Plena de lunas y calores, la mujer vertió en la tetera el resto de antisárnico. Era un polvo frío y blanco que cayó sobre el líquido caliente y se fue disolviendo casi sin prisa en el fondo oscuro del recipiente.
Había un campamento, doce hombres martillando sin ruido, sigilosamente, una fogata tibia y pálida al centro, cerca de los álamos y unas maderas nuevas y olorosas, recién cortadas y aserreadas que las habían traído por la tarde desde el campo amarillo de los Antecao.
La noche proponía en silencio el frío verdinegro de los azares, que se iba posando sobre las espaldas arqueadas de los carpinteros. Más lejos, en el Bajo, titilaban las luces débiles de los candiles, justo cuando al maestro Cayún lo estaban llamando fuerte para que saliera con un grupo a buscar al petiso Ayancán que todavía no llegaba de las tropas.
La estancia proponía la virtud de llevarse los recuerdos y disolverlos, para que el ojo no se distraiga y mirara de frente. Muchos hombres solos, la mayoría solteros, llegaban en vapores crujientes a las frías aguas de Puerto Dunn. Se alzaban por la noche para avanzar por los balseos y explotar como la pólvora en la Cuesta Caracoles, ateridos de frío y de silencio, viendo entrar las palabras del siglo remolón que recién comenzaba. Arranchados bajo los coigües, expertos en dolores y olvidos, los hombres negreaban por la noche y se hacían avance sobre las carretas, con lluvia de cuarenta días y el silbido de los perros que se quedaba colgado de los senderos anchos.
(Cómo lo cuento para decirlo todo...)
Los martillazos eran incesantes y sostenidos. Cientos de clavos yacían en diferentes costados del terreno, dentro de cajas de cartón plomizas y alargadas, herramientas, guardapolvos, metros y serruchos. Los doce carpinteros debían terminar la casa apenas clareara el alba, cuando el gallo colocara orgulloso bajo el sol su primer kikiriquí.
Sus rostros reflejaban la dura urgencia del desafío, encasquetados con pañuelos y sombreros alones. La obra iba viniendo por la noche y se impulsaba el asombro del rápido avance, las vigas, los piederechos, el armado de las dos aguas...
(Siento un silencio cayendo sobre estas letras de sueño)
El maestro Juan Ramón de Gallipao se había puesto gordo de tanto comer capón y no se encontraba muy apto para encarar las faenas de construcción. Por eso, agitándose en el aire que le iba faltando, impartía órdenes, alzaba la voz, organizaba resollando.
––¡Ahí dejaron mal asentada esa viga! ¡Almonacid, ponga la lámpara, está pasando esa luz por la juntura! ¡Esos carpinteros mierda..! ¡Así se hace carajo!
La mujer saltó de pronto a la noche, sin ruido y sin palabras. Nadie supo de dónde. Vestía pantalones y botas, una campera negra y pañuelo al cuello, un sombrero alón exageradamente grande. Traía en sus ojos un movimiento de arreos y en la boca enigmática comenzaba a dibujarse la figura del cansancio.
––¡Noches don! ¡Ando buscando alojo! ¡Y comida!
La voz emergía insolente de una boca pequeña con dientes sucios de tanto pitar del caporal.
––Y si tuviera una pega, tamién le hago...
Es que, una mujer en las obras masculinas provocaba distractivos y rompía esquemas rígidos de soporte. Los hombres la miraban. No debía tener más de treinta años y al verla tan cerca una cosquilla oscura y entonces los martillazos más suaves y el serrucho más plácido.
Se acercó a la fogata y comenzó a descalzarse las botas, proyectando un aire fuerte de sudores y multiplicando aromas cerriles que sujetaban las seguridades.
––Oiga doña ––le espetó el maestro Ramón.–– Usted se quedará esta noche, ¿no?
––Sí, puh. Si no tengo donde irme, puh.
––Mire oiga, tenimos un trabajo difícil. Un trabajo pesado.. y yo creo... con todo respeto...
––Difícil... ¿ah? Entonces le podría entrar a ayudar compañerito. Yo le hago a todo oiga.
––Mire iñora, estamos tratando de terminar esta casa antes del sol. Si no lo hacemos, perdemos para siempre la oportunidad.
––¿Qué oportunidad?
––Si hacemos esta casa, será fácil después hacer otras... pero si no la hacemos, nos quedamos sin pueblo.
Por los limitados sonsonetes de la voz, se erguían los taciturnos y encendidos signos que la mujer trataba de armar para entender. Ella debía seguir adelante (le decía su yo endiabladamente interior), debía quedarse ahí esa noche.
Caminó a tranco muy lento hasta donde estaban los maestros y se metió a reirse con uno. En su cerebro enfermo se instaló de repente el entusiasmo por el hombre. Y cayó en la cuenta de que podía sentir también la sinrazón de sus cosquillas.
––¡Hey, Toledo, fíjate donde pones esos clavos ché!
La noche avanzaba sin prisa. Bramaron toros a lo lejos y una luna redonda apareció. La casa, a la luz de los candiles también iba creciendo. Se promovían espacios y aumentaban los armajes.
De pronto, la doña gritó fuerte, como un tajo profundo:
––¿Quién dijo mate amargo? ¿Tú, compañerito..? ¿O tú, compañerito?
Rieron algunos, chancearon los menos. El maestro Ramón respingó la nariz y se encaramó más arriba del tinglado. “Mate”, pensó. “Nos caería tan bien”.
––¡Eh, mujer! ¿Cuánto falta p’al mate? –preguntó resignado.
––Ligerito lo tengo, patrón. Voy a ir a traer esa pava y a cebarlo con mis manos. Respinguen mientras y ahí nos juntamos. Pongan leñita al fuegón...
Bajaron algunos, otros continuaron clavando y aserruchando.
(Qué hago para seguir diciéndoles lo que viene)
La ronda había comenzado. Gutiérrez y Almonacid, Cárdenas, Coliboro, Cayún, Rodríguez y Mellado, junto al maestro Ramón. Todavía no bajaban Paniata y Rebolledo. La mujer tenía ojos muy negros, con un fulgor extraño, que invitaba a silencios. Lentamente comenzó a cebar la yerba y a mover la bombilla de lado y lado, mientras musitaba un canto desconocido. Era una melodía antigua, como criolla de los fogones del Chalía. Así lo entendía el maestro de Gallipao, que observaba atentamente el giro de la canción, siguiéndola con el movimiento entusiasta de sus labios resecos.

Así me lo vas a dar
el beso que te he pedido
no te atrevas a soltarme
cuando llegues a dudar
que el amor te hace tan mal
y en la boca has de besarme.

Absortos en la melodía y en los versos, llenos de placer por el avance de la casa y con ganas de que un poco de agua caliente les fuera apagando la sed y les desalterara el cansancio, se dieron por entero a esa mujer que nunca nadie había visto nunca. Laboriosa y eficiente, ella comenzó a servir las primeras corridas. Su silueta recordaba algo del hogar y de la gente propia. Las manos toscas recibieron el calabazo más veces de lo pensado. La ronda comenzaba a dispararse, los verdes se iban aguando en medio de la alegría del grupo.
La noche entró de lleno a sus pieles frías y el gallo cantó tres veces un kikiriquí plagado de presagios. El viento se llevó los ruidos de las herramientas y los devolvió rodando por las laderas.
Los diez hombres estaban tendidos en el suelo cuando llegaron los piquetes de reconocimiento, avanzando a caballo y recorriendo los cuerpos. Una mujer, la única y sola mujer, toda vestida de negro, farfullaba sola, encaramada como una pantera en la parte más alta de la casa a medio terminar.
––¡Sargento González!
––¡Mande mi teniente!
––¡Suba y traiga a esa mujer de inmediato!
Resistiéndose cuanto pudo, hizo que el trabajo de bajar se convirtiera en algo largo y penoso. Media hora estuvieron tratando de convencerla. Por fin aceptó y entre tres carabineros la llevaron hasta el suelo pisoteado, justo cuando el sol levantaba los primeros rayos.
––Señora, usted queda detenida a partir de ahora. Llévela sargento.
Era improbable que en medio de una tierra recién levantada, con hombres extraños llegados de tantas partes para trabajar en tropas y en esquilas, la mayoría de ellos sólo por comida y alojo, pudiera hacerse la autopsia de los diez cadáveres de un día para otro. No había posta, ni médicos, ni matronas, ni sacerdotes, ni profesores, ni autoridades. Sólo allá arriba, en la ciudadela de la estancia, alguien, seguramente un administrador inglés, se conocía de memoria el cuento.
Por eso, cuando el teniente de carabineros le dijo que habían encontrado a los diez hombres muertos a los pies de una casa a medio construir, cerca de la confluencia, míster Macdonald se limitó a aspirar por cuarta vez en la mañana su pipa Ascott y a pasearse cadenciosamente mirando el suelo y levantando de vez en cuando los ojos para hurgar en silencio el rostro del teniente. Finalmente preguntó:
––¿Y la María Méndez, dónde me la tiene?
––En el galpón de acopios, míster. Está amarrada al poste mayor y sigue diciendo cosas.
––¿Cosas? ¿Qué cosas dice?
(Algo le encontré a esa mirada cuando preguntaba de aquella forma el inglés. Se adelantaba a todo, tomaba lo que viniera con displiscencia y desagrado)
––Habla de los hombres que estuvieron con ella, del mate amargo que nunca tomó, del antisárnico que puso a la tetera grande y del dolor que siente ahora. Está llorando como una niña.
––Teniente, vaya para allá y dígale a esa mujer que se vaya no más, que se regrese de donde vino. ¡Ah, déle este sobre con dos mil pesos! Que son para ella y que se lo ha ganado. Ensíllele un caballo y que cruce la frontera. ¡Pero ya!
––A la orden míster ¿Y qué hacemos con los cuerpos?
––Entiérrenlos junto al río con Martínez y Cifuentes. Desarmen la casa y guarden la madera, a ver para qué nos puede servir.
––¡Eh! ¬¬––¡Y dígale a sus compañeritos que ningún chilote ‘e mierda puede construir más casas brujas en estos lugares!
Al día siguiente, míster Macdonald mandaba el telegrama a sus superiores:

“Construcción casa bruja abortada. Hay diez rebeldes muertos punto mujer cumplió plan previsto punto enviámosla Argentina. Esperamos nuevas órdenes”.