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La Coctelera

MEMORIALISTA

Las cosas tenían que suceder de ese modo

26 Febrero 2006

Sísifo continúa buscando la piedra rodante

Hay en las nuevas generaciones de escritores chilenos una violenta intromisión al mundo de los sueños que se adhiere con fuerza a la velocidad de un transcurso que entró a sus ojos en la década de los 70 o quizás antes. He logrado estar con ellos en muchos lugares. Sus moldes, sujetos a una atadura histórico-convencional, siguen estando vigentes en medio de la catarsis controversial de la evolución.
Desde atrás, como siluetas descalzas se agitan los surrealistas y los oníricos, los menudos aleteos de los españoles, los pesados novelistas nortamericanos, los reverenciales chilenos como Donoso o Pérez Rosales, pero también los inefables sudamericanos como Marechal, Sábato, Onetti, Cortázar, Borges, García Márquez, Carpentier, Vargas Llosa…
Uno se imagina por qué este apego a los grandes monstruos de la pluma contemporánea. Ya en los primeros arrebatos universitarios donde el mundo se presentaba siempre azul y amplio, siempre vigoroso y prístino, me instalé con un poco de ilusión enredado en ojos de silencio y rodeado de mundos coyhaiquinos vertiginosos, a merodear por las beligerancias de las primeras acciones creativas.
Ahí estuvo Manuel Peña, con quien llegamos esa primera mañana de clases en aulas universitarias a sentarnos en los viejos bancos del laberinto de la calle Brasil, donde siempre hubo mucho mundo que decirnos, logrando desde entonces estar siempre juntos en los vuelos literarios.
A ambos se nos juntarían luego muchos otros; Luis Lagos, Rubén Dalmazzo, Eduardo Correa Olmos. Y crecimos, envalentonados con las suaves exigencias de la vida fresca y las ágiles visiones de nuestras noches de búsqueda. Qué fácil resulta recordar ahora como empezamos trayendo de lejos las turbias sensaciones de juventud. Nunca olvidaré mis coloquios con Skármeta en el pedagógico, con el descarado Nicanor Parra, y la gente del otro pensionado, el de Macul, con Romano. Bórquez y Barattini, con las chicas que nos esperaban por las noches en medio de los árboles para escaparnos a bailar a Las Brujas y regresar borrachos a las 6 de la mañana a tomarnos un café y amarnos.
De pronto se abren nuevas aristas con la llegada de Manuel Gallegos, Illanes, Argandoña que vivía en Santa Inés y mucho después Eduardo Llanos. A Diego Maquieira me lo encontraba algunas tardes con su insignia de liceo mientras yo estudiaba con su rubio hermano en el Patrocinio. Nos separaban unos veinte años. Ahí entraba el mateo Peirano contándonos sobre sus viajes a Roma y Ravera hablando de autos, Carlos Horta con sus campos de Malloa y un chico que tocaba el piano de apellido Cabello y que ya estaba integrando el grupo de los Red Juniors, todos compañeros de curso.
Cómo olvidarlos a esos maestros, a Fernando Cuadra y José Promis, a René Jara y Hugo Montes, al viejo Mazzone. Cómo olvidar las emociones de nuestros coloquios con Marechal, Onetti, Carlos Fuentes, Marta Traba, durante el colosal encuentro de escritores en la universidad, año 1971.
Yo creo que ahí nacimos todos, de alguna mágica manera el arte literario explotó y se nos encendió trayéndose el alma entera, perforando celestialmente nuestra impavidez. Lo dijo Olga Lolas: ustedes son los verdaderos elegidos.
No podré olvidarme fácilmente de Manuel Peña, el de la casa del cerro Alegre, con su casa de oscuros pasillos y huertos españoles, con posters de corridas de toro y la guitarra en sus manos dejando impresa la silueta de Albéniz y Tárrega. Cuando Manuel me mostró sus originales de Berta y los dorados estambres, me dieron ganas de empezar también a escribir. Y cuando semana a semana me contaba que había conocido a una dama y se visitaban y hablaban, se intercambiaban escritos y tomaban el té juntos, mi espíritu se hizo espacioso, infinito, en un crecimiento mayor e inesperado. Esa dama, su amiga fiel y confidente, se llamaba María Luisa Bombal. Eran años limpios, plenos de categorías y siluetas bien delineadas. Eran años de lágrimas y café con leche en las plazas desoladas.
Años después apareció Eduardo Llanos, en medio de la rabia de la persuasión publicitaria, moviendo el timón ya consagrado en la poesía hacia el rumbo del estereotipo y el arte del mensaje subliminal. También Eduardo y yo construimos en el aire nuestros breves silencios. Dijimos todo sin decirlo y nos convertimos en artesanos del idioma. Trabajé la publicidad en varias agencias con él.
Con el rostro indómito de Sísifo fui capaz de entrar luego a mi pueblo natal, husmearlo y analizarlo por los cuatro costados, abriéndolo en las esquinas, rasgando los rostros de su gente, desnudando el arte de la vida misma. Fue como si la blanca nieve y el frío lacerante no hubieran soltado jamás lo que tenían. Pero esa blanca piedra del sufrimiento se acaba de soltar una vez más para empezar a rodar de nuevo hacia el abismo.
Por eso me vine a Santiago, para volver a cargarla y empezar a subir otra montaña.

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COYHAIQUE, Chile
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Aquí en mi ciudad natal, las sombras no existen. Sólo el espacio diáfano con olor a frutillas silvestres y un poco de fumarolas a las siete y media de la mañana. Coyhaique me recibe día a día desde que llegué al mundo en el segundo piso de una casa que aún existe y la diviso a veces con pena en la esquina de Freire y 12 de Octubre. De aquí salieron un día mis naves a buscar puertos seguros. Y me enamoré de las palabras, sagradas, emotivas, directas, llenas de poesías levantando viento o viéndose morir gracias a la inmediatez de que se valen para existir. Esos soplidos son verdes, como nuestras selvas que se montan sobre las camionetas y se convierten en humo que asciende por miles de techos. Coyhaique es siempre visitado por gente absorta y con ojos nebulosos que casi nunca hablan español. A ellos se los llevan a los ríos y a las selvas, los hacen aprender flyfishing, les llevan a gastar su dinero a centros nocturnos donde se toma mucha cerveza. Mi padre falleció hace 11 meses. Mi madre viene llegando a una casa nueva que arrendamos. Mis hijos son 4 y están desperdigados, sueltos por Chile, llenos de bríos, esperanzas, hijos y parejas que les aman. He escrito desde niño. En la universidad me descubrieron detrás de un cuento donde había manzanas rosadas. Era el laberinto de la UCV, de fines de los sesenta, cuando escuchábamos a los Jaivas y al Pirincho en la radio, todas las noches. Luego llegarían tiempos serios, como brújulas, todo marcando perfecto, con coordenadas que se entrometían entre mis versos y mis cuentos. Ahora estoy en Coyhaique y administro un Ciber café en pleno paseo Horn, donde trato de hablar inglés con los turistas para explicarles lo que somos. Escribo diariamente. Y viajan mis palabras a través de varios laberintos estrechos y también anchos. Mis palabras me pertenecen. Mis memorias son éstas. Acabo de ganar un premio en el Consejo del libro con mis 181 crónicas de la primera hornada. Para escribir hay que estar solo y vivo. Así estoy. ESCRIBE TUS COMENTARIOS. NOS HARAN BIEN A AMBOS. O mandame un email: dimelotou@gmail.com

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