ALIRO ASENJO, ROMANZA SIN PALABRAS
Resbalando como una vaga excusa, don Aliro Asenjo se dejó caer al silencio de mis quince años para ir cubriendo las alturas del salón con música tibia de acordeón y hacerme ingresar al mundo complicado de las corcheas y los ritmos inefables, mientras el viento suave de la nieve de julio, algunas revistas y el humo de su cigarro se iban uniendo a los botones y a las teclas como un combate ciego entre el ser y el no ser de todas las cosas.
La primera semana supe sobre ejercicios con fuelle parado, dedos independientes e intervalos sobre extensiones. Había en esa teoría algo de romanzas sin palabras. Después acudieron los bajos, los fundamentales de la izquierda rubicunda y torpe. Cuando aprendí el stacatto oyéndole gritar entre los acordes que levantaban el vuelo de los visillos blancos, acudió hasta nosotros aquel tiempo de brevedad, como de gotas blancas cayendo desde arriba, acaso del Divisadero con cumbres nevadas y alturas afectuosas, acaso del cordón de la derecha. Don Aliro me exigía hasta el cansancio y se desvelaba en el tránsito hacia la proyección de su enseñanza.
Me encontré una tarde con los ligados y se me aparecieron los melodiosos fraseos, las acentuaciones, los eternos allegrethos, los ritornos como ángeles de fuego entrando por la puerta, las manos juntas, los bajos alternados, los saltos, las dominantes.
Más pronto de lo que pensaba comencé a dejarme llevar por la áspera entrada a la maestría del teclado, junto con la sombra del profesor Asenjo que entraba todas las tardes a la misma hora a la casa altísima de niñez donde llegaban los amigos, las primeras chicas, los primeros periódicos y las radios de Santiago. Las horas crecieron y sistemáticamente aquella casa fue siendo invadida por los arpegios ruidosos de la acordeón de don Aliro.
Semana tras semana llegaba él con impaciencia bajo sus ojos dulces. La nieve y sus pasos crecían, como crecían también sus manos y mis nuevas lecciones. Se abrían las hojas de un método de tapas celestes que conservo aún con gran celo y orgullo. Allí, entreverada con los capítulos llenos de símbolos, fusas, y corcheas, se adelanta y se preserva para siempre la fina letra de mi profesor de música, probablemente con la favorecida indicación, la tarea olvidada, el capítulo imborrable.
Un día fui capaz de entregarle a don Aliro la sensibilidad de un maesto pensiero. Le hizo estornudar en medio del salón cálido con la escalera que abría los segundos pisos. A la semana siguiente me instalé en la silla más baja y cerrando los ojos invadí los oídos de mi maestro con una rubicunda Sensa Parole, expresada con claro sentimiento conflagratorio, apilando muchas semicorcheas en medio de dolientes andantinos, de graciosos moderattos que hacían abrir los ojos del maestro en expresiones muy alentadoras y de supremos scherzos que se pegaban a los vidrios como esponjas de aire y de martirio. Pude advertir, a pesar de todo, a los vecinos que pasaban caminando por la casa y reducían el paso, bajaban la cabeza y oían con curiosidad el alto volumen de los fuelles libertinos. Era una locura indetenida por la tarde mágica que provocaba la llegada del profesor Asenjo a aquella casa nueva de dos pisos que invitaba a vivir intensamente. Sobre la marcha y sin detenerme le lancé una maravillosa pantomima con estilo calmo scorrevole que hizo que don Aliro se pegara a los muros de piedra laja y mirara caer la nieve con disimulo, aspirando con fruición su último cigarrillo.
Otro día rodaron por el espacio de la tarde dos tarantellas con arpegios voladores que hicieron que las puertas se abrieran y crecieran las claves por el aire difuso. Cuando cubrí de crescendos inauditos y vertientes de minuetos el salón, nuestras lecciones llegaron prodigiosamente a su fin.
El maestro Aliro Asenjo compartió el allegro vivace de mis quince años, sin detenerse en detalles superfluos. Acarició con premura el tiempo de los arregostados inviernos y se vino a encontrarme tarde a tarde a la casa natal. No hablamos mucho sino hasta muchos años después, cuando mis aires de adultez eran una puerta adelante.
En este canto triste de romanzas y odas, no puedo olvidar su presencia. Su muerte súbita e inesperada, y su casi nulo reconocimiento, me preocupan. No se pueden creer los silencios que atentan contra su gigantesca presencia. No se deben saltar las imágenes que a muchos niños nos colmaron afectivamente con estas presencias de profesores y aprendices que se ubicaron a nuestro lado en los tiempos del descubrimiento. Es por eso que hoy adelanto mi palabra hacia el corazón de Asenjo, sin buscar nada, sólo para acercarme a él y preguntarle en medio del zumbido de un arpegio, por qué en una acordeón respiran todavía sus palabras y sus gestos.
