Somos tres aquí arriba
entreverados en el follaje y la hojarasca
la misma silueta renunciada
dibuja los resabios de un pie descalzo que no vuelve, de una fronda
viniéndose al suelo, de una calavera
somos tres sentados en las miasmas del vacío
y decimos
que el silencio iba a dejarnos sin habla y que en sí mismas
las hojas que nos sacuden hasta el estremecimiento
iban a ser nuestras,
o a lo mejor iban a estar disponibles.

Allá afuera
el sol no da alternativa, ni la voz cansina
del viejo carnicero que llama a gritos
a los gatos amarillos.

Aún así presentimos que no es aquella
la misma silueta abandonada
que nada es en sí mismo
ni arrebol ni sonrisa
cuando la muerte aprieta con sus labios
el cordón acidulado de nuestra entraña vacía,
por eso, o acaso por otra causa indefectible
es que optamos por seguir ahí
con las hojas sacudiéndonos
hasta el temblor que regresa
y el paso de los custodios sobre el adoquín brillante
que es por donde mil doscientas palabras
rechinaron con ecos milagrosos,
rebotan con soltura frente al precipicio
desde la profunda máscara de fieltro
que una noche nos pusimos
y que llevamos todavía
aparatosamente por el mundo.