasta su cuerpo. Comencé a trepar por él y cuando alcancé el pecho, me quedé ahí, muy quieta, esperando otro intento de él para decirme lo que deseaba. Pero para entonces su rostro se había vuelto mucho más pálido y triste. Al parecer, había comenzado a vivir ya sus últimos minutos y era aquel un momento intenso y diferente, yo sobre su pecho tratando de escucharlo y una sombra tensa por toda la habitación que me envolvía fatídicamente.
No escuché mucho más del moribundo. Sólo supe que nadie vino a asistirle en sus últimos aires, que se quedó solo y esperando, conmigo detenida sobre su pecho frío, con mis patas membranosas enredadas en el vello canoso bajo el cual incluso escuchaba yo el sinuoso bombeo de su corazón ultimado, el latido pobre y extenuado de un órgano que se iba también extinguiendo como él.
Cuando el padre comenzó a temblar y a morirse, emitiendo estertores incontrolables, yo seguía sobre su tórax sintiéndolo irse, demasiado impresionada para ayudarlo, demasiado atónita para entenderle, demasiado lejos para acercarme.
Entonces la primera enfermera entró corriendo visiblemente conmovida y detrás llegaron todos, funcionarios, médicos y parientes, gritando y forcejeando, una vez más tratando de que el viejo cuerpo de papá muriendo entrara de nuevo a la vida. La última de todas. Pero ya era imposible.
Tanto como mis alas que se abatían sobre la hojarasca buscando las sílabas perdidas del padre que hablaba y que nunca jamás llegaría a escuchar.

razhmer dijo
Un relato de este tipo es merecedor de elogios y distinticiones. Qué perdido estás, escritor. Qué buena pluma!
4 Marzo 2006 | 12:30 AM