Iba paseando por Santiago ayer por la tarde y me encontraba cerca de una añosa avenida llamada Salvador, a la altura de San Isabel, cuando vi el edificio. Una fachada ampulosa, firme, gallarda que invitaba a mirar, porque ahí se agolpaban y resumían interminables veladas de regocijo juvenil de los años 60. La pintura amarilla de la casona era la misma del año 1967, cuando me encontraba cursando el Cuarto Medio en el salesiano Patrocinio de San José de la calle Bellavista. Eran tiempos de virtud y descubrimiento, el perno Valenzuela contándonos sus viajes a Europa en sus clases de Historia y el padre Consejero saliéndose de madre en la formación del enorme colegio, rodeado de camelias en la entrada y en el frontis, alrededor de una pileta de agua plagada de ruiseñores.
Fue en plena coronación de año, antes de los exámenes, que llegaron las bases para concursar en el Primer Festival del Cantar Secundario, que congregaba a todos los establecimientos de Santiago. Y justamente en aquel edificio amarillo llamado Colegio Universitario Salvador, sería el acontecimiento. El mismo que el miércoles pasado me llenara sorpresivamente de nostalgias.
En medio de la expectación de noviembre, cuando se aproximaban los tiempos de exámenes, fuimos partícipes y nobles depositarios del sentimiento juvenil llevado a su máxima expresión cuando armamos nuestro conjunto musical en base a la armónica country de Felipe Cerda, la mandolina asiática de Godofredo Rompeltien y mi guitarra Tizona de puente anchísimo que alcanzaba una resonancia tan maravillosa, que acaso haya sido el mejor regalo que jamás haya recibido de alguien.
Emulando a los conjuntos de moda del momento como Bric a Brac, Clan 91, Náufragos, Mods, Blops, Beatles, Animals, Rollings y tantos otros, nos quedamos solos ensayando noches enteras para presentarnos a la competición. Recuerdo que había en todas nuestras reuniones silencios tan largos, que más bien parecíamos monjes tibetanos reflexivos y ensimismados que tres estudiantes patrocinianos para una competencia de liceos santiaguinos.
Dos semanas más tarde ya habíamos hecho nuestra la canción que nos iba a representar y la enarbolábamos como trofeo de guerra. Era un portpourri lleno de bríos y ritmos alegres que merodeaba de lleno por las ventanas de nuestras almas, haciendo que en verdad aquello pareciera un parto musical. Los arpegios de mi guitarra adolecían de técnica, pero sobraba ángel y virtuosismo aprendidos en tanto guitarreo por ahí. A Godofredo le importaba un comino quien le estaba rodeando. Cabeza gacha y con una expresión de timidez y silencio que atentaban contra el éxito de nuestra presentación, enarbolaba con la uñeta de plástico delicadas melodías agudas que arrancaban del fino encordado hacia los aires, metiéndose por el micrófono y confiriendo al entorno algo infinitamente arrobador. Felipe, a dos manos lograba remontarnos al oeste de los vaqueros con el encanto del country en su aullido de armónica al que lograba imprimir un extraordinario vibrato lingual.
Los espectadores que abarrotaban el recinto pronto comenzaron a aplaudirnos, y en cada una de las cuatro presentaciones para determinar la clasificación, nos recibieron con rubicundos aplausos interminables, que nos afianzaron y nos aseguraron mucho puntaje.
Cuando llegamos a la última noche, Clan 31 ya era aclamado al entrar en el gigantesco escenario del colegio, que olía a cera líquida de toda la tarde. Las luces encandilaban nuestros ojos cuando escuchamos que habíamos ganado en género internacional y éramos acreedores a diplomas, dinero, instrumentos y una importantísima presentación en vivo en el Canal 13 de la calle Lira. Algo inimaginable a nuestra edad.
Eramos el grupo de moda a nivel de colegios secundarios, nos rodeaba la algarabía y éramos el centro. Recuerdo que firmamos muchos autógrafos a veintenas de calcetineras que nos encontraban por ahí. El Pollo Fuentes, César Antonio Santis y otros nos acogían con grandes críticas favorables. Fuimos después a la carpa de Violeta Parra a La Reina, al teatro Providencia de la calle Manuel Montt y a cuanto festival haya entrado después de aquel en colegio secundario de Santiago.
Al pasar ayer por ese colegio de la calle Salvador, desfilaron muchos detalles que creía extinguidos, como el primer lugar folklórico de Ricardo de La Fuente con Camanchaca y Polvareda, que luego llevaría a Viña, haciéndose famoso. No podría olvidarlo a él y a nosotros ensayando los últimos detalles antes de salir al escenario.
Godofredo hoy vende máquinas panificadoras y hornos industriales y creo que Felipe Cerda es ingeniero civil. De mí, no me pregunten, sigo siendo el memorialista que les llevará de viaje por la pasión de las juventudes y del tiempo que pasó.