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La Coctelera

MEMORIALISTA

Las cosas tenían que suceder de ese modo

23 Febrero 2006

NUNCA NADA (Cuento breve)

Nunca tuve nada en la vida, salvo dos monopatines y un pianito cuando niño y muchos libros, un mecano y avioncitos spittfire de esos que se armaban. Tampoco tuve dinero, jamás tuve tanto como lo tuvieron otros. Ni casa, ni autos, ni placeres materiales. Tuve una mujer hermosísima que ya no lo es tanto y cuatro hijos, que si yo hubiera sido una planta, serían ellos los pétalos.
No tuve amigos, ni le pegué una bofetada a nadie, no tuve nada, casi nada, yo diría que definitivamente fui siempre un pobre diablo. Conservé mis recuerdos como quien guarda cartas de amor y no toleré que la muerte me lleve a ningún ser querido.
A mí, la muerte me encontró anoche desprevenido, justo cuando estaba ocupadísimo tratando de avanzar un proyecto. Me llevaron a un lugar lóbrego y triste y me dejaron allí, lloraban y se consolaban con una tristeza tan grande como la que me embargó a mí el día que se fue mi padre. Luego partieron todos y me dejaron completamente solo.
Cuando ocurrió aquello, observaba a quienes me quisieron echar una última mirada y creo que me di cuenta en medio de la oscuridad y la estrechez, que estaría allí escuchando el silencio por dos millones de interminables años.

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MEMORIALISTA

COYHAIQUE, Chile
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Aquí en mi ciudad natal, las sombras no existen. Sólo el espacio diáfano con olor a frutillas silvestres y un poco de fumarolas a las siete y media de la mañana. Coyhaique me recibe día a día desde que llegué al mundo en el segundo piso de una casa que aún existe y la diviso a veces con pena en la esquina de Freire y 12 de Octubre. De aquí salieron un día mis naves a buscar puertos seguros. Y me enamoré de las palabras, sagradas, emotivas, directas, llenas de poesías levantando viento o viéndose morir gracias a la inmediatez de que se valen para existir. Esos soplidos son verdes, como nuestras selvas que se montan sobre las camionetas y se convierten en humo que asciende por miles de techos. Coyhaique es siempre visitado por gente absorta y con ojos nebulosos que casi nunca hablan español. A ellos se los llevan a los ríos y a las selvas, los hacen aprender flyfishing, les llevan a gastar su dinero a centros nocturnos donde se toma mucha cerveza. Mi padre falleció hace 11 meses. Mi madre viene llegando a una casa nueva que arrendamos. Mis hijos son 4 y están desperdigados, sueltos por Chile, llenos de bríos, esperanzas, hijos y parejas que les aman. He escrito desde niño. En la universidad me descubrieron detrás de un cuento donde había manzanas rosadas. Era el laberinto de la UCV, de fines de los sesenta, cuando escuchábamos a los Jaivas y al Pirincho en la radio, todas las noches. Luego llegarían tiempos serios, como brújulas, todo marcando perfecto, con coordenadas que se entrometían entre mis versos y mis cuentos. Ahora estoy en Coyhaique y administro un Ciber café en pleno paseo Horn, donde trato de hablar inglés con los turistas para explicarles lo que somos. Escribo diariamente. Y viajan mis palabras a través de varios laberintos estrechos y también anchos. Mis palabras me pertenecen. Mis memorias son éstas. Acabo de ganar un premio en el Consejo del libro con mis 181 crónicas de la primera hornada. Para escribir hay que estar solo y vivo. Así estoy. ESCRIBE TUS COMENTARIOS. NOS HARAN BIEN A AMBOS. O mandame un email: dimelotou@gmail.com

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