Si nos propusiéramos inventar otra ciudad en Aysén, no habría un lugar más propicio como la selva oscura e intrincada, pues allí es donde habitan en silencio nuestras más perdidas identidades, los movimientos tempranos de recolección y uso del entorno. Debería ––eso sí–– tenerse mucho cuidado con las simbolizaciones que el hecho conlleva.
Por ejemplo, cuando Silva en Balmaceda y por qué no decirlo, Orellana en el valle o Teca en Chacabuco estaban en medio de la selva tratando de encontrar caminos y rumbos, ¿acaso no se enfrentaron con muchos problemas de identificación? Ellos, sin ser profesionales o técnicos dieron el primer impulso al hecho mágico de erigir. Y ahí en aquellas primeras erecciones trasuntaron movimientos simbólicos que acaso nadie considere en la actualidad.
Por ejemplo, el lazo que usó Antolín en Balmaceda para medir distancias y definir áreas de calles y calzadas debería haber tenido mucha similitud con el lazo de 12 nudos que empleaban los aymaras para levantar sus lugares poblados en medio de la selva.
La medida en la cultura aymara es el efecto que aproxima a la creación del cosmos imaginario, una delimitación del terreno de las villas, según la orientación y las proporciones establecidas por la tradición. A tal fin, el encargado de la construcción procede de la siguiente manera:
Primero toma una cuerda de entre diez y doce metros y, mediante la confección de once nudos, la divide en doce partes iguales. Luego clava una estaca en el que será el ángulo noroeste de la vivienda, y ata a ella los dos extremos de la cuerda, quedando así conformado el nudo número 12, el cual debe ser considerado, a la vez, como el primero y el último de la serie. Después toma la cuerda por el nudo 5 y la extiende en dirección Noroeste-Sureste para determinar la ubicación de la segunda estaca, a la cual dicho nudo es enlazado. Acto seguido, toma la cuerda por el nudo 8 y la tensa cuanto resulte posible hacia la izquierda, o sea en dirección Noreste, quedando así determinada la ubicación de la tercera estaca.
Como puede apreciarse, ha quedado conformado un perfecto triángulo rectángulo cuyos lados están en proporción 3, 4, 5, vale decir, un “triángulo pitagórico”, y esto sin necesidad de efectuar ningún cálculo ni medición: Alcanza con que los once nudos de la cuerda estén dispuestos a distancias iguales para obtener el resultado deseado. Finalmente, el constructor toma la cuerda por el nudo 9 y, haciéndola pasar por sobre la hipotenusa la tensa cuanto resulte posible hacia la derecha, o sea en dirección Suroeste, para así determinar la ubicación de la cuarta y última estaca.
Queda entonces delimitada una planta rectangular de 3 x 4 (aquí no importan las medidas sino las proporciones), levemente desviada respecto a los puntos cardinales. Las estacas serán luego reemplazadas por los cuatro pilares que sostendrán el techo de la vivienda.
Si procedemos a llevar este elemento erigidor a un área silvestre escogida, no tardaremos en concluir que es imposible no asociar las estacas aymaras con la noción de delimitación de las cuatro “piedras de ángulo” que delimitaban normalmente el terreno de las iglesias cristianas, aunque estas piedras eran colocadas en secuencia Noreste (“piedra fundamental”), Sureste, Suroeste y Noroeste, o sea siguiendo el curso aparente del Sol, mientras que, como vimos, la secuencia de las estacas es Noroeste, Sureste, Noreste, Suroeste, o sea en forma de cruz (X).
Lo que hace particularmente neto el sentido del simbolismo es esto: mientras que el cordel, en cuanto instrumento, es, naturalmente, una simple línea, la ‘cadena de unión’ al contrario, tiene nudos de trecho en trecho; estos nudos son, o deben ser normalmente, en número de doce, y corresponden así evidentemente, a los signos del Zodíaco. En efecto, el Zodíaco en el interior del cual se mueven los planetas, constituye verdaderamente la ‘envoltura’ del cosmos.
Ni Antolín supo jamás lo que estaba haciendo y el simbolismo que denotaba su acción constructora. Un genio, por decir lo menos, al que se atribuyen la mayoría de los atributos que deberían considerarse para la erección de futuros pueblos en nuestras áreas.