EL LIBRO PRIMERO DE JUAN GUZMAN MATURANA
Con o sin razón, y dejándome guiar sólo por la frágil memoria de mis tiempos de niñez, quiero hoy adentrarme en los tratados lecturales pero de mucho antes del silabario del ojo o del hispanoamericano. Para ello hay que despejar las brumas de muchos años, levantar los visillos medio amarillentos por el olvido y darse a la tarea de desandar unas etapas muy desgarbadas de aquel tiempo. Cuando se accede a esta clase de pretéritos, el corazón da un vuelco y se resiste a creerlo. ¡Cómo se va a acordar uno de cosas tan escondidas y tan lejanas! Sí se puede.
El título era El Libro Primero, que encarnaba lo inicial y lo más elemental del sentido del conocimiento. El autor, ––francmasón y docente, amalgamas necesarias en aquellos tiempos––, era Manuel Guzmán Maturana, cuyo nombre y presagio quedó para siempre delimitado en un familiar liceo de Peñalolén.
No hay por qué esconderse de esas maravillas propuestas del ingenio del maestro. En “Vocación” advertimos un profundo sello de futuro: “Por la mañana, cuando el reloj da las nueve y yo voy caminito de la escuela, me encuentro con ese vendedor que grita: ––¿Quién compra pulseras de plata y cristal? Nunca tiene apuro por nada ni ha de llegar a sitio alguno a la fuerza, ni debe volver a casa a su hora…”
El amor filial se detiene con la figura de la madre y un poema inolvidable que regresa: “Madrecita mía, madrecita tierna, déjame decirte dulzuras extremas”. Respiran ahí casi todos los versos de la Mistral.
Todas las páginas guardan junto a los textos esas ilustraciones sin color alguno, pero llenas de intenciones en un papel amarillento que tiende a deshacerse. Al frente de la madre, la abuelita: “¡Qué buena es la abuelita! La pobre viejecita apenas puede andar, tiene la vista cansada y debe ponerse anteojos para leer. En los días de lluvia o muy fríos, toma su viejo libro de cuentos y lee para Emilia, su nietecita”. Las ilustraciones que aparecen son todas del eximio dibujante de la época Lorenzo Villalón C.
Pronto aparece el primer sketch de nuestras vidas: la abuela y su nieto Jorge hablando sobre temas sin sentido. Ante la imposibilidad de no poder leer más el único libro de cuentos, ya que lo ha hecho muchas veces y está aburrido, la abuela invita a Jorge a imaginarse que están en un almacén donde ambos representan clientes que piden azúcar por metros, vinagre por libras, huevos por litros, maíz por docenas, y cintas por kilos, en una disparatada representación.
Hay intensísimas estructuras que proponen intensas cavilaciones como la historia del cumpleaños, la estación del otoño contada por él mismo, bajo la frase “Labrador, apura tus cosechas”; una parábola al trabajo muy lúcida y bien lograda bajo el prisma de las inevitables metonimias que da alegría a una página especial. Pero la mejor es sin duda “La Regla Cilíndrica”, debido a lo revolucionario del invento, ya que casi siempre la pluma R con que escriben y manchan papeles los niños de ese tiempo, trazará líneas rectas lejos de los borrones, con el invento de la regla cilíndrica que no permite el contacto con el metal, la tinta y el papel juntos. Un invento aliviador para las clases de geometría y que en un párrafo dice: “La regla cilíndrica de Eugenio estaba terminada. La usaba con satisfacción y la mostraba con orgullo. La hice yo, decía a sus compañeros, sólo me falta barnizarla.
Más allá, un teléfono de principios de siglo, con el auricular y una bocina que se acerca uno a los labios para modular; un grupo de chicas de la época con vestidos de orlas y organdí, jugando al “Vuelen, vuelen los pájaros”; los cinco niños parientes que son las vocales y que Villalón dibuja muy ad hoc, probando diseños de niños saltando sobre sus filigranas negras, y las cartas que se escriben con lapicera fuente, Julia y Anita invitándose mutuamente a las fiestas de celebración del combate de Iquique en la escuela.
La rúbrica de este recorrido la entrega sin duda alguna uno de los primeros cuentos que llegaron hasta nosotros: “Ricitos de Oro”, con ilustraciones y una trama difícil de sobrellevar por la longitud de largas tres páginas completas en letra pequeña que lograban perturbarnos en algún grado por la dificultad de esas verdaderas sábanas de texto. Pero ahí estaba la familia de osos protestando por la intromisión de la niña al hogar y el miedo al ser despertada por la osa, el oso y sus oseznos.
Pienso que no hay en el espíritu infantil algo más profundamente impresionante que las primeras lecturas de la vida, los primeros dibujos, las primeras imágenes en silencio exhibidas directamente para que las vea el corazón. Un desafío de Guzmán Maturana que no es hiperbólico en lo absoluto. Su presencia es un constante goteo regulado, lleno de significaciones literarias y con un sentido vertebral del primer conocimiento.
