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La Coctelera

MEMORIALISTA

Las cosas tenían que suceder de ese modo

15 Julio 2007

LA VITROLA DE MARCHANT Y LOS MUELLES DE LOS AÑOS 20

En los albores de los años veinte, en el naciente Puerto Aysén, aún no fundado, pero consagrado a los elementales trabajos de acopio de mercaderías en muelles y galpones recién construidos, se respiraba una especie de aire primero, en que todos los involucrados en el nacimiento se encontraban disfrutando del instante. Tanto, que ni siquiera sabían por qué estaban ahí, importando tan solo aquella ocasión privilegiada de trabajar duro en medio de una severa crisis laboral. Nadie miraba al otro ni tampoco se ahondaba mucho en la detención para la vida social. Importaba tan sólo acatar órdenes superiores de echar a andar un proyecto de gran bodega de acopio, un pueblo que comenzaba a respirar por sí mismo y miles de actividades pendientes. Acaso la vida social se encontrara en las ceremonias inaugurales, en las fiestas de reunión de fondos y en los beneficios para las primeras obras.

En aquella gloriosa década sobresalían todas las iniciativas del intendente Marchant, glorificándose con luces propias aquella que había impuesto primero con su vitrola, la cual acarreaba a una mesita que colocaba en el muelle cuando se recepcionaba un vapor oficial, escuchándose el himno nacional en un viejo disco de acetato de setenta y ocho revoluciones por minuto. Ese detalle es el que más se recuerda, no tanto por su originalidad como por el efecto multiplicador que produciría poco tiempo después, cuando en base a la misma modalidad Marchant decidió prolongar las recepciones a todos los barquitos que se acercaban a los molos de carga del puerto, en consideración a que dicho gesto constituía una señal de bienvenida en grado máximo, que despertaba en quienes llegaban por primera vez a las húmedas y oscuras espacios del puerto un sentimiento de gratitud y buena acogida, sintiendo una verdadera pertenencia al hogar que les recibía. Esos sones musicales eran tan demostrativos de una etapa de vida que comenzaba, que todos los que los recuerdan manifiestan vivas emociones al regresar a esos tiempos.

En esos lugares marinos de un puerto semi improvisado existían ya en aquella década los cuatro muelles que funcionaron perfectamente durante cuarenta años. Estos eran el muelle de la Ferronave que dependía directamente de los Ferrocarriles del Estado con funcionamiento en Puerto Montt; el muelle de la Compañía Ganadera de Cisnes, cuyo centro de operaciones funcionaba en la famosa Estancia Cisnes; el muelle de Quipreo, Alonso y Cía. y finalmente el muelle de la Compañía Ganadera o Sociedad Industrial del Aysén que se ubicaba frente a la segunda Comisaría de Carabineros.

Una de las visiones más espectaculares la constituía la llegada de los vapores cada cierto tiempo, atestados de gente, pasajeros, mercadería y ganado. Aquellos vetustos vaporcitos aparecían en el horizonte a velocidad mínima por su limitada velocidad de calderas movidas por efectos de la combustión de carbón y era en ese instante en que la banda de carabineros, apostada en un lugar estratégico del muelle de la Ferronave comenzaba a alimentar de melodías un ambiente prácticamente distendido y con nula actividad portuaria. El acontecimiento hacía que todo se detuviera en verdad. Con aquellos primeros aires musicales comenzaba a acercarse la gente de todos los sectores de las vecindades, familias completas ataviadas con sus mejores trajes, los alumnos de la escuela, la gente del comercio y algunas autoridades. El muelle comenzaba a cubrirse del ambiente festivo provocado por la llegada del barco.

En aquellos días navegaban por las aguas de aquellas rutas vapores, goletas y pequeños navíos que ya pertenecen a la galería de la historia, con sus nombres inolvidables, Colocolo, Coyhaique, Huandad, Inca, Alondra, Taitao, Chacao, Mercedes, Constitución Yates, Santa Elena, Trinidad, Tenglo, Río Aysén, Orlando, Elcira...

Tal vez no haya ni que decirlo, pero la convocatoria de tanta gente sobre los añosos maderos del muelle de la Ferronave provocaba una interacción social bastante intensa, lo que con el tiempo se hizo una verdadera costumbre y acaso un ritual de aquellos que convoca hoy, por ejemplo, la hora de la misa en las pequeñas aldeas. Lo más importante es que la mayoría de la gente que acudía en los barcos nunca había venido y nadie le conocía, por lo que no se trataba de recibirlos u homenajearlos con música. Simplemente era un rito de bienvenida que se transformó con el tiempo en un sello distintivo de los viajes a Puerto Aysén.

Aquella histórica banda de la Carabineros de los años 20 pertenecía con orgullo a una comunidad agradecida por esas magníficas retretas de los martes, jueves y sábados en la plazoleta 21 de mayo, frente a la residencia del Intendente en el muelle, donde luego funcionaría el inolvidable Hotel Aysén. El grupo había sido fundado en 1929 y algunos de los nombres de integrantes todavía vuelan en los vestigios olvidados de sus maderos, entreverados con los burles, los clarinetes y las tubas: Domingo Poblete y Julio Orellana, Juan Droguet, Bernardo Mora, Jeremías Ramírez y Julio Henríquez, Ernesto Durán, Enérico Muñoz, José Barría, Emilio Valdivia, Delfín del Real, Luis Torres y Quintín Millar.

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14 Julio 2007

ADELANTE, USTED HA LLEGADO A LA ESTANCIA

ADELANTE, USTED HA LLEGADO A LA ESTANCIA

Por el efecto que produce la visión de una fotografía antigua, es posible advertir la realidad de aquella estancia perdida en los recuerdos, posiblemente en la primera dimensión física que presentaba por los años 40. Se emplazaba en medio de un árido sector de la pampa, lugar donde se gobernaban las vidas de cientos de peones dedicados a las faenas de esquila, marcaciones y baños, tropas y estanciería capacitada.

Fueron miles los que pasaron por ahí. Rodeada de un terreno plano que se perdía mucho más allá de la frontera en una extensión casi infinita, bajo el siempregris del cielo patagón, en medio de un silencio sepulcral, remecido tan sólo por el viento indetenible, justo al medio de un oasis con aguas y escasos árboles raleados.

Cuando los administradores planificaron el levantamiento de sus propias casas, no pasaría mucho tiempo antes de que se comenzaran a levantar otras viviendas, galpones para las esquilas, casas del contador, el capataz de patio, las cocinas, los dormitorios, los comedores. Una estancia guarda y presenta todo lo necesario para se viva en ella como en una verdadera ciudad. La única diferencia notable es la escasa cantidad de población. En las estancias como la de Cisnes nunca vivieron más de cien o doscientos individuos.

Presentaba primero un punto central constituido por la Casa de la Administración, una casa de madera de dos pisos y con un detalle espectacular y curiosísimo: poseía un corredor español, tipo colonial, con nueve sólidas columnas sosteniendo un tejado que, aunque no fue de totora, daba la impresión de que faltaba tan sólo ese par de tinajas típicas de Lolol o Malloa. La casa era inmensa y llamaban la atención esos detalles que hacían retornar a los tiempos de las casas patronales. El pórtico central lo formaba una gran puerta principal y otra lateral, aunque muy alejada de ésta. Ambas puertas estaban rodeadas de tres ventanas triples por el ala derecha y de otras simples provistas de barrotes por el costado izquierdo. A un costado de la casa y a continuación, comenzaba el ala lateral que seguramente conformaba el sector de los aposentos privados de los administradores.

El segundo piso lo constituía una balaustrada o mansarda, con dos ventanucos de seis vidrios, siendo aquella la parte más alta, la cual servía de lugar de observación o atalaya. Tres ductos de chimenea de cemento y ladrillos se erguían sobre el tejado de zinc, y a ellos se sumaban otros cuatro ductos de caños para estufas a leña. Un orgulloso mástil ocupaba el centro de la entrada, en el mismo tejado. El corredor principal recibía la entrada a través de un caminito de tierra con pequeños envaralados longitudinales, rodeados de profusos jardines siempreverdes y plantíos que remataban en una especie de invernadero a un costado del sendero. Al lado había un columpio y dos corridas alternadas de álamos nacientes. Todo el conjunto de la casa estaba rodeado por follaje de árboles tupidos.

Más allá se alzaban nuevas casas, más pequeñas por cierto, pero no menos importantes, diseminadas en un radio mucho mayor de unos quinientos metros. Un prodigioso galpón de esquila dominaba todo el circuito. Tenía dos pisos con corrales y bretes que ocupaban una extensión construida de unos ochenta metros cuadrados. El galpón era gigantesco, casi todo de cemento y techo de zinc. Tenía al frente un cargadero y su imponente fachada hacía pensar en el gran trabajo que en su interior se efectuaba durante las duras temporadas de esquila y faena lanar.

Dicha estancia, en la parte que concierne a la descripción, prácticamente no existe, aunque se conservan retazos y restos de construcciones que hoy constituyen reliquias del patrimonio del imponente lugar. La misma gran extensión habitacional que otrora constituyera un gran monumento a la laboriosidad de miles de peones y cuadrilleros, hoy se retira a una adaptación que sigue el curso de los tiempos que llegan, nuevas modalidades y estilos bajo la misma atmósfera elemental de la soledad y el gris del cielo patagón. Hay siempre conservado un estigma que siempre caracterizó a la estancia: los urgentes gritos del vellonero, los agigantados pasos del agarrador, o del playero pagador de lata que persisten en estar siempre ahí, como si las generaciones de esquiladores y la llegada de la comparsa continuara invitando a la urgencia de este chapuzón de identidades tan necesario en medio de estos tiempos en que, irremisiblemente, se nos mueren.

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14 Julio 2007

Días de charleston frente a la plaza

En Puerto Aysén, aquellos jóvenes estudiantes de antaño que promovieron tantos carnavales, tantos bailes a beneficio, tantas instancias de regocijo, sin pensarlo se irían a transformar en los precursores y pioneros de la radiotransmisión en el territorio de Aysén.

Corría el año 1945 y aquellos mozos y mozas, incentivados por la algarabía que propone la organización de una Fiesta de la Primavera, instalaron una especie de radioparlante, de esas antiguas bocinas, a fin de encauzar a través de aquel gangoso sonido todos los libretos preparados para tan magna ocasión.

Es así que en breves minutos se instauró en la provincia la primera transmisión radial para un segmento auditor efectivo e instantáneo. Aquella bocina quedó instalada en la planta superior del Hotel Plaza, seguramente adosada a una de las ventanas de la monumental fachada, que muchos aún recuerdan como el mayor edificio de tres pisos, el más imponente de que se tenga memoria para la situación urbana de la época. Actualmente funciona ahí la Casa Pualuán. Quien tuvo principalísima injerencia en esta actividad pionera es don Yussef Laibe Villarroel, ilustre vecino de los principios del puerto, el que en aquellos días integraba el grupo de educandos del Liceo y otro de los integrantes del Alas de la época, Pedro Saavedra. Junto con enviarse saludos y besos los pololos, de entregarse mensajes especiales y bromas públicas, la transmisión servía para que los temas musicales de moda hicieran furor al escucharse en aquella bocina los últimos charlestone, foxtrots y valses que llegaban de Santiago. Con aquella primera experiencia radial quedó la vara muy alta para continuar efectuando emisiones en vivo. Fue Ricardo Osorio que unos ocho años después, al crearse el Deportivo Liceo instaló un segundo radio parlante en similares condiciones, pero no para resaltar una fiesta de la primavera sino para hacerlo funcionar como portavoz de las actividades deportivas y estudiantiles. A este nuevo desafío le pusieron el nombre histórico de CL-106 y fueron capaces de difundir programas culturales, informativos y gran variedad de música popular. Integraban este insólito equipo radial Edgard y Nassif Pualuán, Rodolfo Biere, Ricardo Stevens, Ricardo y Juan Osorio, Manuel Bórquez, Jorge Cuevas, Ricardo Carvajal, José Pepe Calvo Monfil , Luis Ramírez y Hugo Mora.

Desde aquellos primeros intentos muy básicos de radiotransmisión se fue conformando una sólida base guiada por el entusiasmo y el éxito de aceptación entre la comunidad, que veía con muy buenos ojos la integración a la música popular y a los mensajes de tono festivo, incluso a los radioteatros o programas culturales que tan bien se sentían a través del vociferante sonido metálico de las bocinas. Se sabe que quienes integraban este esmirriado grupo tuvieron un momento de reflexión para superar el entusiasmo inicial y echar a andar las ideas para crear una radio de verdad. Cierta tarde decidieron reunirse para conformar las primeras estrategias tendientes a organizar mejor sus intenciones. Realizarían una campaña masiva entre la comunidad con el fin de reunir fondos. Entonces, en unión con el Cuerpo de Bomberos organizaron una Fiesta de la Primavera que va a ser muy difícil de olvidar por la gente involucrada, ya que los fondos reunidos superaron con creces a los inicialmente estimados. Tanto, que los apoderados y docentes de la época vieron con malos ojos una inversión tan descabellada, exigiendo el cambio de directiva del grupo Liceo. Los jóvenes, idealistas y soñadores, además de tozudos en su empeño, no vacilaron en continuar con la idea, hasta que un día don Ruperto Urzúa que trabajaba como técnico de Correos y Telecomunicaciones les preparó especialmente al grupo un equipo de transmisión básica, de onda larga pero de corto alcance en su señal, quienes pagaron por él 28 mil pesos de la época.

El año 1955 es histórico para la aparición formal de la primera radioemisora en la reverberante Puerto Aysén, al aparecer la primera radioemisora de verdad bajo el nombre de CD-148 Radio Aysén de Puerto Aysén, a cargo del Club Deportivo Liceo y bajo el mando del novel director don Ricardo Osorio Araneda, el verdadero precursor del concepto de la radio en la vecina comunidad. Como muchas experiencias similares en diversas comunidades del mundo, este sistema de transmisión moderno para los tiempos que se vivían engrandeció el ámbito y el carácter de un núcleo social que ya se había afianzado desde el punto de vista de su organización y que merecía aunar voluntades y objetivos a través del encauzamiento y unificación de sus propósitos. La radio estaba ahí, al alcance de todos, siendo escuchados y comentados sus programas. Se iban dando avances importantes en la transmisión de veladas y actividades sociales, de kermesses, de fiestas sociales, justas deportivas y ceremonias cívicas. La radio se enredó en el buen sentir de la gente, entronizándose en el corazón de sus habitantes. Con una sintonía de muchos miles de habitantes y con un alcance efectivo de 10 kilómetros, la Radio Aysén continuó sirviendo las necesidades de las comunidades del puerto, con programas bailables y recreativos, la hora romántica, las emisiones deportivas, las noticias y aquel recordado espacio llamado La Hora del Magisterio.

Nuestra radio de hoy no se compara con la del principio, cuando un grupo de románticos y quijotes tenía una misión clarísima cual era levantar algo que no existía. Por supuesto, ya había una semilla que es el fenómeno producido cuarenta años antes en torno a los movimientos estudiantiles de la radiotransmisión. Un verdadero sueño acariciado.

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23 Junio 2007

Las implicancias fenomenológicas del terremoto de Mayo de 1960

Si fuéramos expertos sismólogos, y pudiéramos mostrar un informe a nuestros lectores sobre lo que ocurrió en la provincia de Aysén el domingo 22 de mayo de 1960, probablemente escribiríamos lo siguiente:

El sismo del 22 de Mayo de 1960 es la mayor catástrofe registrada en la historia. La ruptura tuvo mil km de largo, y el desplazamiento sobre el plano de falla superó los 20 metros. El mecanismo indica falla inversa en el plano de subducción, y propagación unilateral de la ruptura desde el norte hacia el sur, como indica el efecto Doppler observado. La destrucción se extendió en la zona comprendida entre Concepción y Aysén, y el tsunami generado afectó todas las costas Pacíficas. La costa chilena sufrió levantamientos y hundimientos permanentes de varios metros. Volcanes andinos fueron perturbados y desencadenaron erupciones. Por primera vez fue posible medir la frecuencia más baja de oscilación de la Tierra, con un período de 53 minutos. Ondas superficiales viajaron varias veces en torno a la Tierra. El proceso de ruptura incluye réplicas que duraron décadas. La sismicidad histórica muestra que la repetición de la ruptura Concepción-Aysén es cuasi-regular con un período del orden de 128 años.

Aquel día domingo los coyhaiquinos habíamos terminado de almorzar y la mayoría nos encontrábamos relajados, algunos en la sobremesa, otros, lavando la loza y, los menos, trabajando. En el último grupo nos encontrábamos entonces. Por lo mismo, el terrible movimiento nos pegó un chopazo de frente. Estábamos con papá encaramados a una escalera de pie, colocando mercaderías a una repisa de 3 metros, cuando se escuchó el estruendo subterráneo que provocó los más encontrados comentarios y los más manifiestos terrores.

Quienes estaban aquel día en Coyhaique lo deben recordar fácilmente, deben visualizar aún en el cerebro las imágenes visuales de los cercados reptando como serpientes a través del pasto, grietas abriéndose por doquier, automóviles desplazándose calles abajo y todos los servicios básicos, luz y agua, suspendidos. Como no había televisión, y los diarios llegaban una semana después, el receptor de radio se transformó en el principal elemento de sobrevivencia. Sólo era necesario surtirse de gran cantidad de pilas para afrontar las emisiones radiales de la gran cadena nacional comandada por las radios Cooperativa y Minería, con las voces sacratísimas de los desolados locutores, de cuyos labios emergían interminablemente las listas de casos fatales. Aquella transmisión monstruosa se prolongó por espacio de quince largos días, y era el único elemento puente que nos unía con la realidad.

Recordemos que además estaban en el suelo grandes ciudades como Concepción, Corral, Valdivia y la mayoría de los poblados chilotes. Un increíble maremoto se tragó literalmente la ciudad de Castro y los muertos sumaban miles diariamente. Resonaban en nuestros oídos los desesperados intentos de los familiares de las víctimas en un afán denodado y casi inútil por encontrar a sus deudos con vida en alguna parte de los escombros. Por eso los paseos a través de los interminables mensajes de las radios santiaguinas. La rutina se desequilibró, toda esa normalidad de la vida cotidiana se desencajó a tal punto que había muy poca distancia entre el terror y la gratitud. Los periodistas y fotógrafos redoblaron esfuerzos para captar con sus antiguas cámaras la desolación de los pueblos destruidos. Esas imágenes son las que acompañan los recuerdos de hoy.

El sismo del 22 ocurrió exactamente a las 14:55 P.M., y tuvo una duración de 10 minutos. Pero continuó por espacio de 15 días, con 37 epicentros que entraron en acción como una gran cadena. Estos se repartían de Norte a Sur en una extensión de 1.350 kilómetros, lo que constituyen unos 400.000 km2 . Es por ello que en algunos lugares el sismo concluyó primero. En ciertas zonas, como las comprendidas entre Puerto Saavedra y Chiloé, los epicentros se encontraban en la región costera y en algunos puntos cordilleranos motivándose unos a otros, lo que explica la duración del fenómeno.

La magnitud máxima registrada fue de 9,5 en la escala de Richter, y constituye la mayor magnitud registrada de un terremoto en la historia sísmica mundial. El fuerte movimiento abarcó 13 provincias entre Talca y Aysén, incluyendo once provincias afectadas por el terremoto del día anterior. La intensidad máxima alcanzada fue de once en escala de Mercalli modificada en la Zona de Valdivia, pero revisando los desastres provocados en algunas zonas, bien se pudo haber asignado una intensidad de doce.

Lo que sobrevino después fue indescriptible: derrumbes, ruinas, incendios, inundaciones, una lluvia copiosa y el tsunami. El cálculo final de muertos y desaparecidos nunca se ha sabido con precisión, ya que, por falta de registros, o falta de datos de zonas demasiado lejanas los informes de la época no coincidían en una cifra única.

De nada servía vivir en casas de cemento pues las grietas se abrieron igual, los remezones eran continuados, nadie pudo dormir en quince días, las clases se suspendieron, las familias permanecieron encerradas, el comercio continuaba funcionando con lo que había, hubo desabastecimiento, Coyhaique y Aysén eran otras ciudades, no las mismas de siempre.

Si usted no estaba ahí, se lo contamos.

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23 Junio 2007

Una de las incursiones de Augusto Grosse por el Lago General Carrera

Quisimos hoy insistir en los impresionantes movimientos de exploración de Augusto Grosse, no sólo por el placer que causa conocerlos sino, además, porque seguramente a usted nadie se los ha contado y a medida que el tiempo vaya pasando, menos oportunidades tendrá de tenerlos consigo. Son verdaderos tesoros testimoniales.

Para Grosse había resultado extremadamente grato el viaje debido a la presencia de mucha gente que poblaba todos los sectores del lago trabajando sus tierras. Al llegar por ejemplo a lo que hoy conocimos como Mallín Grande, que significa Gran Pantano y que antes era conocido como Ushuaia. es en este lugar lleno de selvas que Grosse interroga, vivamente impresionado, a unos lugareños sobre algunos datos históricos que arrojen pistas sobre el pasado del paraje. Y varios le cuentan la historia de los pistoleros fugitivos que pasaron por aquí huyendo de la justicia. Aquí hay que detenerse ya que algunos cronistas han decidido por su propia cuenta atribuir la presencia de estos forajidos atribuyéndoles todas las características de la banda de Butch Cassidy, lo que constituye un lamentable error de interpretación. Resulta atractivo asimilar dichos hechos con la presencia de este famoso forajido que se escabulló eternamente de la justicia, pero los parajes chilenos están fuera del área donde se produjeron tales hechos históricos. Hay que considerar además que dado el carácter y la inteligencia de estos norteamericanos, jamás hubieran caído en la trampa que estos cayeron, por lo que se descartan absolutamente.

Y efectivamente este grupo de bandoleros provenientes de Argentina eran tres hombres y una mujer que huían luego de haber saqueado un banco, exactamente como había ocurrido con la banda de Cassidy. Como entonces no existían embarcaciones en el lago, habrían optado por descender por la ladera más escarpada que se conoce con el nombre de Las Llaves, quedando en cierto momento atrapados en el lugar sin poderse desplazar en ninguna dirección. Dice Grosse que no es posible verificar esta historia, pero es muy probable que esté muy cerca de la realidad. Nos consta, por testimonios grabados que es así, y la opinión de Grosse presenta cierta ligereza, ya que él no fue investigador.

A medida que van pasando los días, el avance les va mostrando la aparición del Valle del río Tranquilo que estaba limitado por altas cumbres nevadas y es a orillas de un riachuelo que organizan el primer campamento, teniendo siempre a mano la presencia útil de los colonos del lugar, Lagos, Martínez, Pérez. Por ejemplo, en casa de Lagos se vendía un buen queso, carne, leche y huevos que adquieren con verdadero gusto para enfrentar los nuevos rumbos que les esperan. Mientras regatean, ensimismados con el buen aroma de los alimentos, Lagos le sugiere al explorador que se haga acompañar por Martínez y sus caballos, ya que dispone de muchos y buenos. Pero cuando va a buscarlo, aún no había llegado de un trámite largo. Es entonces que nuestro aventurero se dirige a la casa de un colono chileno de ascendencia alemana que vive en los alrededores, para lo cual tendrá que cabalgar sus buenos ocho kilómetros. Se llama Kreisel y está poblado en el sector occidental de Bahía Murta. Cuando conoce el campamento y la casa de su paisano, se llena de emoción y afecto por él, que también se abraza a su compatriota en este lugar tan lejano a su patria. Conoce las instalaciones de un buen aserradero que en ese momento se encuentra funcionando, accionado por fuerza hidráulica. Se habla de Kreisel como de uno de los primeros ocupantes de este valle, y cuando Grosse le conoce debe tener unos cincuenta años de edad, gran capitán de barco, navegador impenitente con su nave naufragada que le había obligado a quedarse por esos lugares.

Es entonces que Grosse, con su ocasional anfitrión decide visitar la impresionante conformación rocosa llamada Capilla de Mármol, de roca calcárea sobre columnas, principalísimo monumento natural declarado de alto interés turístico. Aunque los germanos no tienen bote, desde la distancia quedan hondamente impresionados ante la esplendente visión.

Los caballos no aparecen, el tiempo se pierde. Grosse reflexiona en su diario: Nunca podré acostumbrarme a la paciencia patagona. El 13 de Enero de 1943 llegan a la casa de un tal negro Jara, quien ha fallecido. Les reciben su viuda y sus nueve hijos. Más adelante, en la laguna Tranquila, vive el colono Jara, que no está en casa cuando llegan los exploradores. Hay una mujer enferma, que agoniza sin que ellos puedan hacer nada. Les manda a decir que se vayan.

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23 Junio 2007

Un encuentro con Danka Ivanoff en la ciudad del sol

Fuimos invitados en 1991 a un interesante encuentro cultural organizado en la ciudad de Chile Chico por la escritora y recopiladora Danka Ivanoff Welmann, quien gentilmente nos cursó la invitación. Pero no alcanzamos a llegar porque los caminos estaban intransitables, y aunque acudimos a la cita, llegamos con un día de atraso. Pero Danka nos permitió igualmente sentirnos participantes. Junto a Baldo Araya nos invitó a un improvisado programa radial realizado en la emisora local y por la tarde, luego de un opíparo almuerzo, nos estimuló a disfrutar de algunos momentos de remembranzas en el improvisado museo levantado para la ocasión, concurriendo por la tarde a conocer el Cementerio Viejo, donde tomamos fotografías a una de las tumbas más antiguas del lugar, la de don Santiago Ericksen, y a deleitarnos después con un video del Volcán Hudson producido por ella misma donde destacan sus poemas.

La experiencia nos dejó reflexionando, no tanto por lo que logramos traducir de la muestra y de los objetos, sino por el espíritu emprendedor y el carisma de Danka, quien prácticamente organizó todo sola siendo capaz de lograr inundarnos de emotivos momentos.

Nos sentimos emocionados al enfrentarnos por ejemplo a uno de los primeros taquímetros utilizados en las minas de Puerto Cristal, junto a una lámpara a carburo utilizada dentro de las faenas de la época de los 40, espuelas y rastras hechizas, la primera campana completamente averiada de la escuela de Chile Chico, de la cual hemos hablado profusamente en nuestras crónicas y un montón de antiguos discos en que los primeros pobladores se deleitaban, entre los que destacan Japonesita de Enrique Rodríguez y el Himno del Colo Colo producido en 1942, junto a La Raspa de Los Guajiros.

Fuimos capaces de admirar un antiguo cofre de la familia Burgos, fanales de barcos de la misma familia y los papeles de inscripción del antiguo vapor Chile construido en San Fernando, República Argentina.

Luego llegaron las planchas con brasas interiores y un maletín de medicina que tal vez correspondía a antiguos parteros o parteras del lugar. Las fotos que se exhibieron aquella noche connotaban la particular idiosincrasia de la tierra de Chile Chico y sus pioneros con delegaciones de gente que viajaba consecutivamente a Santiago y Buenos Aires a demandar sus derechos a la autoridades, durante los conflictos de 1918, entre los que destacaban Manuel Burgos, Santiago Jara, Timoteo Jara y Alberto Vogt, la familia de Esnardo Bermúdez y Róbinson Jara Mora, Lucio Foitzick, Rosario Sepúlveda.

Y en otras situaciones convivenciales entre rotarios y leones muy contemporáneas de la ciudad del Sol se mostraba una completísima fotografía que revela las intensas actividades sociales de la década de los 40, entre los que destacan Joel Hidalgo, Tello Rubilar, Rigoberto Cárdenas, Jacko Sabath, Arturo Auil, Luis Lucachewsky, Mario Pardo, Raúl Espíndola, Luis Martínez, Antonio Crespo, Rigoberto Carter, Orlando Díaz, Miguel Burgoa, Rigoberto Castillo, Jorge Arriagada, Alfredo Fernández y las jovencitas Isabel Crespo, Silvia Mackay, Nella Sepúlveda, Toto Concha, Nena Fica en plena década de los años treinta en un paseo juvenil. Hoy todas ellas son abuelas.

Apareció deslizada y lejana la foto del primer capitán del vapor Andes, junto a Nasiff Hassen, la inauguración del hospital, los integrantes de acción católica, el avión Lan llegando a Chile Chico y también el avión Gruman de Federico Fuhrer, la casa de Antolín Crespo y un rescate en el río Jeinimeni y algunos barcos de la época, el Manolo, el Chile, el María Isabel con la presencia de los clubes deportivos Juventud y 21 de Mayo junto a equipos de básquetbol inolvidables que se lucían en partidos efectuados en la misma plaza de armas.

Fue un verdadero viaje al pasado y un alimento necesario para aquel fin de semana en que llegamos tarde a la cita, pero sin duda, no estuvimos lejos del corazón del encuentro al tener a Danka con nosotros mostrándonos todo lo que había.

Impresionante fue leer el documento original que corresponde a la compra e inscripción del vapor Chile, comprado en Buenos Aires por su padre, entre cuyos principales acápites leíamos: “En la ciudad de Buenos Aires, Argentina, por disposición de la Prefectura General de Puertos, se incorpora a la matrícula nacional una chata, casco de hierro, recientemente construida en San Fernando en el taller de don Carlos Gamién, que tiene las siguientes dimensiones (se leen), con un registro neto de 9 toneladas según consta del Certificado de Arqueo N° 1017, certificando que dicha chata de nafta ingresa a la matrícula nacional con el nombre de España y bajo el N° 19284, siendo de la propiedad exclusiva de don Casiano Barreiro por haberla hecho construir a su costo y con su dinero, con los documentos que ha presentado y obran en el expediente arriba citado. Firma Santiago Pozo, escribano nacional de Marina”.

Luego se realizaría la transferencia a la Cooperativa de Transportes Deseado, donde lo compra el padre de Danka en 1930 y lo incorpora a la actividad productiva en 1940 con el famoso nombre de vapor Chile.

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23 Junio 2007

¿De dónde nos llegó el Truco?


Numerosas y variadas son las relaciones que sobre el juego del truco nos traen los detalles que rodean la vida de los pobladores tempranos. Para analizar los orígenes de este juego de cartas y barajas tan enraizado entre nuestros habitantes, viajamos por el tiempo.
El truco nació, según estudios antropológicos, en la Edad Media, en las provincias vascongadas del Sur de España. Primitivamente se conoció con el nombre de truque, y junto con nacer éste, nacía también el mus, un juego de naipes muy similar y que se juega con naipes y habichuelas. Pío Baroja, el insigne literato español del siglo XIX en su libro La Venta, ya se refiere al truco, señalando en una breve descripción la atmósfera que proyecta:
“Mientras tanto, la dueña de casa va de un lado a otro y el patrón juega una partida de mus con otros tres, en una mesa tan alta como los bancos donde se sientan. Y los cuatro, graves y serios, doblan los naipes, ya de suyo grasientos y abarquillados, y los envidos y los quiero se suceden acompasadamente y va aumentándose el número de habichuelas blancas y coloradas de los dos bandos contrarios”
El truco fue muy practicado por los vascos, los castellanos y los gallegos, y con seguridad también por los portugueses, de cuya voz deriva. El truque fue muy difundido en el Uruguay y también especialmente en campos patagónicos argentinos, en cuyas estancias se asentaron gran cantidad de inmigrantes. En el sur de Argentina y de Chile se internaliza como un juego de importante práctica, se le cambia el nombre de truque por truco, las cartas adquieren nuevos valores y se incluyen más jugadores.
En general, puede afirmarse que el truco es un juego de cartas donde todo es astucia, trampa y mentira, pero mentira legal y reglamentada que constituye en cierta forma trampa obligatoria. Lo esencial de cada jugador es hacer saber al compañero las cartas y combinaciones que tiene en mano sin que se den cuenta sus adversarios. El buen jugador, rápido y discreto, sabe aprovechar la menor falta de atención del adversario.
Los camperos de Aysén se agruparon para encarar la soledad gigantesca del medio y fue así que en horas de la tarde, junto a los fogones, el truco pasó a ser a¿De dónde nos llegó el Truco?

Numerosas y variadas son las relaciones que sobre el juego del truco nos traen los detalles que rodean la vida de los pobladores tempranos. Para analizar los orígenes de este juego de cartas y barajas tan enraizado entre nuestros habitantes, viajamos por el tiempo.
El truco nació, según estudios antropológicos, en la Edad Media, en las provincias vascongadas del Sur de España. Primitivamente se conoció con el nombre de truque, y junto con nacer éste, nacía también el mus, un juego de naipes muy similar y que se juega con naipes y habichuelas. Pío Baroja, el insigne literato español del siglo XIX en su libro La Venta, ya se refiere al truco, señalando en una breve descripción la atmósfera que proyecta:
“Mientras tanto, la dueña de casa va de un lado a otro y el patrón juega una partida de mus con otros tres, en una mesa tan alta como los bancos donde se sientan. Y los cuatro, graves y serios, doblan los naipes, ya de suyo grasientos y abarquillados, y los envidos y los quiero se suceden acompasadamente y va aumentándose el número de habichuelas blancas y coloradas de los dos bandos contrarios”
El truco fue muy practicado por los vascos, los castellanos y los gallegos, y con seguridad también por los portugueses, de cuya voz deriva. El truque fue muy difundido en el Uruguay y también especialmente en campos patagónicos argentinos, en cuyas estancias se asentaron gran cantidad de inmigrantes. En el sur de Argentina y de Chile se internaliza como un juego de importante práctica, se le cambia el nombre de truque por truco, las cartas adquieren nuevos valores y se incluyen más jugadores.
En general, puede afirmarse que el truco es un juego de cartas donde todo es astucia, trampa y mentira, pero mentira legal y reglamentada que constituye en cierta forma trampa obligatoria. Lo esencial de cada jugador es hacer saber al compañero las cartas y combinaciones que tiene en mano sin que se den cuenta sus adversarios. El buen jugador, rápido y discreto, sabe aprovechar la menor falta de atención del adversario.
Los camperos de Aysén se agruparon para encarar la soledad gigantesca del medio y fue así que en horas de la tarde, junto a los fogones, el truco pasó a ser algo necesario, como una forma de expresión folklórica muy competitiva, tanto, que en el pasado son notables aquellas competencias truqueras en que se jugaba toda la hacienda y las propiedades, la animalada y hasta la producción del año.
El truco se juega con la baraja española, la cual consta de 48 cartas, de las que sólo se usan 40, eliminándose los ochos y los nueves. El juego se efectúa entre una, dos, tres, cuatro, seis u ocho parejas, conformadas siempre por dos bandos opuestos, existiendo el mano a mano, de dos personas; el gallito, de 3; el cuarto, de 4 jugadores; el sexto, el octavo, etc. Cada partida se compone de tres juegos chicos: el primero, la contra y el bueno. El jugador siempre recibe tres cartas en cada mano, jugando tres vueltas con ellas. El juego se compone de tres fases principales que son el envido, el truco y la flor. Dos de ellas solamente pueden darse en una mano y no pueden darse en forma simultánea las tres juntas. Puede cantar flor quien tenga tres cartas del mismo palo y envido si tiene dos cartas del mismo. El truco es la última etapa del juego.
Son ya familiares los lances de truco en nuestra patagonia con los signos del envido y la flor cantados con rudeza entre el humo del cigarrillo y la grapa o la ginebra. El pido flor o con flor me achico detallan los puntos importantes para el conteo. El contraflor hace cantar a todo el mundo y el contraflor y el resto le da mayor valor al puntaje. También es interesante la lucha por el dominio de la batalla matando los puntos del contrario para decir son buenas. Voces como el envido o el real envido señalan dos o tres puntos específicos, y el falta envido equivale a la suma total de puntos necesarios para ganar una mano.
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El truco se juega con la baraja española, la cual consta de 48 cartas, de las que sólo se usan 40, eliminándose los ochos y los nueves. El juego se efectúa entre una, dos, tres, cuatro, seis u ocho parejas, conformadas siempre por dos bandos opuestos, existiendo el mano a mano, de dos personas; el gallito, de 3; el cuarto, de 4 jugadores; el sexto, el octavo, etc. Cada partida se compone de tres juegos chicos: el primero, la contra y el bueno. El jugador siempre recibe tres cartas en cada mano, jugando tres vueltas con ellas. El juego se compone de tres fases principales que son el envido, el truco y la flor. Dos de ellas solamente pueden darse en una mano y no pueden darse en forma simultánea las tres juntas. Puede cantar flor quien tenga tres cartas del mismo palo y envido si tiene dos cartas del mismo. El truco es la última etapa del juego.
Son ya familiares los lances de truco en nuestra patagonia con los signos del envido y la flor cantados con rudeza entre el humo del cigarrillo y la grapa o la ginebra. El pido flor o con flor me achico detallan los puntos importantes para el conteo. El contraflor hace cantar a todo el mundo y el contraflor y el resto le da mayor valor al puntaje. También es interesante la lucha por el dominio de la batalla matando los puntos del contrario para decir son buenas. Voces como el envido o el real envido señalan dos o tres puntos específicos, y el falta envido equivale a la suma total de puntos necesarios para ganar una mano.

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23 Junio 2007

A Bruce Chatwin lo atendí en mi casa el año 1988

Poco antes de morir, el laureado escritor británico Bruce Chatwin estuvo en mi casa de calle Ignacio Serrano. Alguien le había prestado un auto viejo y pasó temprano a buscarme una mañana de otoño para trasladarnos a los campos cercanos. Por la noche, a nuestro regreso, cenamos un pollo y una ensalada de tomates preparado por Ximena.

Chatwin andaba tras los últimos datos de su vida y quería ver de cerca una escena de costumbres. Por eso lo invité a compartir situaciones a unos poblados cerca de Villa Ortega. Lo observaba atentamente cómo era de meticuloso, aunque sereno y apacible. Emergía de él una paz que se desgranaba a intervalos y que parecía predecir aquel encuentro final con la enfermedad que padecía. Pero no lo dijo, sólo anotaba lo que hablábamos mientras conducía el viejo automóvil a través de los caminos viejos de la villa.

¿Era bueno como escritor? ¿Quién lo sabía? Cuando leí algunos títulos en una web accidental que se desplegó sin aviso, me pareció entenderlo a él en toda su dimensión. A Chatwin lo andaba picando el bichito de esta Patagonia, esperanzador refocilamiento para su espíritu atribulado por el mal. Quería saber el último significado de este confín de la tierra adonde sus pasos seguían encaminándose año tras año. No sé si otros le habrán entendido como lo entendí yo.

Su obra postrera, “Retorno a la Patagonia”, fue publicada el 2001 por el taller de Mario Muchnick y tiende a aseverar lo que sus pensamientos escogieron como vivencias y percepciones ––yo diría sensoriales. Tenía la mirada triste y la cabellera, a pesar de no haber cumplido aún los 48, ya comenzaba a nevarle. Se iniciaba la primera fuerte frase del principio del libro: “Desde que Magallanes la descubriera en 1520, la Patagonia fue conocida como la región de espesas nieblas y huracanes en los confines del mundo habitado. La palabra patagonia, como Mandalay o Tombuctú, se instaló en la imaginación occidental como metáfora del final, el punto más allá del cual nadie podía ir. Por cierto, en el primer capítulo de Moby Dick, Melville usa patagónico como calificativo de lo remoto, lo monstruoso y lo fatalmente atractivo”.

Esa primera puerta que se abre en la obra de Chatwin es decisiva para el lector desprevenido. Casi no hay poesía, pero advertimos una fortaleza de profundas raigambres literarias y de no escondida investigación. Chatwin, en el silencio de Coyhaique adonde le conocimos aquella semana de descubrimientos, jamás hizo mención de sus estilos ni de sus escuelas. Por lo pronto, me gusta el siguiente párrafo para justificar mis afirmaciones: “Los primeros que viajaron a la Patagonia se equivocaron medio a medio al tomarla por la tierra del diablo. En primer lugar, el continente estaba habitado por una raza de gigantes, los indios tehuelches, que vistos más de cerca resultaron menos gigantescos y menos feroces de cómo los pintaba, y son posiblemente quienes le dieron a Swifft su modelo para los tosco pero afables habitantes de Brobdingnag”.

Otro de los libros que aparecen en la obra de Chatwin, es el primero que escribió cuando recién había cumplido los 37 años. Se llama “En la Patagonia” y de partida está esa célebre enumeración de los tres elementos esenciales que le darán vida a la novela: un niño, un trozo de piel de brontosaurio y una tierra remota. Este libro le haría alcanzar notoriedad como escritor. Con él y con los que le siguieron, contribuyó a crear un nuevo estilo en la literatura de viajes, una forma de escribir que sería imitada hasta la saciedad.

Su vida fue intensa y fugaz. Cuando murió en 1989, con apenas 48 años, dejaba tras de sí una estela compuesta de seis libros, un puñado de artículos y una leyenda que él mismo contribuyó a fomentar.

Chatwin fue un singular viajero, un eximio fabulador y sibarita, un consagrado excéntrico, incansable caminante de los países del mundo, refinado, desgarbado e histriónico. Chatwin fascinaba tanto por su conversación como por su aspecto. Poseía una enorme capacidad de seducción que ejercía sin pudor tanto en mujeres como en hombres. Y se notaba, pues durante aquel viaje que hicimos a la Villa Ortega en aquel viejo auto que se consiguió, jamás podría yo olvidar sus ojos encantados ante el arrobador movimiento del paisaje. Sus exclamaciones eran desgarradoras y portentosas y sus silencios tan profundos que parecíamos estar ambos bajo el agua respirando naturalmente las bellezas de Aysén.

Me había olvidado del amigo Chatwin. Fui uno de los pocos privilegiados que compartió con él horas y horas de magnífico culto a nuestra huellas y tradiciones, enseñándole exactamente donde estaban los lugares donde debía acudir. Aquella noche, en la cena con pollo y arroz de mi casa, no imaginaba que aquella sería su última imagen. Hoy, Chatwin se ha convertido en un viaje a caballo en la Patagonia, una sensación de estar huyendo de sombras y males que ya no existen, un bulto incansable que no termina de moverse en imágenes sonoras derramándose gota a gota sobre el planeta.

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MEMORIALISTA

COYHAIQUE, Chile
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Aquí en mi ciudad natal, las sombras no existen. Sólo el espacio diáfano con olor a frutillas silvestres y un poco de fumarolas a las siete y media de la mañana. Coyhaique me recibe día a día desde que llegué al mundo en el segundo piso de una casa que aún existe y la diviso a veces con pena en la esquina de Freire y 12 de Octubre. De aquí salieron un día mis naves a buscar puertos seguros. Y me enamoré de las palabras, sagradas, emotivas, directas, llenas de poesías levantando viento o viéndose morir gracias a la inmediatez de que se valen para existir. Esos soplidos son verdes, como nuestras selvas que se montan sobre las camionetas y se convierten en humo que asciende por miles de techos. Coyhaique es siempre visitado por gente absorta y con ojos nebulosos que casi nunca hablan español. A ellos se los llevan a los ríos y a las selvas, los hacen aprender flyfishing, les llevan a gastar su dinero a centros nocturnos donde se toma mucha cerveza. Mi padre falleció hace 11 meses. Mi madre viene llegando a una casa nueva que arrendamos. Mis hijos son 4 y están desperdigados, sueltos por Chile, llenos de bríos, esperanzas, hijos y parejas que les aman. He escrito desde niño. En la universidad me descubrieron detrás de un cuento donde había manzanas rosadas. Era el laberinto de la UCV, de fines de los sesenta, cuando escuchábamos a los Jaivas y al Pirincho en la radio, todas las noches. Luego llegarían tiempos serios, como brújulas, todo marcando perfecto, con coordenadas que se entrometían entre mis versos y mis cuentos. Ahora estoy en Coyhaique y administro un Ciber café en pleno paseo Horn, donde trato de hablar inglés con los turistas para explicarles lo que somos. Escribo diariamente. Y viajan mis palabras a través de varios laberintos estrechos y también anchos. Mis palabras me pertenecen. Mis memorias son éstas. Acabo de ganar un premio en el Consejo del libro con mis 181 crónicas de la primera hornada. Para escribir hay que estar solo y vivo. Así estoy. ESCRIBE TUS COMENTARIOS. NOS HARAN BIEN A AMBOS. O mandame un email: dimelotou@gmail.com

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